Carlos Lanza: “Nunca he creído que tengo la verdad, solo intento pensar de manera coherente y honesta”

El poeta John Connolly se sienta a conversar con el crítico de arte Carlos Lanza en una entrevista en la que reflexionan sobre escribir mucho y publicar poco, sobre el arte, los artistas, el lenguaje y la teoría

  • Actualizado: 21 de julio de 2026 a las 10:44
Carlos Lanza: “Nunca he creído que tengo la verdad, solo intento pensar de manera coherente y honesta”

Tegucigalpa, Honduras.- Hace 30 años, Carlos Lanza reclamó un lugar en la historia del arte de Honduras que no sabía que le pertenecía. Llegó, digamos, sin invitación, movido, más que todo, por la curiosidad.

Desde su primer texto, “Santos Arzú: la huella en búsqueda del hombre”, publicado en 1996, no ha parado de escribir.

Y sobre ese oficio de escribir reflexiona en esta entrevista que le hace su amigo, el poeta John Connolly. Aquí revisita los libros que ha publicado y los que aún faltan, y habla del arte, lo que le ha dado sentido a su vida y lo que lo mantiene leyendo y escribiendo todos los días como si mañana fuera el último y no le quedara más tiempo.

“Memoria de los signos”: Un legado imperecedero de Carlos Lanza

Hola, maestro Lanza, agradezco tu visita, siempre la espero; te digo maestro porque en realidad así te percibo, ¿no te incomoda? Te lo pregunto porque conozco tu forma de ser y sé muy bien que la rimbombancia no es tu estilo.

Está bien, solo que por la cercanía que existe entre nosotros, me resulta extraño, no incómodo, que me llamés así; además, percibo tu sinceridad al expresarlo y eso me da confianza frente a un término bastante mañoseado en el medio.

Tu trabajo te respalda.

He sido dedicado, muy comprometido en lo que hago, pero por la misma seriedad con la que he asumido mi trabajo como escritor e investigador, también he intentado alejarme de las banalidades y etiquetas. Aun así, viniendo este elogio de tu parte, lo acepto, no por creerme un maestro, sino para corresponder a la nobleza de tu gesto.

Hace ya mucho tiempo que no conversamos sobre tu trabajo, pero has publicado cinco libros desde el año 2022, que se suman a los publicados en los años 2007, 2009 y 2017. ¿Qué puedes decirnos de estos trabajos?

Para entender el conjunto de esta producción es necesario nombrar los libros que antecedieron a estos más recientes. En el año 2007 publiqué el libro "Contrapunto de la forma", en colaboración con Ramón Caballero y con el apoyo del poeta José Antonio Funes, quien en ese momento era el director de la Biblioteca Nacional, adscrita a la Secretaría de Cultura; en 2009 publiqué, en calidad de curador, el libro "Cinco maestros de la plástica hondureña", trabajo encomendado por Juan Manuel Pose (QEPD), quien en ese momento fungía como director del Museo del Hombre Hondureño; en el año 2017 publiqué, con la Editorial Universitaria, "El rigor de la palabra", compilación de ensayos sobre crítica literaria hondureña escritos por el doctor Arturo Alvarado (QEPD).

Después de esos primeros libros he publicado los textos que mencionás y han sido en este orden: en el año 2022, bajo la responsabilidad de la Editorial Efímera, salió a la luz el primer volumen sobre los ensayos publicados en el diario El Heraldo; lo titulé "El gran vidrio: memoria de la imagen y la palabra"; en ese mismo año apareció el texto "La mirada otra", bajo el respaldo de la Editorial Mimalapalabra; en el año 2023 publiqué dos libros más: me refiero a "Memoria de los signos", publicado también por la Editorial Mimalapalabra, y "Texturas de la memoria. Fundación y esplendor de la Escuela Nacional de Bellas Artes, 1940-1980", publicado por la Editorial Universitaria; y, finalmente, en el año 2025 publiqué "Apuntes a lápiz: la concepción estética de Pablo Zelaya Sierra", bajo el sello de la Editorial Grilla y con el respaldo financiero de las empresas Macros y Grandes Ideas.

Todos estos libros, a excepción de "Texturas de la memoria", que tiene un enfoque más historiográfico, son investigaciones y análisis sobre arte hondureño, con algunas reflexiones sobre artistas salvadoreños con los que he cultivado una amistad y relación profesional. Algunos de ellos han tenido incidencia en la producción artística local, como es el caso de Walterio Iraheta y Ronald Morán.

¿Por qué entre los años 2022 y 2025 publicaste cinco libros y en diez años solo publicaste tres?

Esta misma pregunta me la hizo Giovanni Rodríguez, director de Mimalapalabra, en la Feria del Libro de San Pedro Sula. John, ¿realmente te parece poco publicar tres libros en diez años, en un país donde publicar uno en toda nuestra vida es una hazaña?

Lo pregunto porque has demostrado ser un escritor prolífero y no deja de resultar extraño.

La verdad es que la mayoría de los textos de mis últimos libros los escribí hace varias décadas, a excepción de los trabajos de "El gran vidrio", que fueron escritos entre 2018 y 2021. A pesar de que la mayoría de esos textos tienen dos décadas de haber sido escritos, lo que valoro de ellos es su vigencia; tiene que ver, creo, con que el escenario de las artes visuales en el país no ha tenido modificaciones radicales.

Los problemas que señalé hace una o dos décadas siguen estando allí, de manera cruda y palpable. En términos de publicación, lo que realmente sucedió es que dos editoriales, Efímera y Mimalapalabra, confiaron en mi trabajo y lo visibilizaron, especialmente esta última, que se atrevió a confiar en esos viejos archivos y los convirtió en libros exitosos.

Sé que hay más en espera.

Sí, ya tengo el compromiso de Mimalapalabra de publicar otro libro en 2026; su título es "El carácter revolucionario de la forma". Están en espera "El secreto deseo de la imagen"; este texto es la segunda parte de los artículos que escribí en la sección "El gran vidrio" del diario El Heraldo. Hay dos más en espera: Ramón Ortega en la pasión de una polémica, un libro que hace varios años está listo, pero no he encontrado apoyo para su publicación. El otro libro por publicar lleva por título Las vanguardias artísticas y sus contactos con la literatura.

¿Hay algún trabajo en particular al que le des un lugar especial en tu amplia producción?

Hay un ensayo que considero vital dentro de mis reflexiones; lo titulé "El problema de la identidad en el arte hondureño". El mismo está en el libro "La mirada otra"; es un gran esfuerzo metodológico por ubicar las relaciones de nuestra producción artística local con eso que llamamos "influencias externas" o arte extranjerizante, tema que ha tenido un pésimo manejo en el país.

¿En qué sentido hablás de un mal manejo del tema?

Tal como lo digo en el ensayo, aquí muchos creen que debemos practicar una estética de "taparrabo", negando lo mejor de los avances y revoluciones que ha tenido el arte mundial y el mismo arte en América Latina; todo intento por remover los códigos de la tradición ha sido visto como falta de identidad nacional; el trabajo de muchos artistas ha sido visto como "penetración cultural", es decir, como algo indeseable, casi demoníaco y por lo cual estos artistas deben ser quemados vivos en sus talleres con todas sus obras. El arte que se encierra y no sabe procesar las legítimas influencias se asfixia a sí mismo.

Carlos Lanza: “Nunca he creído que tengo la verdad, solo intento pensar de manera coherente y honesta”

¿Creés que el arte contemporáneo es una de esas influencias que se perciben como malignas en el arte hondureño?

El arte contemporáneo es una realidad; puede gustar o no, pero es una realidad y desde mediados de la década de los noventa ha estado con nosotros. El arte contemporáneo nos ofrece una manera distinta de relacionarnos con el arte y de pensar el arte, tal como en su momento el arte moderno nos ofreció una mirada distinta respecto al arte del pasado.

Nunca he visto el arte contemporáneo como una mala influencia; al contrario, pienso que hay muchas experiencias de vida en el mundo actual que solo pueden ser visibilizadas con la fuerza, con la energía, con la sensibilidad que nos brinda el arte contemporáneo.

Hay obras contemporáneas que son desafortunadas, pero ¡cuidado!, no son desafortunadas porque sean parte del arte contemporáneo, sino porque en sí mismas son malas; ¿acaso, ante una mala pintura realizada con técnicas tradicionales, diríamos que toda la tradición pictórica es mala?

Esta visión del arte te ha traído muchas críticas.

Mirá, en los años noventa, cuando aparecieron las primeras producciones de arte contemporáneo, las acompañé con absoluta determinación y por esa razón sufrí muchos ataques de los artistas que venían de la tradición pictórica o plástica; pero cuando empecé a indagar el gran legado de nuestra tradición pictórica moderna y a darle el lugar que se merece en nuestra historia artístico-cultural, entonces empecé a recibir ataques de algunos artistas contemporáneos, quienes consideraron que me "había dado vuelta".

Ahora que he tomado una distancia crítica de las malas producciones que hay en estas dos vertientes del arte hondureño, recibo ataques de ambos lados; pero cuando reivindico lo bueno de nuestra tradición y lo bueno de nuestro arte contemporáneo, entonces recibo silencio. Siempre hay uno que otro artista que sabe valorar lo que hago y lo reconoce en público o en privado.

Hablame del lugar que ocupa el lenguaje en tu trabajo; te lo señalo porque hay algo que advertimos quienes hemos leído con interés tus ensayos y artículos: lo cuidadoso de tu lenguaje.

Bueno, para mí escribir es un ejercicio crítico, reflexivo y pedagógico. Esta última acepción es clave en mi trabajo porque fui docente en una escuela de arte durante 36 años y siempre relacioné mi trabajo docente con mi trabajo de investigación.

De esta manera, el referente principal fueron los alumnos; con ellos construí el ejercicio pedagógico de mi escritura. En la crítica de arte, el uso de un lenguaje cuidadoso es fundamental para ser comprendido.

Eso de la función pedagógica está bien, pero hay algo más. Me refiero al gusto por la palabra, al ritmo. Te lo digo con seriedad: ¿no creés que hay literatura en tu trabajo crítico, es decir, una elegancia que se mueve en los límites de lo poético?

Lo que puedo decirte es que cuando escribo sobre arte trato de ponerme a la altura de la energía que emana de la obra; el diálogo entre la crítica y la obra de arte debe ser estético desde la palabra misma.

Me aburren los recocidos teóricos, entonces hago de la palabra mi mejor aliada. Siempre quiero dibujar lo que digo con la palabra, armonizar con ella, construir texturas, transparencias, trazos verbales, caminos para que la gente se acerque a mis ideas mediante el deleite de la palabra. Quizá eso es lo que se perciba como poético en mi trabajo.

Decís que te aburren los recocidos teóricos, ¿Cómo puede entenderse esto cuando una de las virtudes que más destacan de tu trabajo es la solidez teórica?

En ningún momento es un rechazo a la teoría. La teoría es fundamental para entender el arte moderno y contemporáneo; en principio, lo que quiero decir es que, en un trabajo crítico, la estructura teórica debe consolidar el discurso, pero la palabra sensible debe liberarlo e instalarlo en el espíritu del que lee.

La palabra debe tocar las fibras del lector, su carne, llevarlo del mundo de la razón al mundo de la imaginación más provocadora; la teoría debe estar allí sin arrogancia, sin llevarse todas las miradas, sin mostrar abiertamente el rigor de sus categorías. Eso vuelve al texto cansón y aburrido, lo torna duro sin ninguna necesidad. Lo que debe prevalecer es la plasticidad de la palabra, su vuelo firme; la palabra debe abrazar y envolver la energía que emana de la obra de arte. Eso procuro hacer cuando escribo.

Sin embargo, esta rigurosidad y esta elegancia que prevalecen en tus escritos son incomprendidas por un sector importante de artistas que permanentemente te agreden en las redes sociales.

Es una lástima que, cuando mis apreciaciones no favorecen a estos artistas, tiendan a personalizarlo todo; el pensamiento crítico, al ser respaldado por la teoría, se vuelve irremediablemente polémico. La teoría no está concebida para complacer los gustos de nadie, mucho menos para enfriar la rabieta de un artista descontento.

Mi postura crítica nada tiene que ver con el interés de destruir la carrera de un artista. Cuando escribo ni siquiera pienso en la persona que hizo la obra; pienso en la obra que tengo enfrente, nada más.

Ella y el contexto en que ha sido producida son los que definen la metodología de mi enfoque. Trato de hacer ciencia crítica desde las artes visuales. Si, a partir de esta perspectiva, la gente se molesta por lo que digo, me tiene sin cuidado.

Lo que va a quedar en la historia no son los insultos que recibo, sino el cuerpo de obra que he elaborado desde la crítica. Facebook es un desolladero público; polemizar allí no tiene sentido y no estoy para perder el tiempo.

Carlos Lanza: “Nunca he creído que tengo la verdad, solo intento pensar de manera coherente y honesta”

Muchos han llegado a pensar que el crítico es innecesario porque la obra se defiende sola, ¿Qué opinás?

Eso de que la obra se defiende sola es un viejo anatema que yo no me trago; en realidad, no deja de ser una salida fácil y, en el fondo, esconde un acto soberbio de ciertos artistas al negarse a compartir con los demás la dimensión conceptual y estética de su obra.

Parto del criterio de que no todos los que ven arte son expertos; por lo mismo, muchas obras requieren de una mediación pedagógica para acercar al público y ayudarlo a profundizar su experiencia estética. El arte siempre ha requerido de mediaciones; por ejemplo, desde la Antigüedad hasta el Renacimiento esa mediación estuvo determinada por el mundo mitológico que le daba sentido a las producciones artísticas.

Decía Sócrates, en el "Fedón", de Platón, que la escritura y la pintura eran hijos bastardos porque, cuando se les preguntaba algo, guardaban silencio y, por esa razón, era necesario que hubiera alguien que agregara una frase o una palabra allí donde hacía falta para romper ese silencio. Ese silencio del arte, ese secreto, solo es posible develarlo mediante la palabra y el pensamiento.

El arte construye pensamiento, es una forma de conocimiento. No veo razón alguna para reducir el arte a un artefacto material ajeno a la palabra y a la reflexión. No sabes cuánto he agradecido cuando, estando frente a una obra encriptada, dura de acceder a su sentido o significado, me encuentro con un texto esclarecedor que me ayuda a comprenderla.

La producción interdisciplinaria del arte actual exige la mediación crítica, exige la participación de la teoría estética y mucho más: exige la mediación de la filosofía, la sociología, la antropología y otras ciencias. Darle a la imagen artística el placer que deviene de la palabra y del pensamiento es vivir plenamente el sentido de la obra.

No entiendo por qué los valores cognoscitivos de la obra deban eliminarse, dejando el valor fáctico o la cosa material como único referente. Para estos artistas la obra es simplemente un asunto manual; en otras palabras, para quienes defienden la tesis de que la obra de arte se defiende sola, el proceso de realización es una acción autónoma de la mano, el acto de pensar queda desechado y, por lo tanto, la palabra que lo expresa no debe existir porque la obra nació para defenderse por su propia cuenta.

Este argumento, más que molestarme, me entristece, porque explica en gran medida la naturaleza artesanal y mediocre de gran parte de nuestra producción artística.

¿No crees que ciertos artistas carecen de argumentos para hablar de su obra?

No siempre es así. Hay artistas que tienen capacidad argumental, pero están ganados por la falsa concepción de que la obra se defiende sola; hay otros, como decís, que, a falta de argumentos, se esconden en esa idea a todas luces errónea.

¿Qué creés que le hace falta al arte hondureño para insertarse con fuerza en el ámbito internacional?

Eso de insertarnos con fuerza en el ámbito internacional no deja de ser pretensioso, Connolly. Claro que aspiro a que un día nuestra producción artística se internacionalice plenamente, pero por ahora aspiraría a que, por lo menos, seamos vanguardia en Centroamérica o estemos allí, marcando el ritmo de las artes visuales centroamericanas.

Desafortunadamente, nuestro arte apenas se visibiliza en la región; se hacen cosas muy esporádicas, pero tengo claro que hay artistas que se están abriendo camino en importantes circuitos del arte latinoamericano y europeo. Sin embargo, responden más a iniciativas personales que a un movimiento que, de conjunto, esté planteando el desarrollo de nuestro arte.

Creo que hace falta estructurar una nueva institucionalidad del arte en Honduras. Me refiero a la existencia de un ente autónomo que se dedique a pensar nuestra producción artística, a investigar y promover proyectos que contribuyan a recoger lo mejor de nuestra tradición y a valorar las nuevas expresiones del arte contemporáneo.

Nuestro proyecto estético necesita estar respaldado por un nuevo paradigma: el pedagógico. Urge construir una infraestructura pedagógica que le dé presencia y carácter a nuestro arte.

Esta mirada pedagógica no debe surgir de la institucionalidad académica tradicional; debemos apostar por proyectos pedagógicos alternativos, de carácter experimental, que sean capaces de darle a nuestra producción artística un nuevo soporte teórico, conceptual y práctico.

Si hacemos eso, iremos por buen camino. Hemos pasado décadas haciendo arte bajo el recurso romántico de la pura inspiración. No podemos seguir así; necesitamos profesionalizar nuestro arte sobre las exigencias que plantea el arte contemporáneo, sin desvalorar la herencia de la tradición.

A propósito de que mencionás el arte contemporáneo, ¿Por qué razón este tipo de arte no termina de ser aceptado en el país?

El rechazo al arte contemporáneo no es exclusivo del país. En general, en Centroamérica no hay una aceptación hacia este tipo de propuestas; incluso me atrevo a decir que en América Latina el arte contemporáneo tiene una fuerte resistencia entre el público y la misma institucionalidad del arte, pero en menor medida que en nuestra región.

No es fácil sostener este discurso. Llevamos más de 500 años aceptando un arte que aún pervive bajo los cánones del clasicismo; es cierto que han existido rupturas, eso nadie lo niega, pero estas han sido dentro de los parámetros de la figuración, del dibujo y del uso del color en la pintura. También en la escultura se han dado grandes transformaciones formales que han significado profundos cambios en el uso de los materiales y del espacio, pero todas esas rupturas se han movido dentro de los límites aceptados por la modernidad.

El aparecimiento del arte contemporáneo, a partir de la década de 1960 del siglo XX, significó una auténtica revolución que tiró abajo los cimientos sobre los cuales se había sostenido el concepto de arte y las prácticas artísticas.

En Honduras podemos hablar de arte contemporáneo desde mediados de los años noventa. No hemos fundado una tradición de este arte todavía; pienso que está en proceso.

El arte contemporáneo es rechazado por buena parte de los artistas. Esto no me parece ético porque puedo entender que no les guste; lo que no entiendo es la total intolerancia hacia el trabajo de sus compañeros. Las campañas más sucias contra el arte contemporáneo han venido de los artistas que defienden la tradición formal. Esto es un factor de peso para que gran parte del público también lo rechace; aun así, hay una mayor apertura hacia estos proyectos de la que había hace una década.

Una situación que no ayuda a consolidar el arte contemporáneo en nuestro medio es que su producción es muy escasa. Son pocos los artistas que le apuestan al arte contemporáneo y, a esto, debemos agregar que la mayoría de los museos y galerías no creen en este arte y tienen muchos prejuicios para aceptarlo en sus salas.

Cuando aceptan algunas obras es porque necesitan complacer el gusto de aquellos que poco a poco lo han ido aceptando o, sencillamente, porque no quieren aparecer como instituciones conservadoras; todo es cálculo, pero en el fondo no creen en el arte contemporáneo. Aun así, creo que el futuro del arte hondureño está en este tipo de arte.

Quiero hacerte una pregunta más de corte académico, pero que para mí es importante: ¿Qué relación existe entre el arte y la literatura? ¿Cómo se complementan?

Las grandes revoluciones en las artes visuales se dieron a partir de los cambios de paradigmas en la literatura. Esto es un hecho comprobado, pero, a su vez, no hay duda de que las artes visuales incidieron en las transformaciones conceptuales y formales de la literatura.

La palabra y la imagen siempre han tenido una entrañable correspondencia. La literatura es el gran testamento de todo lo vivido; las artes visuales son la imagen palpable de esos sueños que transitan de la palabra a la forma artística y viceversa.

En Honduras, la mayoría de los libros de poesía, novela y cuento llevan en sus portadas obras de pintores hondureños, pero este no es un fenómeno local; es, en verdad, una práctica en todo el mundo. El arte y la literatura han marcado los signos de la historia humana.

Creo firmemente en el carácter interdisciplinario de todas las artes: música, teatro, cine, danza, etc.

Si el arte y la literatura son la imagen del mundo, ¿En qué mundo debe insertarse la acción artística? ¿Nos acerca esta idea a una función política del arte?

El arte es inseparable de la acción política. Si valoramos el arte como la imagen que contiene la memoria de todo lo humano, si vemos el arte como conciencia del mundo, como conciencia de todo lo vivido, entonces no se puede separar de la política. Lo que sí se debe separar es el arte de lo estrictamente doctrinario, es decir, poner el arte al servicio de un partido o de una secta política.

El artista debe tener absoluta libertad para crear, pero no hablo de una libertad individualista, egoísta, alienada por el éxito burgués o por los placeres del neoliberalismo; me refiero a una libertad que le permita interiorizar el mundo y expresarlo con honestidad, con responsabilidad, con compromiso y, sobre todo, con plena conciencia de que este mundo en el que hacemos arte no es una hamburguesa con Coca-Cola, que es necesario transformarlo y hacerlo más justo y humano.

Así concibo esta libertad de crear; de lo contrario, caemos en esa burda frialdad de "yo hago lo que quiero", cuando, en verdad, lo que en el fondo están haciendo es lo que el sistema quiere y no se dan cuenta. La libertad individualista no deja de ser ingenua.

Carlos Lanza: “Nunca he creído que tengo la verdad, solo intento pensar de manera coherente y honesta”

¿Qué arte llena tus expectativas? ¿Con qué tipo de obras un crítico tan exigente como vos se siente cómodo, satisfecho?

En realidad, el arte que llama mi atención es precisamente el arte que me incomoda, el que me saca de onda, el que se mueve en la zona de lo impredecible, el arte provocador, irritante, el que me hace pensar que ya no pienso, el que rescata mi imaginación del exceso de realidad, el arte que grita en silencio, el que se niega a decirlo todo porque sabe que, en la espera, en el suspenso del significado, se dice más; me siento bien con el arte que dispara su mortero contra lo común, contra aquellos signos pupú (saturados de mierda) que viven del aplauso ingenuo de los consumidores de mercancía estética.

Ese es el arte que me gusta. Que conste, cuando me gusta ya empieza a no gustarme porque siempre estoy esperando a que el arte me tome por asalto.

Una última pregunta. Quizá sea una pregunta trillada para cerrar una entrevista de este tipo, pero siento que es necesario hacerla para ubicar el futuro de la producción artística: ¿Qué artistas jóvenes están garantizando con su trabajo un futuro esperanzador para el arte hondureño?

Te diré con mucha honestidad que ya me da miedo nombrar artistas jóvenes. En otro momento he mencionado nombres, he apostado por esos artistas y el tiempo me ha dado una bofetada; algunos dejaron de trabajar, otros que venían por buen camino cayeron en un arte totalmente complaciente, hay quienes prefirieron la fama de Facebook antes que el rigor de exponer algo serio; existen otros que consiguen títulos de honoris causa otorgados por instituciones sin ningún rigor académico y tienen el valor de exhibir esos cartones como quien anuncia alitas de pollo. Creen ingenuamente que esos cartones los hacen más artistas, cuando en Honduras no han ganado absolutamente nada.

A todos estos jóvenes los define una constante: la arrogancia. Entonces, John, esto de artistas jóvenes es una categoría difusa. Hay artistas jóvenes que parecen ancianos, siguiendo las pautas de un clasicismo trasnochado, practicando una figuración de souvenir, exponiendo un muralismo decadente e insulso; pero, por otro lado, veo algunos artistas que ya no son tan jóvenes haciendo cosas muy novedosas. Desgraciadamente, esas propuestas novedosas no alcanzan a ser tendencia, son la excepción.

Esta vez ya no diré nombres. Que sea el tiempo el que los instale en la historia de nuestra producción artística; prefiero ser cauto y no apostar por nadie. Ya me ha tocado respaldar inicios que con el tiempo no dieron la talla; desde las aulas de la Escuela Nacional de Bellas Artes respaldé carreras de jóvenes cuando nadie creía en ellos y, tiempo después, cuando les señalé sus problemas, corrieron a insultarme en las redes sociales.

No estoy cerrado a respaldar el trabajo de un joven artista; la diferencia es que, esta vez, esperaré para saber si solo es un acierto momentáneo o realmente estamos ante un artista que viene con pan de fuego en las manos.

Bueno, maestro, habrá más temas que abordar en el futuro. Por hoy hemos finalizado. Me doy por satisfecho porque hemos abordado tópicos que no habíamos tratado anteriormente. Me gusta tu franqueza y admiro tu claridad. Es justo hacer un brindis.

Agradezco este diálogo, me ha ayudado a reflexionar. Nunca he creído que tengo la verdad; solo intento pensar de manera coherente y honesta. Eso que llamamos verdad es algo que solo se construye en el diálogo, en el ejercicio colectivo, y aun así, todo será siempre relativo. Un abrazo, querido Connolly.

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Staff de EL HERALDO, medio de comunicación hondureño fundado en 1979.

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