Sobre el destino, el libre albedrío y el mecanismo secreto del universo

Albert Einstein, en toda su perspicacia, debatía entre un universo predeterminado matemáticamente y la Mecánica Cuántica indeterminada, incierta. Esta dicotomía permeó sus escritos y torturó sus pensamientos hasta el último día de su vida

  • Actualizado: 13 de marzo de 2026 a las 14:22
Sobre el destino, el libre albedrío y el mecanismo secreto del universo

Tegucigalpa, Honduras.- Imagine que está leyendo estas palabras ahora mismo, tranquilamente, y siente con absoluta certeza que podría haber hecho cualquier otra cosa, pero que eligió abrir este periódico y leerlo... que usted es el capitán de su propia historia.

Sin embargo, pause un momento y pregúntese: "¿y si esta sensación, esto que experimento tan real, fuese simplemente una ilusión? ¿Y si cada pensamiento que he tenido, cada relación humana en el que me he precipitado, cada camino que he tomado, estuviera ya en marcha desde el instante mismo en que este cosmos nació, mucho antes de que yo existiera, todo destinado a suceder?"

Esto no es un relato de terror. Es, en realidad, una de las preguntas más asombrosas que un ser humano puede hacerse, y tampoco es nueva. La teología cristiana lleva siglos debatiendo si Dios, al ser omnisciente, conoce de antemano cada uno de nuestros actos, si nos ha predeterminado y si eso nos deja espacio real para elegir.

El filósofo Daniel Dennett, uno de sus defensores más elocuentes del Compatibilismo, argumenta que el libre albedrío no exige que el universo sea causado. Su libre albedrío únicamente significa que usted (sus valores, su razonamiento, su carácter) es la causa más próxima de sus acciones. Una elección hecha por su mente deliberada es genuinamente suya, aunque esa mente sea a su vez producto de neuronas, de genética y del eco de todo lo que vino antes.

La ciencia moderna ha llegado al mismo nudo por otro camino, con otros instrumentos. Y la respuesta, si es que existe alguna, vive en algún lugar del espacio tembloroso entre la fe, la física, la filosofía y el misterio insondable de estar vivo.

Empecemos por el principio, en el sentido más literal de la expresión. Hace unos 13.800 millones de años, en un acontecimiento que llamamos el Big Bang, todo lo que existe brotó de un punto único de densidad y temperatura inconcebibles.

Para muchos creyentes, ese instante inicial no contradice en absoluto la idea de una Creación deliberada sino que, si acaso, le otorga una grandeza todavía más difícil de abarcar con la mente, pues Génesis 1:1 literalmente habla de ese principio.

Cada átomo de su cuerpo, cada neurona que se enciende cuando ríe, cada partícula que forma la silla en la que está sentado, todo ello estaba presente en ese primer instante denso. Y aquí viene la parte que desasosiega... si el universo funciona según leyes físicas fijas e inmutables, entonces el estado de todas aquellas partículas en el momento de la creación pudo haber dictado, con precisión matemática perfecta, cada estado que vendría después. El cosmos, visto así, no es una historia que se está escribiendo. Es una historia ya escrita, que simplemente se va leyendo en voz alta.

Esta idea tiene nombre propio. Se llama Determinismo. Su defensor más célebre fue el matemático francés Pierre-Simon Laplace, quien en 1814 imaginó un intelecto hipotético (conocido hoy como el Demonio de Laplace) que conocía la posición exacta y la velocidad de cada partícula del universo.

Semejante entidad podría calcular el futuro entero y el pasado entero con absoluta precisión, similar al Dios todopoderoso según la Biblia y a las deidades de otros libros respetados por diferentes culturas como sagrados. Nada sería incierto. Nada sorprendería.

El universo sería una máquina colosal y magnífica, y usted y yo seríamos apenas engranajes dentro de ella. Albert Einstein compartía una convicción profundamente similar. Escribió, con palabras que se han vuelto célebres, que Dios "no juega a los dados", queriendo decir que creía en un universo gobernado por una causalidad estricta e inquebrantable. Para Einstein, el azar no era un rasgo de la realidad sino, simplemente, una confesión de nuestra ignorancia. Todo sucedía por una razón, una causa.

Entonces llegó el descubrimiento de la Mecánica Cuántica y destrozó el sueño de Laplace como si fuera de cristal. A principios del siglo XX, los físicos descubrieron que a escala subatómica el universo no se comporta en absoluto como una máquina, sino como un acertijo.

El electrón no tiene una posición definida hasta que es observado. Antes de la observación, existe en superposición (una niebla fantasmal de probabilidades, una partícula que en un sentido profundamente extraño está en todas partes y en ninguna a la vez). Erwin Schrödinger ilustró esto con su célebre experimento mental, el famoso gato encerrado en una caja junto a un dispositivo cuántico que puede, o no, liberar veneno.

Hasta que la caja se abre, el gato no está ni vivo ni muerto sino que habita ambos estados al mismo tiempo. La llamada Interpretación de Copenhague, defendida por Niels Bohr y Werner Heisenberg, sostiene que esta incertidumbre no es una laguna en nuestro conocimiento sino la base misma de la realidad, es decir, que el universo, en sus escalas más pequeñas, es genuina e irreduciblemente aleatorio. El determinismo parecía, de repente, un cuento de hadas.

Pero, no tan deprisa. En 1957, un joven físico llamado Hugh Everett III propuso algo todavía más desconcertante que el azar. Everett postuló: "¿Y si nada es aleatorio y nada colapsa jamás en un único resultado? ¿Y si cada posible desenlace de cada evento cuántico ocurre de verdad, en un ramificado e interminable jardín de universos paralelos?"

Esto es la Interpretación de los Muchos Mundos (una de las ideas más vertiginosas que ha producido la mente humana). Según esta interpretación, cuando Schrödinger abre la caja, la realidad entera se bifurca... en una rama el gato está vivo y en otra no lo está. Ambas ramas son igualmente reales.

Desde esta perspectiva, el Determinismo también queda restaurado (la función de onda universal evoluciona según leyes estrictas) pero a cambio debemos aceptar una proliferación de mundos casi imposible de imaginar y que no podemos probar.


¿Qué hay de su mente y su propia percepción?

La psicología ha llegado a sus propias conclusiones inquietantes, acercándose al problema no desde la física de las partículas sino desde los laberínticos corredores del cerebro humano. El neurocientífico Benjamin Libet realizó en 1983 un experimento que sacudió los cimientos de la filosofía.

Libet encontró que el cerebro produce una ráfaga de actividad eléctrica (llamada "potencial de preparación") antes de que la persona decida conscientemente mover la mano. La decisión, al parecer, ya estaba tomada en el cerebro antes de que la mente fuera siquiera consciente de ella... ¡Impresionante! Las implicaciones son sísmicas.

Si su propio sistema nervioso ya ha decidido lo que hará antes de que usted lo sepa, ¿en qué sentido es realmente usted quien decide? Sigmund Freud, décadas antes, había argumentado que la mayor parte de lo que impulsa la conducta humana surge de profundidades inconscientes a las que no tenemos acceso ni control.

Dicho todo esto, la historia se niega a ser sencilla, pues la mayoría de los científicos y filósofos de hoy proponen una visión aún más matizada y tal vez más cercana a nuestra experiencia humana. Se le llama el Compatibilismo.

Es una idea que, curiosamente, resuena con lo que tanto la tradición católica como la protestante han sostenido durante siglos, cada una a su manera. Dicho en llanas palabras, la libertad humana y la providencia divina no son enemigas sino que coexisten en una tensión fecunda que ninguna mente humana ha logrado resolver del todo.

La libertad, en esta visión, no consiste en escapar de la causalidad sino en ser el tipo de causa que importa. Según el compatibilismo, usted sigue siendo dueño de sus acciones y las consecuencias de lo que decida, cualquiera que sea el origen de ese marco en que vivimos.

¿Dónde queda entonces el destino? ¿Está el futuro inscrito en algún lugar, aguardando? ¿Ya estaba escrita la fecha de su nacimiento y ya está determinada la fecha de su muerte? La respuesta honesta es que no lo sabemos, y el desacuerdo llega hasta los cimientos más profundos de la física y la religión. Si la interpretación de Copenhague es correcta, el futuro está genuinamente abierto porque la aleatoriedad cuántica inyecta indeterminación real en el corazón de las cosas, y ningún cálculo podría predecir el mañana con certeza.

Si la interpretación de los Muchos Mundos es la acertada, entonces todos los futuros ocurren al mismo tiempo (lo que convierte al destino en algo tan omnipresente que deja de tener sentido llamarlo destino). Y si las intuiciones de Einstein estaban más cerca de la verdad, tal vez el universo sea, bajo su aparente caos, un tapiz determinista, y el hilo de su vida estuviera ya tejido en él en el momento en que el cosmos exhaló su primer aliento, en el momento de La Creación, el Génesis. Lo que resulta admirable es que ninguna de estas posibilidades hace su vida menos real, menos sentida, ni menos suya.

Quizás el pensamiento más luminoso que podemos llevarnos de todo esto no sea una respuesta sino una manera de mirar. El físico Richard Feynman dijo una vez que la belleza de una flor no disminuye al comprender su biología sino que, si acaso, se profundiza. Lo mismo podría decirse de la experiencia humana.

Ya sea que su próxima decisión sea el resultado inevitable de causas anteriores, un destello cuántico genuinamente libre o el único hilo en una infinidad de mundos que se bifurcan, usted seguirá sintiéndola como su decisión. Seguirá dudando, deliberando, arrepintiéndose y esperando.

Y en esa misma capacidad de preguntarse ocurre algo extraordinario, que el universo, a través de usted, contempla su propia naturaleza. Quienes tienen fe dirán que es Dios contemplándose a través de su criatura más reflexiva. Quienes no la tienen dirán que es la materia que despertó y se sorprendió a sí misma. Ambas descripciones, en el fondo, apuntan al mismo asombro.

Y ese asombro compartido, que la ciencia no ha podido extinguir ni la fe ha necesitado explicar, puede que sea lo más honesto que tengamos por respuesta.

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Lourdes Alvarado
Lourdes Alvarado
Periodista

Licenciada en Periodismo por la UNAH. Content creator, proofreading, desarrollo en medios digitales, visuales e impresos.

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