“El rapto de la Sevillana” (Guaymuras, 2015), por ejemplo, es la última narración de una trilogía compuesta también por “Memoria de las sombras”, en la que se cuenta la batalla de Lempira ante los españoles, y “Buscando el paraíso”, un viaje que comienza por el recorrido que Cristóbal Colón hace en 1502 por las costas hondureñas y termina en Gracias, Lempira, con la primera Audiencia de los Confines, en 1545.
“El rapto de la Sevillana” cuenta cómo el cacique tolupán Cicumba secuestra a una española luego de matar a su marido, que esta mujer se convierte en su esposa forzada durante 10 años, pare a sus hijos y se enamora de él y de la vida indígena. Salvo el romance, ese síndrome de Estocolmo idealizado, todo los demás está basado en referencias históricas.
El lenguaje romántico
Convertir los hechos en una historia de amor deja una huella particular sobre el lenguaje de esta novela: algunas veces es profundamente cursi (pág. 169: “Todos hemos sido heridos por el amor, que es la más noble de las lesiones”) o avejentado, y en otras ocasiones tiene la aridez de la prosa de un libro de texto cargado de fechas (pág. 106).
En general, sin embargo, la escritora logra reconstruir el mundo de la Conquista y que el lector recorra con placer los paisajes que describe, incluso cuando algunos detalles históricos que nos comparte no están bien articulados dentro de la narración (pág. 88).
Un personaje interesante es Gonzalo Guerrero, que se nos presenta como el “padre del mestizaje en México”. Este español, moldeado ya según las costumbres indígenas, llega al Valle de Sula para pelear junto a Cicumba contra el feroz Pedro de Alvarado.
Hasta ahí lo interesante. El personaje jamás es desarrollado para que podamos conocerlo en toda su dimensión y la escritora apenas nos presenta el contraste entre su barba y la piel lampiña de los indígenas. Salvo la Sevillana, en cuya figura se ahonda más, la mayoría de los personajes de la novela padecen esta carencia de detalles que aporten a su credibilidad literaria.
El drama final
A pesar de que es un libro cuidadosamente escrito, al menos en su mayoría, hay algunas construcciones sintácticas descuidadas que son extrañas en una autora que se documenta tan bien para dar forma a sus relatos.
En la página 120 encontramos, por ejemplo, la enmarañada oración “En batalla desde hacía más de diez años, formaba parte de su existencia”, y en la 110 hay un sacerdote que “expectora designios”.
El detalle más señalable de la novela, sin embargo, es el final de la batalla entre los “ejércitos” de Cicumba y Pedro de Alvarado, una especie de coreografía forzada en donde la Sevillana, para dar fin a la matanza, “con una mano detenía a los indígenas y con la otra contenía a los castellanos”, todo esto mientras ella gritaba “¡basta!” y sus hijos pequeños la “llamaban madre” (pág. 167).
Este intento de construir un final dramático genera una escena inverosímil y desproporcionada, de un sutil humor involuntario, que desentona con el resto de la novela.