Hondureños en el Mundo

Hondureños de Potrerillos residen ahora en Montreal, Canadá

En esta ciudad residen cerca de mil hondureños, de los cuales un 95 por ciento son nativos de ese lugar. EL HERALDO compartió un domingo con esta comunidad catracha y trae su historia.

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13.07.2012

Montreal, Canadá. Cualquiera creería, cuando consulta uno por uno el lugar de nacimiento de los hondureños radicados en esta ciudad, que los de Potrerillos, Cortés, se tomaron por asalto este lugar. No es broma.
En esta ciudad residen cerca de mil hondureños, según las cifras que maneja la Embajada de Honduras en Ottawa. De ellos, el 95 por ciento, según estimaciones extraoficiales, son de la comunidad de Potrerillos, Cortés.

EL HERALDO conoció una situación similar en 2008 cuando visitó el viejo continente para hacer el reportaje “Hondureños en España”.

En la ciudad de Gerona residen cerca de 8,000 connacionales y la mayoría de ellos son originarios de la zona de Talanga, Francisco Morazán.

Sin embargo, en Gerona la mayoría son familia de sangre y se han apoyado para llevarse uno a uno a toda esa comunidad. Mientras que en Montreal el fenómeno está más ligado al cierre de empresas bananeras y madereras de la zona norte en la década de los 80, aunque hay otra buena cantidad de catrachos que ha llegado en años recientes.

Lo cierto es que todos los de Potrerillos se conocen y hasta parecen una gran familia, unida y orgullosa de que les corra por las venas sangre catracha.

El barrio Campo Dorado (Champdoré) de esta ciudad, es el lugar de preferencia para compartir en familia todos los domingos entre los de Potrerillos. Ver a tanto hondureño, y otros latinos, compartiendo en el parque polideportivo del Campo Dorado solo rememora un día de visita en el Parque Obrero de Valle de Ángeles, aunque sin el carbón ni la carne para asar. Tampoco la piscina ni los 40 lempiras que cobran por ingresar.

Pero por todo lo demás, pareciera que por arte de magia estos connacionales no han emigrado de Honduras.

Se gastan bromas, juegan al fútbol, enseñan a los más pequeños a dominar la bicicleta, hablan de política y de los problemas que tiene la querida Honduras... lo mejor de todo son los viajes en retrospectiva, cuando reviven la Honduras de los 70 y los 80, segura, tranquila y con menos desigualdad.

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Misa y fútbol

Muchos acuden a la misa por la mañana de los domingos a la Misión Católica Latinoamericana de Montreal Nuestra Señora de Guadalupe, donde las misas son en español.

Posteriormente se dirigen al Campo Dorado donde, en esencia, todo gira alrededor de los partidos de fútbol que disputan tres equipos de hondureños.
Y para ser honestos, no importa si se ganan o se pierden los partidos, lo importante es la convivencia comunitaria que practica este singular grupo de Potrerillos radicado en Montreal.

“La mayoría venimos a Montreal en la década de los 80, luego de que las madereras y las bananeras cerraran”, contó Dora Meléndez.

Su rostro, aún quemado por el sol que la azotaba cuando trabajaba en Potrerillos, parece que tuviera tatuada una sonrisa. Esta hondureña no para de reír. Llama a sus hijos (que juegan en el equipo juvenil de los hondureños) y les desea suerte. Los besa y los abraza. Luego ríe y los amenaza diciendo que “si no meten goles, no cenan ja, ja, ja”.

Doña Dora dice que a la mayoría de ellos “les va bien”, pues “todos tenemos un trabajito que nos permite vivir dignamente en este país que es costoso para vivir”.

Aclara que “siempre hay malos hondureños que ponen el nombre de Honduras en mal, no trabajan y son carga para el Estado, pero son pocos, la mayoría sudamos la frente, disfrutamos nuestras familias, somos gente de bien”.

Por esos malos inmigrantes el Parlamento canadiense aprobó reformas a la ley migratoria que en gran medida endurecen los requisitos para quienes solicitan asilo, refugio y, por tanto, la residencia y ciudadanía canadiense.

Se estima que hay unos diez mil connacionales que están en trámites legales para obtener un refugio.

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La mano amiga

Estos hondureños crearon, desde hace ocho años, la Organización de Hondureños en Montreal, que se ha dedicado a realizar labores de voluntariado para apoyar nobles causas en Honduras.

Iván Villatoro, fiscal de la organización, contó que la idea comenzó con el deseo de ayudar a algunos centros escolares en Potrerillos. “Después la gente nos pedía para otras cosas, como centros de salud y hospitales... y hoy en día ya tenemos un radio de acción en varias ciudades de la costa norte, donde apoyamos al Cuerpo de Bomberos y algunos hospitales”, amplió Villatoro.

Estos connacionales hacen gestiones con diversas organizaciones no gubernamentales en este país para obtener donaciones y luego ellos las envían a Honduras.

“Hemos tenido malas experiencias con el gobierno central, se roban las cosas, por eso ya no trabajamos con ellos, ahora solo con los alcaldes, ya que si un alcalde se roba alguna donación la gente le puede reclamar de manera más directa”, dice.

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El fútbol, uno de los lazos más fuertes

Los de Potrerillos se dedican a todo. Trabajos en compañías, negocios propios, construcción, tiendas de conveniencia, limpieza de aires acondicionados, hacer tortillas, venta de zapatos y comercio en general.

Pero decir que están unidos por su actividad económica sería una falacia. Lo que realmente une a estos hondureños, sin temor a equivocaciones, es el deporte rey en Honduras: el fútbol.

Son tres los equipos conformados por hondureños: Juveniles (de 13 hasta 16 años), Selección de Honduras (de 17 hasta 33 años) y Honduras Veteranos (de 34 en adelante). Los tres equipos luchan por puntos cada domingo.

En las tres categorías se lucha por un premio. El mejor primer lugar es de cinco mil dólares. La inscripción por equipo es de unos 800 dólares y el que más tiene posibilidades de alcanzar ese sitial es Juveniles, grupo que hasta el día que EL HERALDO dejó Canadá llevaba ganados cuatro de cuatro encuentros, punteaban en la tabla.

Veteranos es el que menos han derrotado a sus contrincantes, pero es el que se agencia la mayor simpatía del público.

Alfredo Guzmán, uno de los jugadores de Veteranos, dijo que “hacemos lo que podemos, lo que importa es compartir con las otras personas, los latinos y los hondureños”.

Rubén Mejía es el entrenador del equipo, y también juega, explica que la finalidad del equipo es la de participar e intentar poner en alto el nombre de Honduras.

“Nos gustaría tener mejores resultados, pero no se puede, nos queda la satisfacción de dejar todo en la cancha y poner nuestro empeño por nuestro país”, amplió.

En esta liga los hondureños también imparten justicia.

Ese es el caso de Rigoberto Zavala, árbitro afiliado a la Federación Canadiense de Fútbol desde hace 18 años.

Tiene 25 años de vivir en Canadá, desde 1986, se vino buscando nuevos horizontes para él y su familia.

Don Rigoberto nació en Tegucigalpa, pero creció en San Pedro Sula y Potrerillos, donde jugó al fútbol amateur con la aspiración de llegar a ser profesional.

“Siempre he dedicado mucho tiempo al fútbol y gracias a Dios el fútbol siempre me ha dado buenas cosas como premio”.

Ser árbitro federado no es fácil, afirma don Rigoberto. El primer requisito es manejar al dedillo los dos idiomas más usados en Canadá, primero el francés y luego el inglés. Después de eso se debe estudiar y cursar talleres sobre el impartimiento de la justicia en el deporte.

“Tengo 18 años de estar en la Federación y año con año tengo que someterme a evaluaciones, la capacitación aquí es constante, es bien competitivo por esta parte del mundo hasta para los árbitros”. Don Rigoberto comparte que un árbitro no puede impartir justicia si no pasa las evaluaciones anuales.

Cuando EL HERALDO conoció a don Rigoberto se dio la casualidad de que uno de los tres equipos de hondureños que juega en esta ciudad estaba en el campo, y recordó que “por cosas del destino me ha tocado pitarles a ellos, pero porque el compañero árbitro no ha podido asistir”.

“En lo personal no me gusta por los comentarios que se puedan dar, pero siempre he mantenido mi objetividad y profesionalismo, antes que nada los principios de árbitro no los dejo de lado”, aclaró.