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El sencillo caso del testigo celoso

CRIMEN
Un hombre es asesinado a balazos y comienza un misterio que se resuelve

04.12.2011

Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres a petición de las fuentes

LA FÁBRICA.
Los hombres se bajaron del carro viendo hacia los lados. El estacionamiento estaba solo, la tarde era fría y el ambiente se sentía pesado. La entrada principal a la fábrica estaba a menos de cincuenta metros y los hombres avanzaron con paso rápido sobre el piso de concreto. Iban vestidos con suéteres oscuros, llevaban el rostro oculto con las viseras de las gorras y con un pañuelo que se colocaron sobre la nariz al momento de empujar una de las hojas de vidrio de la puerta. Adentro, hombres y mujeres estaban trabajando al ritmo de las máquinas y de la mirada de hierro del dueño. Nadie se fijó en los hombres. Era común que los clientes entraran y salieran de la fábrica, sin embargo, aquellos hombres no eran clientes. Eran asesinos.

EL CRIMEN.
Avanzaron quince metros por el pasillo del centro y se detuvieron de repente. Frente a ellos, a unos seis metros, un hombre etiquetaba el producto terminado conforme las cajas pasaban ante él sobre la banda de rodillos de metal. Estaba absorto en su trabajo, escuchaba música con los audífonos pegados a las orejas y de vez en cuando tarareaba las canciones, pero en aquel momento, algo le dijo que levantara la cabeza, seguramente su instinto, justo en el momento en que una voz gruesa dijo con acento imperioso y colérico: “¡Disparale! ¡Matalo!”

El eco de aquellas palabras se perdió ante el estallido de los disparos. Uno, dos, tres. Cuatro balas salieron por la boca de la pistola en medio de una fugaz llamarada amarillenta y una espesa columna de humo. El ruido se confundió con el martilleo de las máquinas y, por un momento, nadie se dio cuenta de lo que estaba pasando. El hombre dio un grito, se llevó las manos al pecho, abrió los ojos desesperadamente y caminó dos pasos hacia atrás, luego dobló las rodillas. Cuando cayó al suelo, ya estaba muerto. El grito de dos mujeres que trabajaban cerca de él estremeció las paredes. Un segundo después, dos sombras salieron corriendo de la fábrica; cuando alguien salió a perseguirlas, ya se habían perdido en la tarde gris y helada de la ciudad de Chicago, Illinois, Estados Unidos.

LA POLICÍA.
Los empleados esperaban angustiados frente al parqueo. Adentro, los especialistas de Inspecciones Oculares buscaban evidencias mientras los agentes de Homicidios estudiaban el caso. El cadáver estaba boca arriba, con los ojos abiertos, los dientes apretados y las manos todavía sobre las heridas, como si quisieran detener la vida que se escapaba por lo orificios que habían dejado las balas.
Nadie había visto nada. Era tarde, el trabajo era pesado y el frío provocaba un sopor que alargaba el tiempo y multiplicaba la ansiedad por regresar a casa. En la fábrica el tiempo es dinero y perder un segundo es perder dólares, por lo que el ritmo del trabajo no se detenía más que por un terremoto. Los detectives tenían un misterio por delante.

DECISIÓN.
“Bien, damas y caballeros -dijo uno de los agentes-, hemos pedido que nos envíen un autobús; lamento molestarlos pero deberán acompañarnos a la estación de Policía. Necesitamos hablar con cada uno de ustedes, puesto que nadie vio al o a los asesinos y, como pueden comprobar, uno de sus compañeros fue muerto a balazos casi en medio de todos ustedes”.

Los murmullos de protesta no se hicieron esperar. El detective trató de parecer amable.

“Entiendo su situación -dijo-, pero necesitamos de la ayuda de ustedes para encontrar a los criminales… Lo siento mucho, señores y señoras, es el procedimiento correcto, y es la ley.”
En aquel momento el autobús entró al parqueo. Era un enorme bus del Departamento de Policía de Chicago.

ENTREVISTAS. Cinco horas después, los detectives habían avanzado muy poco. Los empleados tomaban café, comían sándwiches, y se quejaban de lo larga que se hacía la espera. La noche era oscura y fría, las nubes amenazaban tormenta y había quienes se mostraban desesperados y hasta coléricos. Lo peor era que nadie podía comunicarse con sus familias porque los detectives les habían solicitado que apagaran sus teléfonos hasta que no salieran de la entrevista.

PERFIL.
En otra sala, los detectives de homicidios armaban el caso. La víctima era un hombre joven, no mayor de treinta años, latino, delgado, alto y de buena presencia. Trabajaba en la fábrica desde hacía dos años y no le iba nada mal. Era soltero y había quienes lo consideraban un donjuán.

“Partamos desde el principio que dice que los criminales asesinan a miembros de su propia raza o de su mismo grupo étnico”.

La voz del experto en conducta criminal impuso el silencio.

“Esto significa -agregó-, que el o los asesinos son latinos, como él”.

Hubo un murmullo de aprobación.

“Las cámaras de seguridad grabaron a dos hombres, de edades diferentes, al entrar a la fábrica. Llevaban el rostro cubierto, como pueden ver en el video. Si nos fijamos bien, uno es joven atlético y de movimientos rápidos. El otro, sin ser gordo, es fornido y de andar pausado, además, es mayor.”

El silencio en la sala podía tocarse.
“Llegaron a la fábrica, entraron, caminaron directamente hacia la víctima, le dispararon en cuatro ocasiones y salieron corriendo. Todo esto en menos de cinco segundos. Esto nos dice que sabían lo que hacían y que estaban seguros de la persona a la que buscaban. ¿Por qué? No se trata de un crimen por encargo. ¿Qué motivos tenían para asesinarlo? Quizás por odio o por venganza. ¿Por qué matarlo precisamente en su lugar de trabajo? Creo que estaban enviando un mensaje a alguien en especial. ¿Estaban proyectando su valentía y, quizás también, su machismo u hombría? Esto debería mostrarnos el motivo del crimen. El modus operandi está claro: mataron con furia, planificaron el crimen, conocían a la víctima, esta hizo algo que provocó la cólera del criminal, y firmó su sentencia de muerte. ¿Qué pudo hacer para que lo asesinaran? ¿Robó? ¿Mala repartición de botín? ¿Traición? ¿Malas cuentas en el tráfico de droga? ¿Mató a alguien cercano y valioso para los asesinos? ¿Hay de por medio una mujer?”.

LLAMADAS.
Carlos, un hombre maduro, de aspecto serio, que se mostraba cansado y hambriento, no dejaba en paz su teléfono celular. Tenía tres horas de haber llegado a su casa desde su trabajo, y su esposa todavía no había llegado. Aquello, por supuesto, era raro. Su mujer era más puntual que un reloj atómico, y aquella tardanza ya no le estaba gustando. Lo peor era que no respondía el celular. ¿Qué podía estar sucediendo?

Los canales de noticias no informaban nada en especial, es más, muy poco le interesaban las noticias. Trabajar de sol a sol en la construcción no deja fuerzas ni ánimos como para enterarse de desgracias en los noticieros, y Carlos había tirado el control contra el espaldar del sillón de enfrente. ¿Dónde estaba su mujer? Esa pregunta sin respuesta lo desesperaba. Lo peor era que otra pregunta había empezado a torturarlo: ¿Con quién podría estar su mujer? Y aún una tercera pregunta le ponía a hervir la sangre en las venas: ¿Es que acaso su mujer le era infiel? Si el amor es una fuerza poderosa, muy poderosos son también los celos, y en Carlos aquel sentimiento tenía tanta fuerza como mil bombas nucleares. ¿Y los niños? ¿Es que se olvidaba de que tenían hijos? ¿Es que dejaba atrás años y años de matrimonio por una aventura cualquiera? ¡Ah! ¡Qué filosos son los dientes de los celos! ¡Y como muerden el corazón! Marcó por milésima vez. El teléfono sonó una vez. La garganta reseca, la boca abierta, los ojos desorbitados y el pecho a punto de estallar. Alguien contestó.

“¿Dónde estás?”

El grito despertó al menor de los niños que dormía a su lado en el sillón.

“En la estación de Policía…”

“¿Qué? ¿Qué hacés allí?”
La llamada se cortó. La batería del teléfono de su mujer se había descargado. Carlos se puso de pie, hizo otra llamada y, cinco minutos después estaba en su carro, haciendo chirriar las ruedas rumbo a la estación de Policía.

LOS DETECTIVES.
“Los disparos se hicieron con la misma arma -dijo uno de los detectives, leyendo el informe del laboratorio de Balística-, una pistola de nueve milímetros. Estamos buscando el registro… Podría haber sido usada en otros crímenes…”.

“¿Qué resultados tenemos de las entrevistas?”

“Nada. Todos dicen que no saben ni imaginan por qué pudieron matar a su compañero…”

“¿Han detectado algo raro en alguno de los compañeros?”

“No”.

“¿Alguien nervioso, histérico, de pocas palabras o que se niegue a hablar”.

Hubo un momento de silencio. El detective a cargo paseó la mirada por todos los rostros.

“Creo que sí. Una muchacha, pero el psicólogo dice que es producto de la impresión. Nada importante”.

“En una investigación criminal cada detalle es importante… Cada detalle…

¿Entendido?”

Todos guardaron silencio.

“Quiero hablar con ella”.

En ese momento, un detective entró a la sala, seguido de cerca por un furioso Carlos, al que le chispeaban los ojos…

“Este caballero exige ser atendido por usted, señor”.

El detective enarcó las cejas, extrañado.

“¿Puede esperar?”.

Se había dirigido a Carlos y este, por toda respuesta, le dijo:

“Quiero saber por qué tiene usted retenida a mi esposa”.

“No lo entiendo”.

“Mi esposa tiene seis horas de estar en esta comisaría… Quiero saber por qué…”

“Empecemos por saber quien es su esposa”.
Un minuto después, Carlos estaba sentado frente al detective, con un vaso lleno de agua en las manos, los ojos bajos, una sonrisa idiota en los labios y rojo de la vergüenza.

EL TESTIGO.
“¿Eso pasó?”

El detective movió la cabeza varias veces hacia adelante.

“¡Yo sabía que eso iba a pasar!”

El detective guardó la calma.

“¿Por qué dice usted eso?”

“Era lógico suponerlo, señor. La mujer ajena es sagrada. Si usted se atreve a tocarla lo que debe esperar es la muerte. Es así de sencillo”.

“¿A qué se refiere?”

“Mire, señor, mi esposa me comentó que él y una compañera se entendían, que eran amantes; y ella está casada… Y esa gente no perdona, y menos una infidelidad…”

“¿A qué gente se refiere?”

“Al marido y al suegro”.

“¿Los conoce usted?”

“Todos en la fábrica los conocen?”

“¿Está seguro de lo que dice?”

“Mire, señor, vine a traer a mi esposa, no a inventarle cuentos a la Policía. Es asunto suyo si me cree… Me voy…”

“Espere un momento”.

Carlos se sentó.

“Dice usted que todo el mundo conoce al esposo de esa señora”.

“Así es…”

“Y, ¿puede decirme el nombre de esa señora?”
El detective revisó la lista de las personas a las que ya habían entrevistado.

ELLA. “¿Qué tipo de relación tenía usted con la víctima?”

“Ninguna”.

“Le aconsejo que no mienta… Mentirle a la Policía solo agrava las cosas”.

La mujer lo miró desafiante. Un detective se acercó al jefe por detrás y le dijo algo al oído.

“Esa es la mujer que me pareció nerviosa cuando la entrevisté”.

“Bien”.
“Creo que va usted a acompañarnos una hora más. Volveremos a hablar con sus compañeros”.

LA HORA. “Hablamos con sus compañeros de trabajo y, hasta su jefe, el dueño de la fábrica, asegura que usted y la víctima se entendían, o sea, que estaban enamorados”.

La mujer se movió inquieta en su silla.

“¿Quiere colaborar con nosotros?”

La mujer no dijo nada.

“En este momento un equipo SWAT va para la casa de sus suegros… Tenemos una orden de allanamiento… Creo que no vamos por el camino equivocado… ¿Quiere colaborar con nosotros?”
La mujer movió la cabeza hacia adelante.

LA CAPTURA. Antes de las once de la noche, un grupo de policías rodeó la casa de la mujer, varios hombres del equipo SWAT se lanzaron contra la puerta de entrada e inmovilizaron a dos hombres que veían televisión y tomaban cervezas, tirados en grandes sillones de cuero.

No opusieron resistencia. En menos de diez minutos, los técnicos encontraron una pistola de nueve milímetros, envuelta en varios calzoncillos, en una gaveta de madera.

“Se les acusa del asesinato de… Tienen derecho a guardar silencio…”

Uno de los detenidos, un muchacho de ojos asustadizos, miró al hombre que estaba siendo esposado a su lado, y su mirada era de fuego.

“¿Por qué lo mataron?”

La pregunta fue directa. El muchacho estaba sentado, al otro lado de la mesa, mirando con ojos desesperados al interrogador.
“Él me quitó a mi mujer… Eran amantes… Y mi papá no perdona esas cosas… Me dijo que lo íbamos a matar… Nos fuimos a la fábrica y le disparé cuatro veces…”

CONDENA.
Los asesinos fueron condenados a sesenta años de cárcel. El padre, un hombre enfermo, no resistirá ni los primeros diez años, según opinión del médico.

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