TUMBA. En el “Cementerio Divino Paraíso” hay una tumba a la que nadie irá a ponerle flores este “Día de Muertos”. Está olvidada desde hace mucho tiempo, su cruz de madera se pudrió y del nombre solo quedan unas letras y un par de números. “Norma... 19”. La lápida de cemento se está agrietando y hay maleza a su alrededor. Y aquí se cumple este lamento, que no ha dejado de ser verdad a pesar del paso del tiempo: “¡Qué solos se quedan los muertos!” Verla es entender que solamente Dios se acuerda de aquellos a quienes otros han olvidado. Allí, solamente está el “encargado”, un hombre ya entrado en años, que se identifica como “un viejo empleado de la Alcaldía”, al que no le da miedo vivir entre tanto muerto. Es más, sabiendo que la vida es corta y que morir es inevitable, ya eligió su propio sitio para que lo entierren cuando “mi tiempo en la tierra haya terminado”.
Visité aquella tumba con dos policías de la DPI, que llevaron este caso desde el comienzo; un caso que los conmovió por lo grotesco y cruel que fue, y por la horrible soledad en la que se quedó aquel cadáver en la Morgue del Ministerio Público.“Creo que solo Dios puede decir lo que es verdaderamente justo o lo que es realmente injusto -me dijo el inspector-, y no sé hasta dónde el ser humano tiene el derecho de cobrarse deudas que cree que están pendientes. No sé”.
El comisario que está con nosotros, agregó:“El odio es el peor de los venenos. Mata por dentro al que lo lleva en su sangre, y, tal vez solo Dios pueda curar el mal que hace. Esta mujer no debió morir así. O, quizá no debió venir a este mundo”.
Matías, el “encargado” de cuidar a los muertos, se quedó pensando largo tiempo y al final dijo:“Una noche, como a las doce y minutos, vinieron cinco personas vestidas de negro, con candelas, incienso, y solo Dios sabe qué otras cosas más a hacer ritos oscuros sobre esa tumba. Traían gallinas negras y las degollaron allí, encima de la cruz, diciendo oraciones, insultando a la mujer muerta, invocando espíritus y gritando como enloquecidos. Pero, cuando les hice tres disparos al aire con mi escopeta, salieron corriendo y dejaron allí sus cochinadas. En la mañana, yo limpié la tumba, y me puse a pensar por qué aquella gente estaba haciendo eso, precisamente con esta mujer”.
“Mire, Carmilla -intervino el comisario-, la forma en que la mataron es fácil de describir, pero es difícil de aceptar. Fue algo verdaderamente horroroso; y más, porque el asesino fue su propio hijo”.
“¿Su propio hijo?”“Sí, Carmilla. Cuando llegamos a la escena del crimen no podíamos entender por qué le habían hecho aquel daño; por qué la habían torturado... y, por qué la mataron de esa forma... Y concluimos que solo el odio más irracional, aunque no hay odio lógico ni racional, pudo llevar al asesino a hacer algo así. Por supuesto, nos dimos cuenta de que no se trataba de algo satánico ni de alguno de esos rituales tontos; era una venganza clara, planificada y ejecutada con supuesta inteligencia, y con la saña mejor diseñada en la mente de aquel degenerado; que no sabíamos quién era en aquel momento”.
“Pero, había algo más extraño en aquel crimen -agregó el inspector-; la víctima era una mujer pobre, sola, abandonada, una indigente que pasaba en las aceras de “El Chiverito” bebiendo “charamila”, ese guaro que mata despacio a la gente; se acostaba con sus compañeros por un par de lempiras o por una “charamusca” de licor. Eso era ella. Una pobre mujer desechada por la sociedad, olvidada por Dios y vergüenza de muchos. Tenía diez años de estar en las calles. Cuando investigamos, nos dimos cuenta de que Norma venía de un pueblo pobre de Santa Bárbara, que trabajó, tuvo una familia, y, no se sabe por qué, quedó en aquellas condiciones. Cuando uno de sus compañeros de la calle la reconoció en la escena, dijo que se llamaba Norma, que había estado con ellos la noche anterior comiendo patas de pollo cerca del contenedor de basura, y que bebieron “charamila” hasta que se quedaron dormidos. Después no supieron nada de ella, hasta que otra mujer, “la China”, llegó gritando que habían matado a Norma... y que le habían desecho la cabeza, que le habían sacado los ojos y que le habían cortado los pechos... Después, llegamos nosotros.
Pero, no solo aquellas cosas le habían hecho. El forense dijo que habían violado el cadáver al menos unas tres veces”.“Pero nadie vio nada -siguió diciendo el comisario-; ni se escucharon gritos, peleas o algo que avisara que en aquella casa abandonada estaba pasando algo horrible”.“Entonces, ¿qué hicieron ustedes para encontrar al asesino?”
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EN LA ESCENA
“Mire, Carmilla -dijo el comisario-, cuando comenzó la Dirección de Investigación Criminal (DIC), allá por los años 90, había un maestro que enseñó de verdad cómo se investigaba un crimen: el abogado Gonzalo Sánchez. Yo aprendí de algunos de los viejos agentes que se formaron con el abogado. Por eso fue que, desde el primer momento, sabía lo que tenía que hacer, y empecé averiguando quién era la víctima por medio de las huellas digitales. Pero, en la misma escena entendí que estábamos ante una venganza. Aquello era tan grotesco y tan “bien planificado”, que no podía ser más que odio lo que movió al asesino. Y estaba la violación, que fue lo que me confundió al principio. Nosotros supimos que Norma tenía tres hijos: dos muchachas y un varón. Las mujeres no viven en Honduras, se las llevó el papá para Estados Unidos. Al varón lo abandonó porque dijo que no era de él; ella y él eran de Santa Bárbara. Eran blancos y ojos claros, mientras el varón salió trigueño. Cuando entrevistamos a una de sus hermanas, en Zacapa, dijo que Norma le juró que nunca había engañado a Edgardo, y que el niño salió trigueño porque Dios así lo quiso. Y dijo que una de sus abuelas, que se llamaba Purificación, era de Guatemala, y era de piel trigueña. También dijo que por años no supieron nada más de Norma, solo que perdió las hijas y que el varón se metió con un grupo de delincuentes, que se perdió en drogas y esas cosas, y que ella, deprimida y decepcionada, terminó en las calles... Allí se perdió... y terminó de esa forma tan horrible”.
“¿Cómo supieron que la mató su propio hijo? ”El inspector me entregó una copia del expediente y me señaló una fotografía. Era la de un muchacho de unos diecisiete años, alto, delgado, de rostro de piedra, maligno, marcado con tatuajes y ojos en los que se veía el odio. Luego, me enseñó otra foto. Era la de Norma. El muchacho y ella eran tan parecidos, casi como dos gotas de agua, con la excepción de que él era trigueño y ella blanca. En otra página estaban las huellas digitales de Norma; en la siguiente, las del muchacho.
Luego, el informe de la autopsia. Fotos horrorosas, propias para “El libro de los horrores”. Seguía el informe de la investigación.“No encontramos cuchillos ni armas de algún tipo, pero estaba claro de que usaron al menos dos cuchillos grandes. Lo que estaba allí era un tubo de hierro largo de más de un metro y medio, una piedra grande, y la ropa, o sea, los andrajos desgarrados de la mujer. Sobre el colchón estaban los senos, que fueron cortados mientras la mujer vivía, según dijo el forense; los ojos estaban cerca, y la lengua en otro lado. La cabeza la habían machacado con la piedra.
Les pedí a los muchachos de inspecciones oculares que buscaran huellas, pero no había nada, a pesar de que estaban formados dedos en la sangre seca de la piedra. Entonces fuimos a Santa Bárbara, hablamos con los compañeros de Norma, buscamos algo que nos diera una pista, por pequeña que fuera. Hasta que uno de los “bolitos” que pasan en esa zona nos dijo que una noche un “chavo” vino a buscar a Norma, la insultó, le dijo de todo, y la pateó, hasta dejarla sagrando. Vino con dos chavalos más, pero no recordaba por qué le hicieron aquello, ni cuáles fueron los insultos”.
“¿Había visto a ese “chavo” antes, señor?” -le preguntó el policía.-No, nunca. Ni por aquí lo conocía nadie. Yo me quedé allí, en la calle, porque no pude correrme cuando la estaban pateando...”“Pero, ¿usted vio bien al muchacho que golpeó a Norma?”“¿Cómo lo iba a ver si aquí ni luz hay en las calles? Pero un día vino una chavala, de esas que se llevan con los picaritos, y se sentó cerca de mí... Y me dijo que si yo había visto a los que le pegaron a Norma. Ella dijo, “a los que le pegaron a la vieja esa”. Yo le dije que no me había fijado en nadie, y que mejor cerré los ojos porque creía que me iban a matar a mí también... Esa chavala se fue, pero me dijo que me callara la boca porque si decía algo me iban a cortar la lengua... En esos días, Norma seguía en el hospital... No sé en qué hospital la metieron”.
El comisario le preguntó:“¿Se acuerda cómo era la chava que vino a amenazarlo?”“Sí, me acuerdo bien. Estaba tatuada, era chelita y flaca... Pero, la mataron allí en un hospedaje de la séptima... Dicen que se llamaba Clara”.El comisario hizo una pausa; después me dijo:“Carmilla, nosotros ya sabíamos de aquella muerte en el hospedaje. Y, era cierto, se llamaba Claribel, pero le decían Clara... Era la punta de la madeja... Y por allí seguimos la investigación. Pero nosotros, dos compañeros más y el fiscal, nos unimos para comprar el ataúd, buscarle este lugar en el cementerio y traer aquí el cuerpo... De su familia, nadie vino, y de sus compañeros, no nos acompañó nadie por miedo...”
CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA