Ausencia total del río es lo que hay en montañas que abastecen de agua a la capital
EL HERALDO Plus recorrió la sierra de Lepaterique para investigar por qué desaparece el agua y llegar hasta las cabeceras de los dos ríos de los que depende el 70% del abastecimiento de la capital.
- Actualizado: 26 de agosto de 2026 a las 20:48
La montaña de Lepaterique, cabecera de los dos ríos de los que depende el 70% del agua de la capital, se ha convertido en una cama de tierra y piedras con apenas un poco de agua. Esa es la realidad que se enfrenta en las cuencas debido a la crisis hídrica producida por la sequía.
Conociendo los niveles extremadamente bajos que presentan la represa La Concepción y Los Laureles, al buscar el origen: los ríos, quebradas y montañas de donde ambas represas deberían estar llenándose, y no lo están haciendo, se comprende la situación.
Sin ir tan lejos en la aldea Nueva Aldea, a poco más de una hora de la capital, el punto donde el río Guacerique —una subcuenca de 210.1 kilómetros cuadrados que en condiciones normales aporta cerca de 516 litros por segundo, el 30% del suministro de Los Laureles— empieza su camino hacia la represa.
Más adelante, el río mismo contradice su nombre. En un tramo donde debería correr un caudal firme, el agua apenas cubre un pequeño espejo café entre las piedras, estancada, con lodo agrietado a los costados.
“Este río nunca lo habíamos visto así”, dijo, señalando la poza donde solía bañarse, un remanso que los vecinos llaman "la poza del licenciado", por un terreno cercano que perteneció a don Aníbal Rojas Cuadras. Ahora, contó, tiene que bañarse sin poder asearse bien, porque no hay suficiente agua, contó Pedro Antonio Rodas, guardia de seguridad y vecino de la zona desde niño.
Los caseríos de Aceituno y Jocomico, donde el paisaje entrega uno de los símbolos más claros del abandono, ya que según los pobladores, aquí existen 11 pozos perforados por el Servicio Autónomo Nacional de Acueductos y Alcantarillados (SANAA) durante la gestión municipal de Nasry "Tito" Asfura, hoy completamente inutilizados.
Cerca de 45 familias del sector no cuentan con ningún servicio de agua: la sacan directamente del río o de pozos artesanales, y la trasladan en baldes, en moto o en carro hasta sus casas.
La última parada de esta primera ruta fue la aldea de Quiscamote, donde el caudal se veía apenas un poco más abundante, sin embargo, aun así, es insuficiente para tener algún impacto en las represas de la capital.
Con fondos propios de la comunidad —no del gobierno— lograron instalar electricidad para operar una bomba y facilitar el acarreo, pero el beneficio alcanzó apenas a 15 de las familias que participaron en el proyecto.
El equipo tuvo que cruzar el lecho del río Guacerique como si fuera terracería, ya que la sequía le quitó tanta fuerza que, en ese tramo, ya no exige ni un puente.
En la aldea Ocote Hueco, la quebrada Onda —conocida entre los vecinos como Agua Oscura— corre encajonada entre grandes rocas de piedra caliza, formando pequeñas pozas y una cascada minúscula que apenas hace ruido.
El recorrido permitió encontrar ríos y quebradas que ya no traen la fuerza que traían, pozos perforados hace años que nunca se conectaron a una casa, y comunidades enteras que, a pocos kilómetros de las montañas que surten a la capital, llevan más de una década cargando su propia agua a mano.