Tegucigalpa, Honduras.- “El legado de la furia” (p.42)
En el año 2010, la editorial guatemalteca Letra Negra publicó “Infinito cercano”, de Jessica Sánchez, escritora hondureña nacida en Lima, Perú.
Se trata de siete relatos escritos con inteligencia imaginativa que derriban las formas convencionales y de los cuales cabe destacar “Punto G” e “Infinito”.
“Punto G” es una narración divertida y audaz, de dicción provocadora, en la que la autora puede expresar que “me perdí en un mar de gozo” (p. 32), y donde hace acopio de “las reservas inagotables, cotidianas, del placer” (p. 32).
Aquí, como diría Harold Bloom, la energía literaria proviene del lenguaje: se asiste a un encuentro erótico en el que se busca descubrir el potencial orgásmico a través del disfrute corporal.
La protagonista, consumida en un “fuego misterioso” de ardores y éxtasis, remite al célebre “quiero naufragar entre tus muslos” del poeta Dylan Thomas.
En todo caso, el uso del tono desinhibido en “Punto G” convierte a Jessica Sánchez en una pionera en ese campo dentro de la narrativa hondureña.
En “Infinito” y los demás cuentos salen a relucir las brutalidades de la vida cotidiana en toda su crudeza, sobre todo las padecidas por las mujeres, propias de un medio a menudo misógino, y en el entendido de que los eventos se trocan en experiencia vital solo con el paso del tiempo y el distanciamiento.
La autora demuestra poseer un sentido apasionado y sutil de las conexiones entre la vida y la literatura: de “las interacciones de mundos que llevamos las mujeres adentro” (p. 26).
Constata, además, que la melancolía del pasado está ligada al presente a través del prisma de la memoria: “la tristeza que te viene de adentro, como un lago profundo, oscuro, que no tiene rabia y donde apenas podés adivinar el dolor” (p. 27).
Así, el ensamble de voces femeninas contenido en este libro de Jessica Sánchez se inserta en una especie de armonía de discordias, en la que salen a relucir tonalidades, cadencias y gestos propios.
Allí las palabras instigan y permiten “juguetear con las sombras” (p. 47) y, con frecuencia, se asoma el demonio socrático de la ironía articulado por el arte de la yuxtaposición.
En “Infinito cercano”, las imágenes visuales fulguran incluso en “el reino de la noche” (p. 44). De por medio está la capacidad de la autora para ser disolvente y verificar que en la vida humana no existe estabilidad definitiva ni permanencia: se navega hacia la muerte y la aniquilación, por más que se hagan “balancines en el aire” (p. 44).
Con su poder creativo, Jessica Sánchez se vuelve en este libro una amanuense de la verdad, con control completo de sus medios expresivos, y, pese a todo, como bien dice, “nosotras, por otro lado, seguimos vivas y brillantes” (p. 22).