Tegucigalpa, Honduras.- Deténgase un momento. Piense en la última vez que usted leyó algo escrito por un joven, ya sea un mensaje, una tarea, una nota rápida, y sintió ese pequeño sobresalto interior, esa incomodidad difícil de nombrar ante una palabra mal escrita, una tilde ausente o hasta una oración que empieza y nunca termina de llegar a ningún lado. Es probable que usted solo sonrió, o que simplemente pasó la página.
Pero algo en usted lo sintió, porque usted creció con otra relación con las palabras, una relación en la que escribir bien no era un detalle sino una forma de respeto hacia el lector, hacia uno mismo, hacia el idioma que nos fue dado como herencia. Lo que está ocurriendo con la lengua escrita en manos de la generación que hoy tiene entre doce y veinticinco años no es un accidente ni una rebeldía. Es algo más silencioso y, por eso mismo, más preocupante.
En 1492, el mismo año en que Colón pisó por primera vez suelo americano, el humanista español Antonio de Nebrija le entregó a la reina Isabel de Castilla la primera gramática de nuestra lengua. Su argumento era tan atrevido como visionario y enfatizaba que el idioma ordenado es el fundamento de la civilización.
"La lengua," escribió Nebrija, "es compañera del Imperio". Más de cinco siglos después, la Real Academia Española, fundada en 1713 bajo el lema "limpia, fija y da esplendor", sigue custodiando ese legado con la misma convicción. Ni Nebrija ni aquellos académicos del siglo XVIII habrían imaginado jamás que la mayor amenaza a la palabra escrita no llegaría de ninguna guerra ni de ninguna conquista, sino de un rectángulo de vidrio y luz que cabe en el bolsillo de un adolescente.
La realidad es que los jóvenes de hoy, a su manera, saben comunicarse, y con una agilidad que a veces deja perplejo. La amenaza es otra. Las redes sociales han construido un entorno donde la velocidad lo es todo y la pausa es casi una descortesía. En Instagram, en WhatsApp, en TikTok, una tilde parece un lujo innecesario y el punto final suena, curiosamente, a enojo... Lo que ha nacido ahí adentro es una ortografía paralela, funcional, viva e ingeniosa dentro de su propio mundo, pero que se cuela sin permiso en espacios donde no debería estar.
El muchacho que escribe "xq" en lugar de "porque," o "tmbn" en lugar de "también", o simplemente no usa los signos de interrogación y exclamación iniciales no lo hace por flojera. Lo hace porque ese es el único idioma escrito que practica todos los días, durante horas, sin pausa.
El lingüista británico David Crystal ha argumentado que las redes sociales no destruyen el idioma sino que crean un registro nuevo, uno que convive con la escritura formal sin reemplazarla. Es una lectura justa, y en parte es verdad. Pero la lingüista estadounidense Naomi Baron, autora de "Always On: Language in an Online and Mobile World", va más lejos con una advertencia que vale la pena escuchar.
Ella argumenta que cuando el registro informal se vuelve el registro dominante, y cuando un joven pasa diez veces más tiempo escribiendo en clave digital que practicando la escritura estructurada, el músculo de la lengua formal se va debilitando, casi sin que nadie lo note. No desaparece el vocabulario primero, dice Baron. Lo que desaparece es la disciplina, es decir, ese hábito de tomarse el tiempo, de elegir la palabra justa, de releer lo que se escribió.
¿Puede alguien que jamás aprendió a escribir con cuidado aprender a pensar con precisión? La pregunta incomoda, y debe incomodar. Escribir una oración bien construida no es solo un ejercicio de gramática sino que también es pensamiento visible, arquitectura mental puesta en palabras. Piense un momento en ese enunciado. Cuando esa estructura se deshace entre abreviaturas y emojis, se deshace con ella algo más profundo, lamentablemente.
Lo que se diluye es la capacidad de completar una idea, de llevarla hasta el final sin que se escape por los bordes. Maestros de toda Latinoamérica, por ejemplo, concuerdan en que casi invariablemente, el alumno que conversa con soltura y con gracia se paraliza en cuanto se le pone un papel enfrente. No es timidez. Es que nadie le enseñó a tender ese puente entre lo que piensa y lo que escribe.
¿Qué opina usted de que una generación criada entre reels y notas de voz llegue a los veinte años sin el piso ortográfico que le permita competir de igual a igual en una universidad, en una entrevista de trabajo o en el mundo que espera más allá de la pantalla? La ortografía por sí sola no abre todas las puertas, pero su ausencia, con demasiada frecuencia, las cierra.
Usted seguramente conoce a alguien así, o quizás identifique como tal a un hijo, un sobrino, un estudiante, tal vez usted mismo a esa edad, alguien brillante, curioso, capaz, que sin embargo lucha para escribir un párrafo sin que se le caiga el hilo.
Y sabe también que esa persona no es menos inteligente por eso. Siendo pragmáticos, lo que le falta no es talento, sino práctica, esa práctica lenta, repetida, un poco aburrida si se quiere, de escribir bien aunque nadie lo esté viendo. ¿Está dándole a esa persona las herramientas, el tiempo y el ejemplo? Esa es la pregunta que, en el fondo, este artículo le está haciendo a usted.
Sería deshonesto terminar esto solo con alarma. Las lenguas cambian, y han cambiado siempre. El español de Cervantes no es el de García Márquez, y el de García Márquez no es exactamente el de hoy, ¿no es cierto? El cambio no es el enemigo.
No obstante, la erosión sí lo es y hay una diferencia real, que no es mera logomaquia, entre el escritor que dobla las reglas porque las domina, y quien las rompe porque nunca llegó a conocerlas. Lo primero es estilo. Lo segundo es una pérdida que vale la pena nombrar, sin drama, pero sin rodeos.
Esta Semana del Idioma es una celebración nostálgica para los que añoran el pasado pero, a la vez, es una invitación a detenerse, tal como usted se detuvo al principio de este texto, y preguntarse qué tipo de relación queremos que los jóvenes de este país tengan con su lengua. No se trata de elegir entre la pantalla y el libro.
Más bien, se trata de asegurarse de que quienes crecen hoy tengan los dos mundos a su disposición, el rápido y luminoso mundo digital, y ese otro mundo más antiguo, más lento, más exigente, que es el de la palabra escrita con intención. Y es que al final, escribir bien no es un adorno. Es la forma más silenciosa, y más poderosa, de decirle al mundo que uno tiene algo que decir.
Diez gestos concretos para cuidar el idioma en casa y en el aula
1. Fomente en el hogar el hábito de leer aunque sea quince minutos al día. La buena prosa educa la ortografía sin que nadie lo perciba.
2. Asigne redacciones a mano con regularidad, no como castigo, sino como práctica deliberada de la lentitud y la reflexión.
3. Cree retos escolares alrededor de la escritura formal, como ser cartas, ensayos breves, columnas de opinión, poesía.
4. Padres y tutores: cuiden cómo escriben en los grupos de familia. Los hijos observan y replican lo que ven.
5. Docentes: reconozcan la alfabetización digital como una fortaleza genuina, pero mantengan criterios claros de escritura formal en las evaluaciones.
6. Jóvenes: prueben escribir aunque sea un mensaje al día con ortografía completa, tildes y puntuación. Lleva segundos y construye hábitos que duran años.
7. Los creadores de contenido y educadores en redes pueden ser aliados poderosos para normalizar el español bien escrito entre audiencias jóvenes.
8. instituciones, públicas y privadas, deberían financiar concursos de ortografía, círculos de lectura y talleres de escritura en los centros educativos del país.
9. Celebre la Semana del Idioma no solo en los colegios, sino en casa, comparta un poema, lea un párrafo en voz alta, cuente una historia bien contada.
10. Recuerde que enseñar a escribir bien no es quitarle nada a la juventud. Es darle una herramienta que ningún algoritmo podrá reemplazar.