Durante meses después de que el terremoto golpeó a la capital, Manel Laurore sacó cuerpos destrozados de las casas de sus vecinos, se acomodó en fétidos campos para refugiados, y mendigó comida y agua.
Hoy, sus preocupaciones principales son cuándo llegarán sus cosechas de frijol, maíz y plátano.
“Nunca voy a regresar a Puerto Príncipe”, dijo Laurore, de 32 años, un extendero que cribaba tierra para sembrar un huerto de tomates, refiriéndose a la capital. “Dejó un fuerte dolor adentro. Aquí, el trabajo es duro, pero vives en total paz”.
Su trabajo, en una granja cooperativa de 15 acres en Papaye, representa un logro pequeño, pero prometedor, de un ambicioso programa que promueven socorristas, funcionarios gubernamentales y donadores internacionales: salvar al país desarrollando al campo.
Cuando el sismo arrasó con Puerto Príncipe el 12 de enero de 2010, los urbanistas y visionarios haitianos y extranjeros vieron más allá de los escombros una oportunidad de arreglar los problemas estructurales que han mantenido a Haití atascado en la pobreza y la inestabilidad.
Una idea que pronto ganó apoyo fue reducir la capital, sobrepoblada, con subempleo y llena de violencia, y revivir las tierras agrícolas secas y abandonadas que no habían podido alimentar al país desde hace mucho.
“La descentralización es una piedra angular fundamental en mi visión de un Haití nuevo”, dijo el presidente Michel Martelly a potenciales inversionistas el mes pasado. “Queremos fortalecer y darles poder a nuestras comunidades rurales, y crear nuevas”.
Sin embargo, la visión se tropezó con la realidad haitiana: millares de deficiencias económicas y de infraestructura, la falta de oportunidades creíbles en las zonas rurales, y el interés y los fondos internacionales que se desvanecen.
Al revivir al Haití rural, se conseguiría una menor dependencia excesiva en los alimentos importados, mientras que se crearían empleos en el campo, ayudando a desalentar la emigración masiva hacia socavones como Puerto Príncipe.
Antes del terremoto, casi un cuarto de la población vivía en la capital, donde dos tercios de la fuerza laboral no tenían empleos formales, y la sobre población se consideró un factor que contribuyó un forma importante a las aproximadamente 300,000 muertes.
Decenas de miles de personas huyeron de Puerto Príncipe hacia las zonas rurales inmediatamente después del sismo, pero la mayoría ya regresó, dijeron funcionarios estadounidenses y haitianos, porque hay pocas oportunidades y es escasa la comida.
“Necesitamos revertir la tendencia de que la gente se mude de las zonas rurales a la ciudad”, señaló Ari Toubo Ibrahim, el representante haitiano ante la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. La Organización dice que cree que, con suficiente capacitación y apoyo, cerca de un décimo de las 600,000 personas aún en campos a causa del terremoto podría finalmente mudarse al campo.
Nuevas fábricas también son parte del plan. Se espera que se inaugure en el año entrante un parque industrial operado por Corea del Sur y financiado en parte por Estados Unidos, con lo cual se brindarán al menos 20,000 empleos. Sin embargo, expertos dicen que la agricultura es la mayor necesidad del país.
La agricultura bajó a 25 por ciento de la economía hoy, de 40 por ciento hace una década, lo que provocó que Haití fuera más dependiente de los alimentos importados. Hoy, dice el gobierno, 52 por ciento de los alimentos que comen los haitianos proviene del extranjero, en comparación con 20 por ciento hace unas décadas.
El descenso en la agricultura data principalmente de mediados de los 1980, cuando el gobierno fomentó la urbanización y empeoró por el embargo comercial durante la agitación política de los 1990. Cuando se flexibilizaron las restricciones, el mercado quedó inundado de productos básicos baratos y extranjeros, como arroz estadounidense, carne de ave dominicana y leche (en polvo) de lugares lejanos, como Europa.
Una serie de tormentas en 2008 que acabaron con más granjas y los disturbios por el costo en aumento de los alimentos debido a las fluctuaciones en el mercado mundial llevaron a los legisladores a deponer el Primer Ministro.
Recientemente ha habido signos de un viraje. Este mes, el Banco Mundial aprobó 50 millones de dólares para proyectos agropecuarios.
“Cuando crece la agricultura, crece el producto interno bruto”, comentó Diego Arias, un economista agrario, quien analiza a Haití en el Banco Mundial.
Hay mayor atención extranjera en productos haitianos característicos, como mango, café y cacao, y BioTek, una empresa en Florida, espera la aprobación del nuevo gobierno para un plan público y privado largamente esperado para revivir al último ingenio azucarero que queda en Haití, en Leogane, una de las zonas más golpeadas por el terremoto.