Cuando el periodista y ensayista hondureño Alfonso Guillén Zelaya publica su conocido texto con este mismo título en 1940 sin duda había leído un precedente moral, cual fue “El hombre mediocre” (1913), del italiano argentino José Ingenieros, quien se había formado académicamente en medicina, filosofía, sociología y psicología. La obra de este ilustre pensador se difundió prontamente por América ya que planteaba un grave problema de las nuevas sociedades, aquellas que entraban a la modernidad del siglo XX, y que era la despersonalización de las gentes, su falta de carácter y de cultura así como, lo peor, su sometimiento casi total a corrientes de ideas que procuraban someterlas y explotarlas en vez de proveerles libertad.
Desde aquellos entonces el fenómeno no hizo sino empeorar. Tal como había advertido Iván Pavlov (Premio Nobel en 1904) el hombre ha sido, en casi todo el orbe, condicionado cual un perro a salivar cuando le suenan la campana, que es decir tintineos de política, religión y, o, consumismo, que en los tres estadios cree que participa pero en los que es solamente esclavo. “Nada es suficiente para quien lo suficiente es poco” advertía Epicuro (341 a 270 a.C.), sentimiento que lleva al humano a ambicionar cada vez más, sin saturarse, incluyendo el deseo de la eternidad. Eso los espirituales, porque los utilitarios acumulan materia, dinero y bienes como si se los fueran a llevar con ellos en la inevitable caja de madera.
El idiotizado con las propuestas comerciales del capitalismo se condena a un hábito no sólo impagable sino enfermo. Vemos en los noticieros a personas que abarrotan su vivienda con muebles, máquinas, aparatos, electrodomésticos, relojes, etcétera, y que son incapaces de ingresar a una tienda de ofertas sin comprar. Como es similarmente el apego obsesivo, dígase patológico, a dioses y santos (“He aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación” (Filipenses 4:11).
“¿De qué sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Marcos 8:36). “El amor al dinero es raíz de toda clase de males” (1 Timoteo 6:10), muestra la Biblia.
No se pretende que nadie descrea, es su opción, sino que rompa la dependencia de ellos. Como afirmaba el mismo Epicuro de Samos: “Dioses. Tal vez los haya. Ni afirmo ni niego porque no lo sé ni tengo medios para saberlo. Pero sé, porque eso me lo enseña diariamente la vida, que si existen no se ocupan ni preocupan de nosotros”.
Y obvio que el empantanamiento mental desde la política es una arena movediza quizás peor. Porque si con el abuso del comercio nos sustraen el dinero, y si con la religión nos falsean la realidad e inventan mundos improbables (el cristianismo, que fue amor, adoptó posturas rudamente represivas de la sexualidad, especialmente con las féminas), la mala, abusiva y sucia política nos roba el poder. El poder de edificar no sólo nuestra propia independencia sino de la sociedad, lo que incluye la memoria de los antepasados, el bienestar de la familia actual y la herencia a los hijos, o sea nuestra identidad, viciados sus principios por villanos a quienes se debe combatir.
Bien sentenciaba Guillén Zelaya: “Necesitamos vivir en pie de lucha, sin desfallecimientos ni cobardías. Es nuestro deber y la mayor gloria del hombre”.