Más que los políticos, los maestros y los médicos del sector público deberían ser tratados como profesionales de altísimo valor estratégico, ¡por favor! Son clave en el desarrollo y la prosperidad de cualquier nación... exactamente lo contrario que la fauna política: vengativa, ignorante y cleptómana, que ha hundido al país en la mediocridad y la miseria.
Y, no, los maestros y los médicos no son héroes ni ángeles, y tampoco su oficio es un apostolado, según suelen exagerar en algunos ambientes, pero su pericia y compromiso pueden transformar el pensamiento y la actitud de los ciudadanos, como ya hicieron otras naciones que salieron de la oscuridad y la pobreza.
No debería de ser necesario que tengan que salir a las calles a exigir su salario; pelear por el reajuste salarial, estabilidad laboral, vacaciones y condiciones dignas. Y, encima, que un gobierno acusado de ilegítimo los amenace con violentos desalojos policiales, represión y gases lacrimógenos. Lo que no ocurrió en los cuatro años anteriores.
La ineptitud gubernamental es vergonzosa; para responder al justo reclamo, exhiben a un ministro de comunicaciones sectario -que nadie conoce ni parece que él conozca los medios- para desinformar que maestros y médicos pertenecen al partido Libre y por eso protestan. Muchos de estos profesionales que votaron por los nacionalistas expresan ahora su arrepentimiento.
Desde el Congreso Nacional -que ha robado descaradamente el protagonismo a Casa Presidencial- también responde lo mismo su dirigente extremista Tomás Zambrano, en vez de buscar soluciones que resuelvan problemas y bajen la conflictividad en el país, y como una demostración superlativa de incompetencia.
Cuando estos politicastros lo único que hacen es criminalizar la protesta, atizar la desconfianza y la confrontación, nos afectan a todos los hondureños, fomentan el irrespeto, destrozan la cohesión social y las posibilidades de progreso, mientras ellos suman en sus cuentas bancarias y derrochan inmerecidos privilegios oficiales.
Entre tanto, los profesores y los doctores deben tomar múltiples empleos o cubrir turnos brutales para ajustar el sueldo, es una vergüenza. Como lo dejó claro el filósofo Fernando Savater, el baremo o la escala para medir el desarrollo humano es el trato y la consideración que se da a los maestros.
Hubo un tiempo en que al maestro y al médico se les respetaba y admiraba -hay historias y novelas sobre eso-, pero los políticos han querido descender a todo mundo a su lodazal y su descrédito. Es oportuno el tango de Discépolo: “¡Lo mismo un burro que un gran profesor!... Qué falta de respeto, qué atropello a la razón”.
El buen trato a maestros y médicos pueden reflejar la salud moral y el nivel de civilización de una población; lo contrario, el desprecio y la desconsideración evidencian una sociedad enferma, primitiva, condenada.