DPI. ¿Quién mató a doña Telma? ¿Por qué estaba en aquel lugar aislado de su casa? ¿Quién llevó hasta allí el cuchillo que su esposo guardaba como recuerdo de su padre? ¿Tenía doña Telma un amante? ¿Qué haría la DPI para resolver este misterio?
Hay una verdad de verdades: No hay policía tonto. O es haragán, está en el caso equivocado o se ha vendido, pero la ciencia policial, amplia como un universo, tiene todos los elementos para resolver y castigar el crimen. Es la mejor aliada del Estado para garantizar justicia a la sociedad, aunque, ni toda una Biblia de principios legales y penales garantizan el éxito contra la criminalidad si el elemento humano tiene precio, es incapaz, es indolente o se deja llevar por el tiempo que, en muchos casos, también borra todo. Por supuesto, esto no es el inicio de una cátedra. Es la entrada a un misterio que muchos creyeron que se quedaría para siempre entre las sombras, sencillamente, por razones que... tenían razón.
Don Ramiro era inocente. Lo repitió una y otra vez, pero doña Telma, su esposa desde hacía muchos años, apareció muerta, desnuda, en uno de los sitios más privados de su hacienda; un lugar que don Ramiro amaba por influencia, positiva, por supuesto, de su padre.
Allí no iba nadie sin autorización de don Ramiro, y eso llamó la atención de los agentes. La mujer fue asesinada de diez cuchilladas, el cuchillo estaba tirado a un costado del cuerpo, y era propiedad de don Ramiro. Su papá se lo regaló. Pero él decía que, aunque sabía que lo tenía guardado, no lo veía desde hacía mucho tiempo, y que no sabía quién pudo sacarlo de su lugar, llevarlo y matar con él a su esposa. El forense dijo que había muerto entre la media noche y la una de la mañana; tal vez las dos. Fue encontrada a las cuatro de la tarde. Y, si la habían buscado por toda la casa y por toda la hacienda, ¿por qué alguien llegó hasta esa hora a aquel lugar prohibido? Además, ¿quién la encontró?
“Yo me imaginé que, tal vez por el naciente de la quebrada”.
“¿Usted es el testigo que vio a don Ramiro regresar a su casa a las once de la noche del viernes?”
“Sí, señor, yo soy”.
“¿Desde hace cuánto tiempo trabaja para don Ramiro?”
“En la hacienda, unos treinta años; primero trabajé con don Pedro, el papá”.
“¿Qué opina de don Ramiro?”
“Es un buen patrón”.
“Ajá. Y, usted encontró a la esposa muerta”.
“Yo; sí, señor”.
“¿Cuántos años tiene usted?”
“Sesenta y cinco”.
“¿Hijos?”
“Siete... Todos acompañados... Tres en Estados Unidos y dos muchachas en España”.
“¿Esposa?”
“Soy viudo desde hace cinco años, señor. Mi Elene tenía cáncer de estómago; creo que de tanto estar en el fogón. Don Ramiro me ayudó todo lo que pudo, y hasta el cajón me regaló... Y me quedé solo”.
SOSPECHOSO
“Abogado -dijo el oficial-, dejemos que don Ramiro se vaya. No vamos a adelantar nada. Vamos a seguir una pista diferente”.
“¿El empleado?”
“Exactamente”.
“¿Por qué?”
“Psicología criminal y perfil psicológico, abogado. Si deja que nosotros hagamos nuestro trabajo, la fiscalía va a estar contenta. ¿Le parece?”
“Está bien”.
“Necesitamos que nos ayude en esto.El oficial le entregó una hoja de papel al fiscal”.
“Solo quiero saber dónde estuvo este teléfono el viernes a la media noche; desde las cinco de la tarde. Solo eso”.
“¿Y este otro dato?”
“Tal vez su esposa nos ayuda a saber si hubo algún movimiento extraño en las cuentas de don Ramiro en el último mes”.
“Mi esposa trabaja en un solo banco... ¿Cómo buscamos en todos?”
“Ella tiene amistades, seguramente. Pero, en esta zona, hombres como don Ramiro trabajan con este banco en especial, y es en el que trabaja su esposa”.
“Bien”.
“¿Van a ir al entierro?”
“No, ya vimos lo que había que ver. Están los hijos, las hijas, los parientes, los amigos, tenemos las declaraciones de las personas con las que estuvo don Ramiro, y revisamos el teléfono de la señora, que estaba en la mesita de noche: sin clave y sin mensajes sospechosos o llamadas a números que no son más que de sus hijos, de su esposo y de algunas amigas y hermanas... Nada raro... Tristeza, dolor, sentimientos normales”.
“¿Todo eso tienen ya?”
“Abogado, en investigación criminal hay un dicho muy sabio: Tiempo que pasa, verdad que huye. Y hay otro: Policía que se duerme, delincuente que se ríe de la justicia”.
PREGUNTA
¿Qué pasó con doña Telma? ¿Quién le quitó la vida? Si era verdad que tuvo intimidad con alguien en aquel sitio, ¿era su esposo o un amante? Y, don Ramiro, ¿era inocente? ¿Qué hacía allí?
Aunque la investigación había avanzado mucho, todavía quedaba un hecho importante que no encajaba en el rompecabezas de los detectives: quién era el asesino.
Dos semanas después del crimen, los agentes de la DPI se reunieron con el fiscal.
“El teléfono de don Ramiro estuvo en la cantina y en su casa a las once de la noche -dijo el oficial a cargo de la investigación-; hasta aquí, vamos bien. El empleado lo vio llegar a esa hora. Todo encaja. Pero tenemos un dato interesante: Don Ramiro retiró de una de sus cuentas cien mil dólares; es decir, transfirió ese dinero de una sola vez a una cuenta especial; una cuenta que fue abierta hace un año y un mes en Barcelona a nombre de Remigio Cárdenas Lobo. Fue abierta con un primer depósito de quinientos euros. Ha recibido depósitos pequeños en trece meses, y nunca se ha hecho un solo retiro, hasta que se le transfirieron los cien mil dólares, convertidos a euros, por supuesto”.
“¿Y quién es Remigio Cárdenas Lobo?”
“Un hombre de cuarenta y dos años, hondureño y que vive en Barcelona desde hace veinte”.
“¿Cómo puede justificar ante las autoridades de España ese dinero?”
“Donación de don Ramiro?”
“¿A cuenta de qué?”
“Por favor, abogado -dijo el oficial, dirigiéndose con una sonrisa de triunfo al fiscal del Ministerio Público-, solicite esta orden de captura”.
El fiscal esperó un momento, mientras veía y veía lo que estaba escrito en aquella página.
“Pero, este es...”
“El empleado fiel”.
“¿Qué tienen contra él?”
“Hace un año y veintinueve días viajó a España, a Barcelona...”
“¿Y eso qué?”
“Remigio Cárdenas Lobo es su hijo... adoptivo”.
“¡Qué! ¿Cómo lo saben?”
“Es que, como don ‘Lencho’ declaró lo mismo siempre y lo repitió como si se lo hubiera aprendido de memoria, nos dio por averiguar algunas cosas suyas. Es verdad que es viudo, y que tiene hijos e hijas en España y en Estados Unidos, pero no son suyos. Él no puede tener hijos. Por Hepatitis. Uno de sus hijos es Remigio, el primero de los hijos de su esposa, muerta de cáncer. Él los crio como si fueran suyos. Hasta aquí, todo bien. Llamadas, mensajes, regalos... Bien. Cansado don ‘Lencho’ le avisó a don Ramiro que se iría de la hacienda, que se retiraba y que se iba para España a vivir allá sus últimos días. Entonces, don Ramiro agradecido por sus servicios de treinta años, o más, le regaló aquel dinero que depositó en la cuenta del hijo adoptivo de don ‘Lencho’, en el que parece que confía a ciegas. ¿Vamos bien?”
“Sí, pero, eso no es suficiente para que el juez me dé una orden de captura”.
“¿Está seguro?”
“No es suficiente. ¿Qué le voy a presentar al juez? ¿Una transferencia de dinero, un viaje, un deseo de irse a vivir lejos? ¿Que siempre dice lo mismo si se le pregunta de nuevo? Él quiere al asesino, y ya que don Ramiro deja de ser sospechoso, veo que no tenemos caso, a menos que aparezca...”
“¿Quién?”
“El asesino”.
“O el amante-asesino”.
“Eso estaría mejor”.
“Bueno, nosotros creemos que es don ‘Lencho’”.
El fiscal abrió los ojos más de la cuenta.
“A ver”.
“¿Quién conocía bien el lugar en el que sucedió el crimen? ¿Desde cuándo trabaja don ‘Lencho’ con don Ramiro? ¿Desde cuándo conocía a doña Telma? ¿No serían muy cercanos? ¿Quién sabía dónde estaba el cuchillo?”
“¿Eran... novios con la señora?”
“Eso creemos. Me pareció sospechoso desde que vio a don Ramiro ese viernes a las once de la noche; ni un minuto antes ni uno después. ¿Y qué hacía allí a esa hora, cuando todos deben estar descansando en la hacienda? Esperando a don Ramiro no, por supuesto. Además, no vivía cerca de la casa principal. Nada tenía que hacer allí. Yo lo que creo es que salía de la casa, que estaba a oscuras, y en la que ya no estaba doña Telma. Ella lo esperaba en alguna parte, porque se entendían desde hacía muchos años. Creo que ella no quería que él se fuera, y tal vez lo presionaba para que se quedara. Es seguro que se dio cuenta de que don Ramiro lo gratificó bien por sus años de servicio y ella le reclamó; es posible que lo haya amenazado con decirle la verdad al esposo. Entonces, el tal don ‘Lencho’, entró a la casa, sacó el cuchillo, se lo llevó para matar a la mujer e incriminar a don Ramiro, y fue en ese momento en que él salía, que lo vio llegar. Recordemos que don Ramiro dijo que su esposa siempre estaba en la cama, y la servidumbre dijo que cenó y se acostó temprano. Nadie la vio salir. Pero, don ‘Lencho’ no contaba con el teléfono de su patrón. Y no contaba con el forense, que encontró silicona en la vagina de doña Telma. Creo que trataba de incriminar a su jefe. Tenemos reporte de su pasaje de ida a España. Faltan diez días para que se vaya”.El fiscal dudó.
“Me parece una buena historia” -dijo.
“¿Qué crimen no es una buena historia, abogado?” -replicó el oficial.
“Pero, aun así, el juez no me va a creer...”
“Pruebe”.
LA ORDEN
“Diez policías preventivos y cuatro agentes de la DPI rodearon la casa de adobe y piedra, de bonita fachada y techo alto, en la que vivía, desde hacía muchos años, don ‘Lencho’. Eran las seis de la mañana. Tocaron la puerta. Llamaron al dueño y no se oyó adentro ningún sonido. De repente, se escucharon seis disparos, uno tras otro. Los agentes entraron a la casa. Don Ramiro estaba con un revólver 3.57 en una mano. Colgado del cuello, amarrado de un lazo a una viga de la sala, estaba don ‘Lencho’. El forense dijo que se había quitado la vida desde hacía unas diez horas.
Don Ramiro acababa de matar a un muerto. Todavía le duele la verdad. Y del dinero, no quiere saber nada, a pesar de que Remigio le dijo que quería devolvérselo.
“No sabía nada de eso, don Ramiro” -le dijo.
“Solo Dios y ellos lo sabían” -contestó don Ramiro.
El oficial de la DPI bebía su café a sorbos, sonreía, mientras el fiscal escarbaba en su plato, quitando los condimentos de su comida. El misterio estaba resuelto.
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