Selección de Grandes Crímenes: El caso de la enfermera enamorada (Segunda parte)

Eran amigas. Linda trabajaba como enfermera en el Seguro, creo que cubriendo una licencia o con un contrato temporal, y allí la conoció mi esposa. Yo la vi solo una vez, pero la recuerdo bien... porque no me agradó”

  • Actualizado: 26 de abril de 2026 a las 00:00
Selección de Grandes Crímenes: El caso de la enfermera enamorada (Segunda parte)

RESUMEN. A Ruth la encontraron muerta en una orilla del río Guacerique, en Comayagüela. Estaba vestida correctamente y todas sus cosas estaban dentro de su mochila de cuero, puesta en la espalda. El forense dijo que encontró en su sangre insulina como para tres meses y restos de ansiolíticos en su estómago, con jugo de naranja. Salió de su casa a las ocho de la mañana del día anterior, fue al Mercado san Isidro y después al Seguro Social del barrio La Granja, desde llamó a su esposo por última vez. No se supo nada de ella hasta que la encontraron en el río. Y, cosa extraña, estaba en la orilla opuesta al camino que lleva a una colonia cercana.

¿Por qué no la dejaron allí? ¿Por qué cruzaron el río para dejar el cuerpo? ¿Cómo es que tenía tanta insulina en sus venas?

DPI

“A esta mujer la mataron -aseguró el forense-, y fue alguien en quien ella confiaba. De otra forma, no hubiera tomado el jugo en el que iban las pastillas para dormir. Fue después que le inyectaron insulina como para matar a un elefante”.

“Bueno -dijo el agente de la Dirección Policial de Investigaciones (DPI)-, hay un trabajo que hacer”.

“No creo que sea difícil resolverlo”.

“Ningún caso es difícil cuando el criminal deja más huellas que una manada de cerdos en un lodazal”.

“¡Vaya! -exclamó el forense-. Ahora hasta hay filósofos en la DPI”.

“De todo hay en la viña del Señor, doctor”.

ANTES DEBES DE LEER: Selección de Grandes Crímenes: El caso de la enfermera enamorada 1/2

La investigación

Una semana después del entierro de Ruth, los detectives analizaban los videos de las cámaras de seguridad del Seguro Social. Allí aparecía Ruth a la hora que le dijo a su esposo que había llegado a la Farmacia. Luego salió entre el gentío que protestaba “porque no hay ni siquiera una medicina de las que recetan los especialistas y apenas entregan unas cuantas pastillas de acetaminofén”. Apareció ante las cámaras de la calle, cruzó, compró mangos y ciruelas y respondió una llamada que duró siete segundos.

“Este es el número del que la llamaron -dijo el detective-; esperó unos minutos sentada y conversando con una señora que vende golosinas y, después, vio la hora en su celular; esperó un poco más y se despidió. Se dirigió al estacionamiento de un restaurante, y guardó el celular en la mochila. Entró al restaurante y las cámaras de seguridad la grabaron en una mesa, esperando a alguien. Pero parece que esperó mucho tiempo y ya se iba a levantar, sin consumir nada cuando la llamaron de nuevo. Contestó y habló unos quince segundos. Entonces salió del restaurante y cruzó el bulevar hasta el negocio Oso Polar. Allí estuvo unos cinco minutos hasta que llegó un carro que se estacionó cerca de ella y se subió en él. Se fueron hacia la derecha, hacia la Toyota, y siguieron por el Consejo Nacional Electoral; doblaron a la derecha y siguieron el bulevar Kuwait, después salieron en dirección a La Cañada y allí se pierde el rastro del carro, porque las cámaras de seguridad no funcionaban o porque los dueños borraron los registros”.

“Pero sabemos que, cuando estaba esperando en el restaurante, la llamaron del mismo número que la vez anterior; y vemos que tiene unas cincuenta llamadas hechas y recibidas de ese número, en los últimos treinta días antes de su muerte. Y hay mensajes”.

“Creemos que, en alguna parte antes de llegar al anillo periférico, por la zona de La Cañada, se desviaron a una casa. El esposo dice que ella estaba vendiendo una colección de muñecas que tenía, pero que no sabe si se fue con alguien que le iba a comprar”.

El esposo

“¿Sabe usted quién es esta persona?” -le preguntó el detective cuando llegó a la cita que le hizo para hablar con él en la DPI. Y le mostraron un nombre primero.

“Sí -dijo él-; es una amiga de ella”.

Entonces, le mostraron una fotografía.

“¿Es ella?”

“Sí. Se llama Linda”.

“Ya sabemos el nombre. Dígame, ¿qué relación tenía su esposa con ella?”

“Pues eran amigas. Linda trabajaba como enfermera en el Seguro, creo que cubriendo una licencia o con un contrato temporal, y allí la conoció mi esposa. Yo la vi solo una vez, pero la recuerdo bien... porque no me agradó mucho. Pero, mi esposa tenía ciertas formas de ser y de pensar, y, además, estaba enferma. Por eso, casi no le llevaba la contraria”.

“¿Por qué le desagradó Linda?”

“Pues... Mírela usted bien... Parece... Parece...”

El detective lo detuvo.

“Sé lo que quiere decir -le dijo-. Y, estamos investigando a esta mujer. Dígame, ¿usted conoce dónde vive esta mujer?”

“No, señor. Nunca me interesé por estas cosas”.

“Bien. Apenas tengamos noticias le vamos a informar”.

“¿Creen ustedes que ella tenga algo que ver en la muerte de mi esposa?”

“No podemos asegurar nada”.

TE PUEDE INTERESAR: Selección de Grandes Crímenes: El último lamento (Segunda parte)

El Carro

Unas horas después, dos detectives llevaron información nueva acerca del vehículo en el que se había ido Ruth de la estación de buses de la Oso Polar. Era un Kia blanco, de cuatro puertas, con los vidrios polarizados y con un golpe en el lado derecho del bómper delantero. No tenía placas y los agentes no pudieron rastrearlo a través del Registro del Instituto de la Propiedad.

“Entonces, hay que enviar un equipo a la Vía Rápida y seguir hasta la colonia Alemán y La Cañada para esperar a que el carro pase por ahí... Si es que ahí vive el dueño o la dueña”.

“¿Tenemos los videos del bulevar Fuerzas Armadas?”

“Las cámaras del 911 estaban apagadas en esa zona... No tenemos nada”.

“¿Y videos de los comercios cercanos?”

“Estamos consiguiendo algunos. Tal vez allí aparece el Kia blanco... Porque, lo más seguro es que fue en ese carro en el que llevaron el cuerpo de Ruth hasta el río”.

La investigación avanzaba poco a poco. Pero cada día se sumaban más y más casos criminales en la DPI, y los agentes tenían que ocuparse de varios a la vez. Fue por eso que el caso de Ruth se “congeló” por tres largos meses, hasta que una tarde llegó información nueva a los agentes. Eran los videos de un centro comercial. Sus cámaras grabaron al Kia blanco la madrugada en que dejaron el cuerpo de Ruth a orillas del Guacerique. Iba rápido, pero allí estaba. A las dos y quince minutos con trece segundos de la mañana. Entonces los agentes tuvieron una idea: buscar en las cámaras de los negocios del bulevar. El Kia apareció en dirección al Mercado El Mayoreo; eran las tres de la mañana. Buscar más videos de seguridad era una tarea enorme y los agentes, con renovadas esperanzas, siguieron vigilando la zona de La Cañada, más allá del bulevar Kuwait. Tenían el número de celular, estaba a nombre de Linda, pero el fiscal no podía hacer nada porque no “sería suficiente para el juez”. Necesitaban algo más. El carro, requisarlo, revisarlo y encontrar algo que convenciera al juez.

“Un buen abogado defensor -dijo el fiscal-, como Raúl Rolando Suazo Barillas, por ejemplo, nos dejaría sin caso con suposiciones que no podamos sostener. Necesitamos algo sólido”.

Crimen perfecto

Cuatro meses después de la muerte de Ruth, los agentes encontraron el Kia blanco con el golpe en el bómper. No lo siguieron. Esperaron a que regresara y le dieron seguimiento. Entró por una calle solitaria, avanzó unos trescientos metros y se detuvo frente a una casa de muro alto y puerta de hierro. Los agentes tomaron fotos. Una mujer se bajó del carro y entró a la casa con su propia llave. Venía sola y traía algunas bolsas con comida. La recibió un perro. Los detectives regresaron a la DPI. Era suficiente. El fiscal dio la orden de allanamiento.

Linda

Era alta, rellena, sin ser gorda, de piel clara y pelo corto, como el de un hombre. Cuando la Policía tocó a su puerta, abrió sin saber qué eran agentes de la DPI. Dio un paso hacia atrás.

“Tenemos una orden de allanamiento, señor; le pedimos que colabore. Estamos investigando la muerte de la señora Ruth”.

Linda se dejó caer en un sillón. El perro no ladró. Un muchacho de unos veinte años, que dormía en una habitación trasera, fue despertado por los agentes. Encontraron insulina en grandes cantidades, clonazepam, quetiapina y sedatival, y jugo de naranja recién comprado. Cuando Inspecciones Oculares revisó el Kia, en el asiento trasero encontró cabellos largos, que en el laboratorio se compararon con los de Ruth. Encontraron restos de tierra seca, que resultó ser del lodo del río Guacerique.

“Señora -le dijo el fiscal-, queda usted detenida por suponerla responsable del homicidio de la señora Ruth Tal y Tal... Tiene derecho a guardar silencio...”

Linda se derrumbó.

“Yo estaba enamorada de ella -aseguró-, y ella me rechazó... Dijo que las mujeres como yo le daban asco... Y...”

“Por eso la mató”

Únete a nuestro canal de WhatsApp

Infórmate sobre las noticias más destacadas de Honduras y el mundo.
Te gustó este artículo, compártelo
Últimas Noticias