Tegucigalpa, Honduras.- “El Arte, dijo Fausto, no distingue ficción de realidad”. (p. 130)
A finales de 2009, Marcos Carías Zapata publica “El ángel de la bola de oro”, una novela densa que parece ser la continuación de “Una función con móbiles y tentetiesos” (1980), pues posee una entonación y una cadencia similares, y el despliegue verbal de ambas obras se beneficia de las visitaciones creativas de la imaginación y de la intuición estética.
En “El ángel de la bola de oro”, el lenguaje del autor es volátil: se multiplica en la medida en que recoge y sabe expresar los ritmos vernáculos del habla y de la plática, del chisme, de las canciones populares y de los anuncios de la radio; todo lo cual se fusiona y entremezcla.
La multiplicidad de voces y registros lingüísticos en esta novela dista de ser un sonsonete caótico y constituye un logro creativo extraordinario. Así, “los objetos del contorno desfilan hacia atrás” (p. 3), y hay espacio de sobra para la guasa, la chabacanería y el “burdo refranero rural” (p. 230).
Aquí, cada frase posee su propio toque de autoburla y se potencian los recursos paródicos de la escritura. Se trata de una exploración del potencial literario, con un constante tono sarcástico y un humor afilado y, a veces, amargo.
“El ángel de la bola de oro” es una novela autoconsciente, presidida por una inteligencia creadora, lúcida e irónica. Con ello, Carías Zapata enriquece la literatura hondureña merced a su maestría del lenguaje, “a pesar de los pasares y al pasar de los pesares” (p. 9).
Los fragmentos conforman su esencia: fragmentos del habla aprehendida, fragmentos de vida, fragmentos de cultura. Con ello relaciona el pasado con el presente y confirma (una vez más) que el azar es la fuerza esencial en las vidas humanas.
Al “poner a concordar en sinfonía las mocedades galantes con las postrimerías ardorosas” (p. 107), remarca que el gusto por la vida nos viene del pasado, de las memorias que nos mantienen atados al mundo, así como de las agonías, sinsabores y derrotas personales.
El flujo libre de “El ángel de la bola de oro” se nutre de esa variedad de tonos y voces que alberga en sus páginas y, además, le permite al lector asomarse a Tegucigalpa, ciudad irreal cuyas calles laberínticas se recorren una y otra vez.
El novelista traza un vasto panorama de la geografía emocional local y, en ese empeño, se vale de las citas, del pastiche y de la parodia, como lo hizo con habilidad en su novela póstuma “Trío de tres” (2019).
Por más que a ratos parezca “desafinada la sinfonía de armonizar las serenatas de su mocedad con la presente remontada” (p. 160), la agudeza creativa y el temple sardónico de este gran escritor tegucigalpense se imponen y terminan por seducir al lector que sepa tomarse el tiempo de apreciar las formas del lenguaje que aquí se modulan con destreza suprema.