Siempre

De la naturaleza humana

Filósofo Plotino sostenía que el ser humano está ubicado en el medio entre los dioses y las bestias y, mientras unos procuran la divinidad, otros tienden a la animalidad

14.06.2020

TEGUCIGALPA, HONDURAS.-“A mi edad cuando me presentan a alguien ya no me importa si es blanco, negro, católico, musulmán, judío, capitalista, comunista… Me basta y me sobra con que sea un ser humano, peor cosa no puede ser”.

“Lo peor de la peste no es que mata los cuerpos, sino que desnuda las almas y ese espectáculo suele ser horroroso”.

He encontrado de manera reiterada en las redes sociales estas dos citas. La primera es del escritor norteamericano Mark Twain y la segunda del novelista francés Albert Camus.

Pienso que el dilema ético sólo es dable al ser humano, sólo en el claroscuro de la voluntad puede gestarse la maldad de un Yago o la bondad de un San Francisco de Asís. Sólo ahí encontrará tierra fértil y agua fresca el lupus est homo homini, “el hombre es el lobo del hombre”, de Plauto -tan popularizado en el siglo XVIII por el filósofo inglés Thomas Hobbes en su “Leviatán”-, y, sólo ahí, la contrapropuesta ética de la solidaridad humana en el homo res sacra homini, “el hombre es sagrado para el hombre”, de Lucio Anneo Séneca.

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“El hombre es la medida de todas las cosas. De las que son en cuanto son y de las que no son en cuanto que no son”. El Homo sapiens tiene el poder de falsear la palabra y convertir la verdad en mentira y, basado en la argumentación, disfrazar la mentira de verdad. De ahí el consecuente sofisma y el pensamiento falaz. Pero ese Homo sapiens, también desde su racionalidad y en un sentido colectivo, hace suya la anterior sentencia de Protágoras y el Homo mensura erige el estamento moral de la convivencia civilizada con el respeto irrestricto de la libertad.

La naturaleza humana misteriosa e insondable ha sido siempre un leitmotiv de reflexión filosófica y creación literaria. Es así como en este devenir el pensamiento griego, cuna de la cultura occidental, pasa de la concepción cosmogónica de sus primeros filósofos y poetas a la visión antropocéntrica del nosce te ipsum de Sócrates, al ethos aristotélico y al pathos de los grandes trágicos. De esta forma, más allá de las cicatrices de Odiseo, la herida del jabalí continúa supurando en “Edipo rey”, en “Las suplicantes”, en “Prometeo encadenado”, en la sangre fratricida de Polinices y Eteocles derramada sobre los muros de Tebas, en Orestes y otras grandes obras y personajes de la poesía trágica que han venido a conformar en el imaginario de la civilización los arquetipos de la literatura universal.

La humanidad está ahí con sus vicios y virtudes, con ella la hibris, la desmesura, la arrogancia, la insolencia, el pecado de orgullo del héroe trágico, la peripecia o giro de la fortuna, el descubrimiento de lo insospechado por la vía de la anagnórisis, la hecatombe del héroe a través del fatum o sino funesto e implacable, y el respectivo dolor y su purificación por el camino de la catarsis. La humanidad está ahí y con ella el ethos de la racionalidad moral, el logos es entonces la inteligencia salvadora, la razón que viene a hacer la diferencia entre ella y el animal.

Obviamente no estamos haciendo tabula rasa ni pretendiendo afirmar que el pensamiento griego surge de manera exclusiva de una determinada latitud, sabemos la riqueza de matices que hay en la cultura helena, la concepción lineal, pero también la metempsicosis o la visión circular del tiempo de Pitágoras, lo apolíneo y lo dionisiaco en los misterios eleusinos, la muerte por la cicuta y la convicción de un Sócrates en la ley y el Estado que le hacen exclamar que es preferible soportar una injusticia que cometerla, la batalla dialéctica entre estoicos y hedonistas, las uvas de Zeuxis y el mármol que resiste y luego se transforma bajo el golpe preciso del cincel de Praxíteles, el átomo y la materia en Demócrito de Abdera -el filósofo sonriente-, el manto del sofista lleno de agujeros y remiendos como signo de una falsa humildad, la carcajada estruendosa de Aristófanes y la linterna socarrona de Diógenes que busca un hombre a plena luz.

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El griego intuye la naturaleza humana y a esa intuición la llama reflexión, inteligencia, razón, y ese concepto del ser humano como un ente pensante permea por muchos siglos no sólo al clero y la ciencia, sino la cultura común. El humano tiene la certeza de ser biológicamente el animal más débil, pero esa fragilidad será el resorte secreto de la civilización. Semejante paradoja hará expresar a Pascal: “El hombre no es más que un junco, el más débil de la naturaleza, pero un junco pensante”.

Pero la filosofía es una búsqueda permanente, el detonante de las verdades absolutas. La idea del Homo sapiens como diferencia básica entre el hombre y el animal fue perdiendo vigencia. Ya después de la baja Edad Media, Gianbattista Vico, siguiendo las ideas de Bacon, carga contra el racionalismo de Descartes. Verum ipsum factum: solo podemos entender aquello que somos capaces de hacer; el ser humano no sólo es razón, es también sentimiento y fantasía.

Se ha comprobado que, aparte de la memoria asociativa y el reflejo condicionado, los animales superiores cuentan con inteligencia, y esa facultad, y no el instinto, los hace capaces de responder a situaciones nuevas y apremiantes en su entorno.

En el ser humano yacen y actúan los mismos principios y leyes que en los demás seres vivos, pero de una forma más compleja y potenciada. Lo que para el animal es un rudimento, para el hombre es un estado avanzado; lo que para el animal en la jerarquía de la inteligencia es un balbuceo que le permite sortear con éxito una dificultad inesperada, en el hombre será una cima que lo lleva a construir una civilización.

Claro, la razón marca una diferencia entre el hombre y el animal, pero esa diferencia es de grado, no de esencia.

Max Scheler, en su libro “El puesto del hombre en el cosmos”, sostiene que hay una diferencia esencial entre el ser humano y el animal, pero esa linde no la determina la inteligencia ni ninguna función de la esfera vital, ya que ese impulso renovador es ajeno a todo aquello que pueda llamarse vida en un amplio sentido del término. A esa nueva clave diferenciadora Scheler le llamará espíritu y un ser espiritual es aquel que se emancipa de la existencia, que logra cortar las ataduras que lo constriñen a una vida de incesantes acciones y reacciones. Un ser que superando las heteronomías se finca en la autonomía de su voluntad. Un eterno Fausto, ese animal cupidissima rerum novarum, de San Agustín, ese animal deseoso de cosas nuevas.

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El espíritu es objetividad y es sujeto portador del espíritu, dice Scheler, aquel ser cuyo trato con la realidad exterior se ha invertido en sentido dinámicamente opuesto al animal. Porque el mundo nos es dado a todos los seres vivos en su forma primaria, pero ahí donde el animal se pierde extático, el hombre, domeñando los instintos, vence las resistencias del entorno y eleva el mundo a la categoría de objeto; donde el animal dice sí, el hombre dice no como una autoafirmación a la decencia, a la moral, a su dignidad. Hemos pasado pues del Homo sapiens al Homo negans, el hombre que sabe decir no, el asceta de la vida.

Creo que es fácil colegir que en la escala de los valores habrá siempre una vertical que nos señale el mundo del espíritu y una ruta descendente que de manera involutiva nos conduce a una feroz entropía donde se diluye toda frontera con el animal.

De tal manera que el ser humano puede ser lo peor, pero también lo mejor, y es verdad que en la peste las almas quedan al desnudo y el espectáculo suele ser, por vil, horroroso. Pero esa visión de nuestros congéneres podría ser también diáfana y empática, ya que, como hemos apuntado, maldad y bondad sólo son dables al ser humano.

Claro que también hay gentes degradadas e irredentas que de humano sólo tienen la apariencia. A veces usan saco, corbata y normas de educación dictadas por ciertos hábitos mecánicos de una falsa personalidad. A veces son inteligentes y gozan de una exquisita posición social; en la vida son eso que la sociedad llama “triunfadores”. Pero nunca ejercerán el Homo negans, jamás negarán el pábulo a sus percepciones, siempre dirán sí como las bestias porque el ser ya no insufla en ellos el neuma, el espíritu.

Plotino sostenía que el ser humano está ubicado en el medio entre los dioses y las bestias y, mientras unos procuran la divinidad, otros tienden a la animalidad. En estas dos veredas que se abren de manera incesante, sólo el hombre es sujeto de elección. To be or not to be, that is the question, dice el príncipe Hamlet con la calavera de Yorick en las manos. Águilas o reptiles, ángeles o demonios, dice el gnosticismo.

El hombre no es más que un puente tendido entre el animal y el superhombre, repite Nietzsche. “Una cuerda tendida sobre un abismo. Es peligroso caminar, es peligroso mirar hacia atrás, es peligroso estremecerse y detener el paso. La grandeza del hombre está en ser un puente y no un fin”.

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Sólo el ser humano elige el camino por el que va a transitar, sólo el ser humano puede hollar la senda de las grandes realizaciones morales o degenerar a los instintos más elementales y primarios. Shakespeare lo sabía. Ser o no ser, ese es el problema.

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