Tegucigalpa, Honduras.- La desinformación ya no es un fenómeno aislado: se ha convertido en un sistema que condiciona decisiones, erosiona instituciones y contamina la conversación pública.
Ese fue el eje de la conferencia magistral “Guerra de cuarta generación”, ofrecida por el periodista Javier Franco el jueves 19 de enero, en la Universidad de San Pedro Sula (USAP).
En la misma actividad participó Carlos Giron, editor de EH Verifica y LA PRENSA Verifica, quien abordó cómo la verificación de datos se ha vuelto una práctica indispensable más allá de las redacciones.
Franco presentó una idea central: el problema no es únicamente que existan bulos, sino que hoy opera un engranaje que premia el ruido, acelera la viralidad y vuelve difusa la frontera entre lo real y lo irreal.
Dijo que “tenemos una sociedad a cierto punto enferma” y que esa enfermedad no proviene solo de la desinformación, sino de un sistema de información en el que audiencias, actores políticos y plataformas se retroalimentan.
En su lectura, las personas ya no solo consumen mensajes: los multiplican y les agregan un juicio emocional que define bandos, instala etiquetas y convierte a cualquiera en narrador de una versión.
Para describir ese entorno, Franco se apoyó en la noción de guerra de cuarta generación. La definió como un conflicto que no se libra en campos de batalla, sino “en la mente humana”, y que se sostiene mediante desinformación, tecnología y manipulación psicológica.
A diferencia de las guerras convencionales, añadió, aquí el ciudadano deja de ser pasivo: participa activamente en la construcción de percepciones.
En esa dinámica, explicó, se idealiza a un actor como héroe o villano según el relato que se quiera impulsar y, al final, la sociedad queda atrapada en una narrativa que prioriza emoción sobre evidencia.
Franco también expuso cómo la comunicación pública puede ser rehén del poder y del miedo a la crítica. Relató un caso en el que un funcionario de alto nivel cometió un error que afectaba la imagen institucional. Su recomendación fue clara: una disculpa pública.
“Yo indiqué que debía de disculparse públicamente”, dijo, porque cuando alguien representa a una institución “asume un rol público y tiene una responsabilidad para con esa institución”.
Según contó, desde la jerarquía se consideró vergonzoso pedir disculpas. El funcionario, sin embargo, tomó nota y se disculpó, una decisión que, en palabras de Franco, le favoreció más en lo profesional y personal que el silencio.
Con esa experiencia, remarcó que el poder no solo se usa para influir, también “para silenciar”.
Patologías que contagian
El planteamiento de Franco conecta con su libro "No solo Fake News", en el que describe un ecosistema degradado por lo que llama “comunicación sucia”.
Su metáfora inicial es directa: así como la mosca se alimenta de desechos y transmite enfermedades, cierta información digital se nutre de morbo, rencor y acecho y se reproduce con rapidez porque provoca reacción, no porque aporte verdad.
En ese “universo de información”, advierte, lo popularizado empieza a confundirse con lo informativo y las audiencias se entrenan para elegir bandos, fabricar héroes y villanos y convertirse en autoras de relatos.
En la conferencia, Franco explicó que la desinformación funciona como un conjunto de patologías.
La mala información, señaló, parte de hechos reales usados de manera perversa: una fotografía auténtica, una cifra cierta o un video verdadero que se descontextualiza, se reubica en otro tiempo o se acompaña con un texto engañoso para manipular.
La desinformación, en cambio, es creada para causar daño y hoy incorpora deepfakes, deep news y contenidos fabricados con inteligencia artificial (IA).
Sumó además la infodemia, el exceso de información que dificulta identificar fuentes confiables y orientaciones válidas, al punto de que lo verdadero puede parecer falso y lo falso terminar aceptado como verdadero por repetición.
En esa misma línea, Girón planteó que la verificación de datos dejó de ser un oficio exclusivo de periodistas y debe asumirse como una responsabilidad cívica.
En su intervención explicó procedimientos básicos que cualquier usuario puede aplicar: búsqueda inversa para rastrear dónde y cuándo apareció una imagen; búsquedas por palabras clave con operadores para afinar resultados; contraste con fuentes oficiales y revisión de contexto antes de compartir.
Advirtió que herramientas de detección basadas en inteligencia artificial aportan indicios, pero no son infalibles, por lo que el análisis visual y el método siguen siendo decisivos.
Ambos coincidieron en que la viralidad opera a favor del engaño, especialmente cuando los contenidos apelan a la indignación, el temor o la polarización. Franco propuso un filtro simple para frenar la cadena: preguntarse por qué se comparte y qué se gana con replicar algo no verificado.
“Con que no lo comparta ya hace mucho”, dijo, al subrayar que el primer corte de la desinformación suele depender de decisiones individuales.
El libro cierra con una propuesta que Franco retomó como agenda: la “hermenéutica comunicacional”, un reestudio de reglas de interpretación para acortar la brecha entre lo que se dice y lo que se entiende, y rescatar lenguaje, escritura, ética y escucha como base de convivencia.
En tiempos de guerra informativa, insistió, la democracia depende de recuperar verificación y contexto antes de que la emoción imponga su propia versión de la realidad.