Luego del abrazo de sus cinco hijos y después de una oración silenciosa de su esposa, Omar Rodolfo Hunter abordó la lancha que lo llevaría al bote langostero “Miss Abby”.
Este buzo, de 44 años de edad y 14 años de experiencia, llegó al muelle custodiado por sus hijos: Arnold Omar, Omar Rodolfo, por sus hijas María Angelina, María Ibaña y Carmen Judith, así como por su esposa María Clinton. Ahí permaneció por varias horas esperando la lancha que lo trasladaría al bote pesquero.
“Cuando voy a sumergirme le pido a Dios que me cuide. En la profundidad uno recuerda a los hijos, y ahí es cuando uno toma más fuerzas para seguir adelante, teniendo siempre cuidado, porque hay una promesa de regresar vivo”, explicó Hunter mientras llegaba el transporte.
Contó que muchos compañeros han muerto, pero en los barcos donde ha trabajado solo ha visto morir a un amigo y vecino que andaba buceando a 125 y 130 pies de profundidad. “Él estaba en lo profundo y le pegó una presión y cuando subió a la superficie ya le salía sangre por los oídos, por la boca y a los 30 minutos falleció, el cuerpo lo trajimos a Raya, fue algo muy triste y doloroso”, rememoró.
Explicó que luego de la veda, la langosta se encuentra en partes secas, pero a medida avanza el periodo de pesca, así como la fiera competencia, los buzos tienen que sumergirse a mayores profundidades para atrapar algo. “Muchas veces uno por la ambición de poder sacar unas libras, porque hay que llevar dinero para alimentación y educación de los hijos, no mide las consecuencias”. Lo normal es bucear a 70 pies, porque cuando se baja a 130 pies de profundidad se siente un mareo, las manos se vuelven tan blancas como una hoja de papel de un cuaderno nuevo, no se le ve sangre. “Imagínese que si uno lleva un envase plástico o de lata, solito se aplasta”, relató.
De acuerdo con Hunter, se levantan antes de las 5:00 de la mañana, luego de desayunar a las 6:00 realiza la primera salida. “Yo hago tres inmersiones en el día, la primera salida uno la hace a las 6:00 de la mañana con cinco tanques; a las 10:00 regresamos al bote, descansamos una hora y media y nuevamente otra salida con otros cinco tanques; cuando uno regresa ya viene a almorzar, se descansa unas dos horas y otra tercera salida con otros cinco tanques”.
En la profundidad se permanece entre 15 y 20 minutos, luego se sale a la superficie, se cambia el tanque y nuevamente se regresa a la profundidad. “La langosta que encontramos la vamos matando, las pepenamos (juntar) en un bulto y luego la agarramos de los cachos o de las antenas y la sacamos”. Dependiendo del producto que uno va hallando, así como del aire que hay en el tanque, uno está subiendo y bajando. En un día uno bien baja y sube unas 30 veces.
Como un contable que por circunstancias de la vida ha tenido que formarse en el fondo del mar, Hunter realizó un desglose de sus ingresos y egresos de su última jornada laboral como buzo. “En la última salida, durante los 12 días que permanecí en el mar logré atrapar 90 libras de langosta que me las pagaron a 60 lempiras. Hice como 5,400 lempiras. De ahí tuve que pagarle 12 lempiras por libra al cayuquero, y me sacaron 1,500 del anticipo que me dio el dueño del bote, al final el dinero que traje fue muy poco”.
Luego, “con ese dinero que sobró venimos a pagar las deudas de nuestra esposa, que mientras nosotros estamos trabajando se enjarana con créditos. También con esa paga compramos los uniformes de los niños y los cuadernos para mandarlos a la escuela”.
“Somos muchas almas que trabajamos así. Lo hacemos porque tenemos una responsabilidad con nuestra familia. Yo le ruego a Dios que me ayude a educar a mis hijos para que ellos nunca tengan que ir al mar a realizar este trabajo”.
“Mi esposa no quiere que yo vaya al mar. Si hubiera una fuente de trabajo diferente en tierra, no saldría. Aquí el único trabajo que a veces se puede encontrar es el de ayudante de albañil, pero hasta este ha escaseado”.
Este humilde buzo exige que le paguen el aguinaldo o bono navideño de acuerdo al libraje de la langosta que sacan por temporada. Además pidió que las autoridades velen para que a los accidentados por descompresión no los dejen botados, “porque a uno le salen con un motor de 15 o de 35 caballos de fuerza, luego lo abandonan y después ahí anda por las calles penando, las esposas se le corren a uno, los hijos se arruinan, en este caso yo quisiera que las autoridades nos ayudaran”.
Como si conocieran a temprana edad el sacrificio que realiza su padre, Carmen Judith, de once años, lo mantenía abrazado, mientras que Omar Rodolfo, de 12 años, no se movía de su lado. Su otro hijo y sus dos hijas, así como su cónyuge, tampoco lo dejaron solo hasta que lo vieron partir. Él sale al mar por la necesidad. “Cuando se va, uno queda triste, preocupada, pensando y orando a Dios para que regrese bien. Nuestro temor es que me lo traigan paralizado o me vengan con la noticia de que está muerto, eso no lo soportarían mis niños”, agregó la esposa de Hunter.