Tegucigalpa, Honduras.- La desinformación no siempre necesitó inventar una historia completa. Durante los primeros siete meses de 2026, sus fórmulas más frecuentes fueron más simples: poner palabras en boca ajena o arrancar un hecho verdadero de las circunstancias que permitían comprenderlo.
Entre el 1 de enero y el 31 de julio, EH Verifica y LA PRENSA Verifica desmintieron 393 bulos. De ellos, 99 correspondieron a citas falsas y 94 a contenidos sacados de contexto.
En conjunto, ambas modalidades sumaron 193 casos. Es decir, casi la mitad de la desinformación analizada se construyó atribuyendo expresiones inexistentes o reutilizando información auténtica para contar una historia distinta.
El patrón revela una mentira que aprendió a disfrazarse con elementos reconocibles. Una fotografía real, un video antiguo, una declaración incompleta o el rostro de una figura pública pueden funcionar como envoltorio de una falsedad.
La cita falsa inventa las palabras. El contenido descontextualizado conserva una parte de la realidad, pero elimina aquello que podría cambiar su interpretación. Una fabrica; la otra recorta.
Ambas buscan que el usuario reaccione antes de preguntarse de dónde salió el contenido.
Palabras que nadie pronunció
La cita falsa fue la tipología más frecuente de todo el periodo. Apareció en 99 de los contenidos desmentidos y se convirtió en el recurso principal para vincular a políticos, funcionarios, instituciones y figuras públicas con afirmaciones que no realizaron.
Su fuerza depende de la apariencia. La frase puede presentarse dentro de una captura, sobre una fotografía, en un supuesto comunicado o acompañada de elementos gráficos que imitan el formato de una publicación auténtica.
No necesita desarrollar una explicación extensa. Le basta una expresión provocadora y un protagonista reconocible para parecer verosímil.
Esta fórmula reduce un asunto complejo a unas cuantas palabras. También elimina cualquier obligación de presentar una grabación, un documento o una publicación original que demuestre que la declaración existió.
La frase inventada ocupa entonces el lugar de la evidencia.
Los datos muestran que este recurso superó a los hechos completamente falsos, los deepfakes, las suplantaciones y las manipulaciones digitales.
La mentira más repetida no fue necesariamente la más sofisticada, sino aquella capaz de hablar utilizando la identidad de otra persona.
Una verdad fuera de lugar
Sacar de contexto fue la segunda fórmula más utilizada. Los 94 casos clasificados bajo esta modalidad no siempre partieron de materiales falsos.
En muchos de ellos, el engaño surgió al cambiar el momento, el lugar, las circunstancias o el sentido con el que debía interpretarse el contenido.
La información podía ser auténtica, pero la historia construida alrededor de ella no.
Un fragmento separado de su origen puede adquirir un significado distinto. Al desaparecer lo ocurrido antes o después, la publicación deja al usuario frente a una versión incompleta que aparenta explicarse por sí sola.
En estos casos, la desinformación no destruye toda la verdad: conserva la parte que le resulta útil y desecha la que contradice el relato.
Por eso, el contenido descontextualizado puede ser más difícil de reconocer que una invención absoluta. Sus piezas existen, pero fueron acomodadas dentro de una conclusión que no les corresponde.
Las citas falsas y los contenidos descontextualizados compartieron la misma ventaja: se apoyaron en rostros, instituciones, imágenes o acontecimientos conocidos. Esa familiaridad les permitió vestirse de realidad sin tener que demostrarla.
De la falsedad simple al deepfake
La radiografía también identificó 75 hechos falsos. En estos casos no se alteró únicamente una frase o el contexto: se presentó como ocurrido un acontecimiento inexistente.
Otros 66 contenidos fueron clasificados como deepfakes, una cifra que los colocó entre las formas más recurrentes del periodo.
A diferencia de la cita escrita, estos materiales buscaron dar cuerpo, voz o movimiento a situaciones que no sucedieron como fueron presentadas.
También se detectaron suplantaciones, manipulaciones digitales y propuestas falsas. En cantidades menores circularon encuestas, comunicados, boletos y proyectos inexistentes.
Las técnicas cambiaron, pero conservaron un hilo común: fabricar credibilidad. Algunas copiaron la apariencia de una fuente legítima; otras alteraron imágenes, simularon documentos o hicieron pasar una propuesta inventada como una decisión real.
Facebook fue el principal escaparate de estos contenidos y TikTok ocupó el segundo lugar. Entre ambas plataformas reunieron la mayoría de los bulos desmentidos, aunque también se detectaron casos en X, WhatsApp, Instagram y Threads.
La revisión periodística determinó que 357 contenidos eran falsos y 36 engañosos. La diferencia es importante: unos fabricaron una realidad inexistente; otros mezclaron elementos ciertos con omisiones o distorsiones.
La radiografía deja una advertencia sin necesidad de fórmulas técnicas: no toda mentira luce falsa y no todo contenido verdadero cuenta la verdad completa. Durante siete meses, la desinformación explotó precisamente esa frontera.
Inventó palabras, mutiló contextos, fabricó hechos y alteró formatos. Cambió de disfraz, pero repitió el mismo movimiento: tomar algo reconocible y transformarlo hasta que una falsedad pareciera digna de confianza.
Las dos imágenes acompañantes desarrollan visualmente esas fórmulas: la primera representa una cita que se fragmenta y recompone; la segunda, una verdad arrancada de su contexto y colocada dentro de otro relato.