En Tijuana, Martha y media docena de alumnos del último grado de preparatoria permitieron que esta reportera los acompañara en su recorrido diario y hablaron sobre sus conflictos de identidad y críticas por parte de sus compañeros estadounidenses.
Los estudiantes, sus padres y algunos profesores hablaron con la condición de mantenerse en el anonimato para no poner en peligro su matriculación.
La madre de Martha, quien es costurera, nunca pasó de la educación secundaria. Varios días por semana se levanta a las 2:00 de la madrugada para apartarle un sitio a su hija en la fila: una mamá de frontera, en vez de una mamá del fútbol o una mamá tigre.
La familia de Martha contribuye para la hipoteca de una casa en Chula Vista, donde viven integrantes de la familia extendida, y paga servicios públicos para establecer una residencia. Otras familias de Tijuana alquilan apartamentos, “piden prestadas” direcciones falsas de amigos o crean un apartado postal. A veces, un pariente en el distrito es nombrado como el tutor legal del menor.
“Es estresante”, dice Martha sobre la casa que no es realmente su casa. “Te pueden descubrir y expulsarte de la escuela. A veces me siento mal por mentir. Pero, solo estoy yendo a la escuela”. En muchas formas, ellos son simples adolescentes, vestidos con zapatos tenis y los ubicuos audífonos blancos en sus oídos.
En la línea fronteriza, las conversaciones casuales sobre resacas y cuán estrictos son sus padres podrían ser las de jóvenes en cualquier lugar esperando a entrar al cine. Con la excepción de que hay perros detectores de drogas, los oficiales de Aduanas y la Patrulla Fronteriza y el letrero que dice, Bienvenidos a Estados Unidos.