Una ráfaga de fuego despertó abruptamente al sargento primero Joseph Hissong. Luego se produjo otra, y otra, todas con las conocidas tres rondas de un rifle de asalto estadounidense, y el sonido desconocido de las rondas que se disparaban en su dirección.
Los tiradores estaban cerca. Su primer pensamiento: “¿Hay talibanes dentro de la alambrada?
Sin embargo, no se trataba de talibanes. Durante los siguientes 52 minutos, mientras su compañía de paracaidistas hacía frente a balas y granadas impulsadas por cohetes en la oscuridad previa al amanecer para volver a tomar una de sus propias torres de vigilancia en el sur de Afganistán, se dio cuenta de que encaraban lo que se ha convertido en una amenaza más perniciosa: los soldados afganos que viven y combaten junto con los estadounidenses.
El ataque contra la compañía de Hissong el uno de marzo en el puesto de avanzada para combate en Sangesar, dejó dos estadounidenses muertos junto con dos agresores afganos, pero no era la primera vez que soldados afganos atacaban a las fuerzas de la coalición liderada por Estados Unidos, ni sería lo último de lo que el ejército llama ataques “verde contra azul”. Este año ya van 22 tropas de la coalición muertas por uniformados afganos, en comparación con 35 durante todo el año pasado, según funcionarios de la coalición.
No obstante, dado que la coalición tiene como política solo proporcionar los detalles más escuetos sobre los ataques – el incidente en Sangesar, por ejemplo, se dio a conocer en una declaración de 71 palabras; las entrevistas realizadas durante una semana en el puesto de avanzada brindaron un relato raro y detallado sobre la violencia.
Los ataques y la animadversión personal que los funcionarios creen ha impulsado a la mayoría de ellos amenazan el modelo de entrenamiento conjunto, que es uno de los imperativos restantes de la misión occidental en Afganistán.
En el ámbito personal, el ataque en Sangesar fue una traición pesadillesca para las unidades implicadas, y, en los momentos después de que terminara la violencia sus comandantes ya batallaban para comprender cómo sería posible que los soldados estadounidenses y afganos volvieran a cooperar.
Sabían cuán rápido podría deteriorarse la situación.
Retiro
Apenas unos días antes, se sacó a cientos de asesores estadounidenses de oficinas gubernamentales afganas en Kabul después de que un empleado del Ministerio del Interior mató a dos funcionarios estadounidenses, empeorando un entorno de por sí pernicioso durante los disturbios que estallaron después de que soldados estadounidenses quemaran ejemplares del Corán.
Que los oficiales afganos y estadounidenses en Sangesar, en la franja del opio y la amapola en el sur de Afganistán, decidieran alejarse unos de otros no era una opción en la base. Más bien, pusieron de inmediato a sus hombres a trabajar juntos en la reparación del daño causado durante el ataque.
Los estadounidenses rechazaron inmediatamente el ofrecimiento del ejército afgano de cambiar a la unidad basada en Sangesar.
La unidad de Hissong – Compañía B del Segundo Batallón, Regimiento 508 de Paracaidistas de Infantería, de la 82 División Aerotransportada – tuvo el comando del puesto solo la noche del ataque.
Nuevos en la zona, los estadounidenses discurrieron que necesitaban el conocimiento local de la unidad afgana, misma que ya llevaba algún tiempo en el lugar.
La base se ubica en el distrito Zhare de la provincia de Kandahar, lo más cercano a territorio propio para el Talibán, la organización fundada en un seminario islámico a varios kilómetros del puesto de avanzada.
Los soldados estadounidenses y afganos volvieron a salir en patrullas conjuntas una semana después. Para el final del mes, ya habían menguado las medidas de seguridad impuestas inmediatamente después del ataque, como apostar guardias armados en el comedor estadounidense.
En abril, los soldados estadounidenses y afganos formaron parejas para sacar exitosamente a los talibanes de una aldea cercana.
Después de ver a los soldados afganos derribar puertas a patadas y despejar rancherías de ladrillos de adobe, “es difícil que no te caigan bien esos tipos”, dijo el primer teniente Nicholas Olivero, de 24 años, de Fairfax, Virginia. “Pero mentiría si dijera que había confianza en todas partes”.
Soldados afganos se quejan de separación con estadounidenses
No obstante, los soldados afganos todavía se quejan de que los estadounidenses los mantienen a distancia, metafórica y literalmente hablando.
Los estadounidenses, por ejemplo, levantaron altas barreras de concreto para separar a su pequeño centro de comando de contrachapado del campamento afgano en el puesto de avanzada.
También sigue vigente una norma impuesta por el ejército afgano después del ataque, por la cual exige a sus soldados que guarden bajo llave las armas mientras estén en la base. El oficial afgano al mando tiene las llaves.
El esfuerzo en Sangesar para superar el ataque y las dificultades para hacerlo ejemplifican la lucha más general que encaran las fuerzas lideradas por los estadounidenses mientras buscan acelerar el entrenamiento de las fuerzas militares y policiales de Afganistán para que se hagan cargo antes de que concluya la misión de combate de la OTAN en 2014.
Sangesar, como cientos de otros puestos de avanzada de la coalición dispersos por todo Afganistán, está dividido entre las fuerzas estadounidenses y afganas, y se ubica en un terreno de un acre en una zona remota y a menudo hostil.
Las estructuras están hechas con poco más que costales de arena, tiendas de campaña muy resistentes, chozas de contrachapado y barreras Hesco, que son descomunales fardos de lona envuelta en tela de alambre y rellenos de tierra.
Las torres de vigilancia en Sangesar son, esencialmente, marcos de madera llenos de sacos de arena y colocados encima del muro exterior de la base, hecho de pilas dobles de Hescos.
El cabo Payton Jones, de 19 años, estaba solo en una de ellas, como a las 3:00 AM del uno de marzo, cuando se acercaron sigilosamente los afganos. Lo mataron con una bala en la cabeza.
En cuestión de minutos, el sargento segundo Jordan Bear, de 25 años, quien estuvo entre los primeros soldados en el lugar de los hechos, resultó fatalmente herido por una descarga de balas proveniente de la torre.
Cuando momentos después llegó Hissong, de 35 años y en su tercer período de servicio en Afganistán, las balas seguían chocando contra el suelo cerca de donde cayó Bear.
Los dos afganos en la torre – un soldado y un maestro civil – se encontraban en una posición de fácil defensa. La única forma de acercarse era encima de una zona abierta en forma de embudo que les daba campo de fuego para repeler cualquier contraataque.
Junto con rifles de asalto, los afganos tenían una ametralladora estadounidense y sus propias granadas impulsadas con cohetes. Una de ellas arrasó con un búnker de costales de arena entre un par de morteros en el centro de la base, poco después de que un oficial de Estados Unidos había salido precipitadamente de ahí.