Tegucigalpa, Honduras.- Muchos encuentran una profesión. Otros persiguen una vocación. Y muy pocos tienen la fortuna de construir una vida trabajando en lo que aman, tal como lo ha hecho Edgar Valeriano Anduray.
El teatro se presentó en su niñez prácticamente sin buscarlo. Primero como un juego infantil, entre dibujos y personajes imaginarios. Un poco más tarde, a través de una pastorela. Hoy, con casi cuatro décadas dedicado a las artes escénicas, es el protagonista de una historia marcada por los escenarios, la amistad, la familia, la docencia y el compromiso con el arte.
A sus 55 años, el director y fundador del Grupo Teatral Bambú (GTB) mira hacia atrás sin nostalgias exageradas ni cuentas pendientes. Habla de sus padres con gratitud, de sus hijos y su nieta con ternura, de los sacrificios que implica hacer teatro en Honduras con honestidad, y de los compañeros que han marcado su camino, incluso de aquellos que ya no están.
¿Cómo recuerda su infancia y a ese Edgar Valeriano de niño?
Fue una niñez nada extraordinaria. Un niño, quizás, solo en aquel momento, por elección, con pocos amigos. Mis juguetes eran dibujos que yo mismo hacía y los pintaba, caricaturas que miraba en la televisión o cosas que me llamaban la atención, incluso de juguetes que no podía tener. Sin querer también hacía teatro porque dramatizaba los capítulos con los diferentes personajes. Un poco introvertido, muy medido y callado aún en la adolescencia. Hasta que un poquito más adelante el teatro fue uno de esos renaceres que tuve en mi vida y que me permitió cambiar.
Crecí con mis padres, con mis hermanos. Nunca fuimos una familia adinerada, sino que luchadora, pero siempre el plato de comida allí estaba, producto del trabajo de mi papá y de mi mamá.
¿Cómo describe a ese núcleo del que proviene y a la familia que usted formó después?
Son dos etapas bien diferentes. En esa familia (los Valeriano Anduray) se cosecharon cosas bonitas. Ya mis dos padres fallecieron (Alfonso Valeriano y Norma Anduray), quienes fueron grandes ejemplos de lucha y de amor para nosotros. Y por ese legado que nos dejaron, ese legado al trabajo, a la hermandad, tenemos una relación bien sólida entre hermanos. Con “Chito” hasta comparto escenarios todavía.
Después vino la otra faceta, otro renacer en mi vida: el de ser papá. Soy padre de dos hijos (Edgar Gabriel y Gabriela Valeriano) y abuelo de una nieta (Ainhoa Midence). Ambos hacen teatro por elección, porque crecieron en medio de los escenarios. Es difícil ser padre, ser ejemplo. Nos enfrentamos a errores, a inexperiencias. Y pues claramente yo no estaba preparado para serlo, era casi un menor de edad cuando me di cuenta de que iba a ser papá. Hoy disfruto a mis hijos.
Entre sus facetas personales, ¿con cuál se siente más satisfecho?
Jugamos un poco a todo. A veces me gusta ser papá, pero en otros momentos pienso que era mejor ser hijo. El rol de abuelo es ya otra faceta donde uno se convierte en abogado de los nietos, dándoles aquellos derechos que los padres no les quieren dar. Mi nieta sabe que puede acudir a su abogado, el abuelito Edgar, cuando lo necesite.
¿Recuerda cuál fue su primer acercamiento con el arte?
Al teatro lo encontré o me encontró a mí en esas casualidades de la vida. Mi familia asistía a una iglesia evangélica (la Iglesia de Dios, en el Barrio Buenos Aires). Yo iba con mis papás o mis hermanos a escuchar los cultos. Allí había un grupo infantil, que lo dirigía un señor llamado Carlos Morazán. Él hacía actividades en las fiestas especiales. Pero ese grupo tenía una particularidad, y era que él los sacaba a pasear. Llevaba a los niños al Picacho, a Valle de Ángeles, algo no tan rutinario en mí o en mi familia.
Entonces, yo quería entrar a ese grupo, más que por las actividades religiosas que hacían, para andar viajando con ellos. Estaba muy pequeño (nueve o diez años) cuando empecé a usar mis influencias, en este caso a mi cuñado actual, para que fuera mi puente para poder ingresar y lo logré. Para un diciembre montaron una pastorela (“El cansado pastorcito”) y me dieron ese rol. Mis primeras palabras frente a un público fueron: “Yo quería ir. Yo también quería ir. Yo quería ir y ver a Jesús. Yo quería ir”. Como era chiquito la gente me aplaudió.
Su familia no se dedicaba a las artes. ¿Cuál fue la respuesta de ellos?Mi madre un día me dijo: “Ay, hijo, si usted se dedica al teatro, se va a morir de hambre”. De esa frase a hoy, han pasado ya casi 40 años y no me he muerto todavía, mucho menos de hambre. El teatro siempre me ha dado ese pan nuestro de cada día y vivo muy agradecido porque siento que he sido feliz en esta vida que elegí al hacer lo que me gusta y entregarme por completo.
Si tuviese la oportunidad de hablar con ese Edgar que estaba todavía dibujando el camino que iba a seguir, ¿qué le diría?
Me ha pasado. A veces platico con mi “yo niño”, como adulto. Me he disculpado con él. Hasta ahora me he dado ese privilegio de sacar a jugar a ese niño, de brindarle cosas que no pude en mi infancia. Quizás porque desconocía mucho o por lo que no sentí en aquel momento. Le he brindado esa oportunidad de volver a vivir en mí, de jugar conmigo, de estar conmigo y de sentirse ese niño. Y creo que se portó bien, hizo lo que pudo en su momento.
¿Qué le ha dado el teatro en estas casi cuatro décadas?
Me ha dado muchas satisfacciones. Por ejemplo, representar al país, que es un honor bien grande, poner a Honduras en el mapa del mundo. Son como 16 países los que he visitado a través del teatro. Le agradezco por brindarme esa paz espiritual y por haberme dado una pasión que la disfruto. También poder ser una voz para otros; una voz de denuncia, de felicitación, de acompañamiento. Y yo sé cuando mi voz llega a otros o cuando esa voz regresa a mí transformada. El mismo teatro me permitió llegar a la docencia y compartir con muchas voces jóvenes experiencias, aprendizajes de ambos lados. Y, claro, poder jugar en esos mundos imaginarios; volar a la Luna, estar en el Inframundo, en el Paraíso con San Pedro, viajar a través del tiempo y, sobre todo, conocer a muchas personas, porque creo mucho en la amistad.
Y si hablamos del sacrificio de por medio, ¿cuál ha sido el precio más alto que ha tenido que pagar?
Para dedicarnos al arte en Honduras hay que hacer un voto de austeridad. Nunca llegaremos a tener dinero en esta profesión, pero nos enriquecemos de otras formas, porque no solamente el dinero nos alimenta; alimentamos el corazón, la mente, el espíritu. Y, claro, lo económico es muy importante. Por ejemplo, se acerca nuestro Festival Bambú, 36 años en esto, y nos cuesta tanto como el primero. Nos toca comenzar casi siempre de cero. Pero no reclamaría nada. Me quedo con todo lo vivido, incluidas las peripecias.
¿Sigue habiendo nervios antes de salir al escenario?
Sí, para todo me pongo nervioso. Pero ahora veo a los nervios como mis aliados, como compañeros que me dan fortaleza para salir al frente.
¿Hay alguna puesta en escena que haya marcado de manera significativa un antes y un después en su carrera?
Hay muchas obras que no podría enumerar como las mejores, pero que han tenido sus particularidades. Por ejemplo, las más taquilleras del grupo Bambú, las que más han girado a nivel internacional, las que más nos han costado. Entonces, cada producción nos deja aprendizajes y vivencias diferentes, y las recordamos por ello. Con algunas incluso hemos fracasado, pero ahí las recordamos siempre, por todo lo que no nos pudieron dar.
¿Diría, entonces, que no está casado con ninguno de sus personajes?
No. Bueno, quizás últimamente sí, pero no es un personaje. Es con ese Edgar narrador, ese Edgar cuentacuentos, porque para llegar a él tuve que despojarme del teatro y darme cuenta de que quien contaba las historias y los cuentos era yo mismo.
Cuando comencé en este oficio de la narración oral, me sentía desnudo. Yo me decía "soy un personaje, soy un personaje", porque me daba miedo exponerme, enfrentarme al público. Pero ahora no, ahora lo disfruto un montón.
Muchos quizás no sepan que usted también es periodista. ¿Qué lo hizo considerar este otro oficio?
En un momento yo decidí que tenía que formarme, pero no hallaba qué estudiar. Entré a la universidad estudiando Administración de Empresas en una primera etapa en la que casi no hice nada. Después me ausenté como por 10 años. Ya cuando regresé, busqué entre todas las carreras y di con Periodismo, una profesión que disfruté un montón como estudiante y en menor medida cuando me tocó ejercer. Me pasaba que a veces los maestros me decían: “Miren, él es Edgar Valeriano, director del Grupo Bambú”, y aquello me obligaba a no ser un estudiante mediocre.
Y, bueno, el mismo teatro me abrió puertas. Hice mi práctica profesional en prensa escrita y me dieron la sección cultural (yo la nombré “En escena”), en la que hacía entrevistas y tomaba las fotos, en el periódico El Patriota. Y funcionó, yo lo disfrutaba. Más adelante hice televisión y radio, me daba el lujo de escoger los espacios. Pero como el periodismo es una profesión 24/7, llegó el momento de elegir.
También lleva 13 años siendo docente de Teatro en Honduras en la Universidad Nacional. ¿Qué que trata de enseñarle siempre a un estudiante cuando llega a usted?
Dentro de mis prioridades como docente está el conducir al estudiante a que se conozca él mismo, que pueda valorar sus competencias, soltar sus miedos. Cada clase que imparto es un aprendizaje nuevo para mí también. Doy gracias por encontrar a estos jóvenes en mi camino porque me recuerdan ese poder del escucha y del habla.
¿Cómo recuerda los primeros años con Bambú?
En los inicios veníamos egresando de la Escuela Nacional de Teatro con toda la ilusión de unos jóvenes inexpertos. Queríamos resolver el mundo entero con aquellas propuestas y comenzamos con Bambú sin pensar que íbamos a ser referentes del teatro hondureño. Pero desde el inicio ese espacio fue dando lugar a crear una familia. Hoy somos hombres y mujeres que hemos envejecido juntos, pendientes el uno del otro de nuestros crecimientos profesionales y personales. Y seguimos trabajando juntos, conociendo a nuevas generaciones y dando lo mejor de nosotros 36 años después.
Uno de ustedes ha partido recientemente. ¿Cómo ha sido este tiempo sin Danilo?
Durísimo. Yo tengo mi propio concepto de la muerte, pero cuando esta llega hasta donde están nuestros seres queridos siempre nos afecta, nos toca, nos desmorona. A Danilo lo seguimos extrañando mucho, pero lo bueno es que siempre está con nosotros. En este festival le haremos un homenaje póstumo.
Los recuerdos tienen que venir de todo aquello que logramos juntos; las sonrisas y metas que pudimos alcanzar y que para muchos eran imposibles. Pero lo hicimos a través del teatro, lo hicimos con Danilo, lo hicimos con Bambú. Al final, lo importante es que ese dolor se empieza a transformar, porque el dolor también se trata desde el amor.
¿Qué cosas sencillas lo hacen feliz?
Pienso que la vida está hecha para sobrevivir y luchar, no para que seamos felices. Perdemos un trabajo, no alcanzamos un sueño, despedimos a un ser querido, nos enfrentamos a conflictos que nunca imaginamos, qué sé yo. Y cuando se presentan esos momentos de gratitud, de tranquilidad, de paz, de felicidad, hay que aprovecharlos y agradecer por todo eso que se tiene.
¿Habrá algún momento en el que decida dejar las tablas?
Me lo han preguntado muchas veces. Y sí, un día voy a dejar de hacer teatro, pero no será hoy, ni mañana.
¿Una vida sin amor o una vida sin arte?
En mi caso, las dos están ligadas y no podrían separarse. No podría hacer arte sin algo que nazca desde el amor. Y sin el arte, ¿dónde depositaría todo este amor que tengo dentro de mí?