Que la gente de los pueblos se venga a vivir a las ciudades y que eso genere pobreza y marginación es un mito, por lo menos para una nueva corriente de pensamiento que, al contrario, considera que es mejor la urbanización para llevar los servicios básicos a todos de forma eficiente y más barata.
Eso de vivir todos juntos, de compartir el mismo espacio con tanta gente, tantos edificios, el trabajo, el mismo aire, el agua, la energía eléctrica, la intimidad, los juegos, los problemas, las soluciones, solo nos hace depender unos de otros, el éxito depende exclusivamente del contacto con las otras personas.
En Honduras casi la mitad de la población vive en la zona rural, donde más se nota la pobreza, porque a pesar del espacio con que cuenta no tiene ni el dinero ni el respaldo gubernamental ni la propiedad ni la instrucción para hacer producir una tierra que en su mayoría no le pertenece.
No tiene ni siquiera la esperanza de cambiar la situación, porque no es rentable para un mundo en el que la ley del mercado es más importante que la ley natural.
“El triunfo de las ciudades”, es el libro de Edward Glaeser, un economista de la universidad de Harvard, que se une a este movimiento urbanístico mundial, que desde hace dos décadas trata de explicar los beneficios de que la gente se agrupe en las ciudades y deje el espacio para los cultivos y la recreación. Creen que así será más fácil terminar con la pobreza y proteger el medio ambiente.
LA VIDA URBANA. Todos se quejan del bullicio, de la contaminación, de la prisa, el estrés, lo carísimo y lo peligroso de vivir en las ciudades; pero medio mundo quiere vivir en ellas. Y es que el roce cercano con tantas personas extiende el área de conocimiento y la competencia, pero no solo este beneficio han encontrado los economistas y urbanistas en su promoción de la vida urbana.
Seúl, capital de Corea, parece un ejemplo valedero con sus 10 millones de habitantes, y una sociedad semiurbana y casi rural, que se convirtió de repente en una gigantesca urbe mundial con envidiables índices de riqueza en todos los sentidos. Los coreanos en 1961 tenían una población urbana de 28% y ahora es de 83%. Además aumentó la cobertura de los servicios públicos de agua, electricidad, salud y educación.
La vieja ilusión de tener una casa con jardín y patio trasero aquí se relegó para pasar a modernos edificios de viviendas, concentrados en barrios concurridos, pero llenos de tiendas, restaurantes, cines, y lo demás, que permite a los ciudadanos movilizarse caminando para cubrir sus necesidades. Es decir, se ha construido la vida alrededor de ascensores y no de vehículos.
Entre los 8 millones de hondureños unos 4 millones 200 mil viven en la zona urbana, pero con una distribución terrible que incrementa gravemente los costos; por ejemplo, en Tegucigalpa, es fácil tener la oficina o la escuela de los niños a 20 o 25 kilómetros de distancia de casa.
Si viene en su propio carro, lo lejos y las colas, con el costo del combustible destroza el presupuesto familiar; si viene en transporte público, es fastidioso, caro, peligroso y lento.
Los cuatro municipios con menores índices de pobreza son: Roatán, La Lima, La Ceiba y Tegucigalpa, según el Instituto Nacional de
Estadísticas (INE), y los cuatro más pobres son: San Francisco de Opalaca y San Marcos de la Sierra, en Intibucá; Santa Cruz y San Andrés, en Lempira. Como contraste, en Cortés el 80% de su población es urbana; mientras en Lempira el 91.4% es rural.
Siguen las estadísticas: el 91.1% de los hogares urbanos tiene televisor y solo el 48.5% del área rural; el 97.2% urbano tiene servicio sanitario, contra el 79.5% rural; el 97.9% urbano tiene energía eléctrica y solo el 55.8% rural; el 95% urbano tiene servicio de agua y el 72.8 rural; el hacinamiento en los hogares es de 40.6% en el área urbana y de 59.4% en el área rural. Solo se acercan en telefonía celular 87.7% urbano y 71.7% rurales. Y una cifra terrible, entre tantas, el 83.3% de los hogares rurales usa leña para cocinar.
Si la mayoría viviera en edificios en las ciudades, consideran los defensores de la urbanización, sería más corto el trayecto para llevar agua potable, energía eléctrica, tren de la basura, redes de Internet, televisión por cable, clínicas médicas, escuelas, entre miles de cosas más.
INDIFERENCIA O IGNORANCIA POLÍTICA. Para 2050 seremos 15 millones de hondureños y por ninguna parte se oye alguna inquietud por esto entre los políticos que pretenden gobernar nuestro país. Qué haremos si las cifras se mantienen como hace décadas, como ahora, por falta de planificación hacia el futuro y la ausencia de estudios que acomoden nuestra sociedad a los cambios del mundo moderno.
Tegucigalpa sigue construyendo sus casas en la periferia y no hay vías de comunicación, el desorden prima por donde se vea, y aunque Londres, Nueva York o París tampoco se planearon al principio, ahora sus autoridades apuestan por recuperar las zonas históricas, depurar el aire, disminuir el uso de los carros y mejorar las condiciones de vivienda de sus habitantes. También nosotros deberíamos tener ediles más interesados en el desarrollo de las ciudades que de sus cuentas bancarias.
Probablemente si Glaeser en su libro no ve como plagas los barrios marginales de Bombay ni las favelas de Río de Janeiro, sino como parte de la energía urbana, a lo mejor podríamos convertir nuestras zonas más apretadas en importantes centros urbanos, porque la cercanía entre la gente reduce los costos de todo.
Quizá la propuesta de que la gente se pase a vivir a las ciudades y deje más espacio para los cultivos y para la naturaleza no sea la mejor, pero nada se pierde con estudiar las posibilidades, si tuviéramos autoridades estudiosas e inteligentes y comprobaran si es cierto lo que dice Glaeser, “No existe un país urbanizado pobre; no existe un país rural rico”.