Honduras

Niñas hondureñas atrapadas en las escalofriantes redes de la esclavitud

FOTOGALERÍA
11.09.2015

Tegucigalpa.

Me gritó: “¡si no andas papeles, subite!”

Amanecí en la Kennedy, sucia, desnuda, golpeada, ese policía me violó. Solo tenía 12 años... era virgen.

Así de crudo y duro es el testimonio de Olga, que pernocta en las oscuras calles del centro de la capital, ofreciendo su cuerpo, en lo que se considera la peor forma de esclavitud laboral infantil.

Su mundo se detiene, la vista se clava como un puñal al suelo, inhala y como si lo tuviera de frente: ¡lo odio!, exclama.

Pero, ¿quién es usted?, pregunta. -No ve que mi vida es horrible desde que nací. ¿A quién le puede importar?, si yo ya valí...

Infancia cruel

Éramos tres hermanos, trillizos, pobres, de una comunidad de Yoro. Mi papá trabajaba en la tierra y mi mamá en la casa, bueno, es lo que nos cuentan.

Yo no sé cómo era él, pero la mató, la macheteó, la picó. Después nos agarró a los tres y nos fue a botar a un basurero, teníamos un año. Aún está preso.

A Bryan se lo comieron los zopilotes, no aguantó. Ahora somos dos, nos dicen gemelas, es que somos igualitas y ella es la única familia que tengo.

Después de eso nos recogieron y nadie se quiso hacer cargo de nosotras, por eso nos trajeron a Casitas Kennedy (centro de atención a niñas en riesgo social) aquí en Tegucigalpa.

De los primeros años ahí casi no me acuerdo de nada, solo que llegaba bastante gente.

Mis recuerdos empiezan ya como a los cinco años, “las tías”, bueno las que nos cuidaban ahí me pasaban tocando mis partes íntimas siempre.

En la mañana o antes de acostarnos, ellas nos acariciaban. Nunca me violaron. Yo creo que porque llegaban a revisarnos los doctores.

También los guardias de ahí nos manoseaban cuando íbamos para la escuela. A veces solo nos paraban y nos decían: “¡Vaya, a ver qué traes ahí!”, y nos metían mano.

Para ese entonces yo ya estaba en segundo grado en la Escuela John F. Kennedy, porque eso sí, la comida y la escuela jamás nos faltaron.

Pero era feo porque uno se va dando cuenta de lo malo, sabíamos que los regaños eran excusas para estar a solas con nosotras. Los permisos de salida que pedíamos a los guardias era para tocarnos.

Un día en la noche le dije a mi hermana: ¡vámonos de aquí!, y así fue. Al siguiente día agarramos para la calle.

Era mi felicidad

Como éramos nuevas no sabíamos qué hacer. Me acuerdo que empezamos a caminar y le pedimos baleada a un hombre.

Ahí teníamos nueve años. A los días ya éramos conocidas como las gemelas, nos llevábamos en medio de los carros pidiendo, desde el centro a la Kennedy.

Nos iba bien porque siempre hacíamos como 300 lempiras cada una. Lo malo es que nos empezó a gustar el tíner y el resistol. Yo caminaba todo el día “tinoqueada”.

En la calle uno se queda a dormir donde le agarre la noche, aunque casi siempre nos llevábamos en grupo.

Me acuerdo que los varones nos pegaban y a veces me quitaban el tíner, pero yo lo peleaba, ellos se enojaban porque nosotras conseguíamos más dinero para comprar.

Así anduve tres años en la calle, yo me divertía porque como nunca supe otra forma de ser feliz.

Pero sentía que los hombres me miraban diferente. A veces, con mi hermana mejor nos íbamos a dormir aparte o nos escondíamos de los demás cipotes por miedo.

¡Odio a los hombres!

Una de esas veces en la noche no sé por qué nos peleamos con la gemela. Yo le dije, ya me voy y me dijo: ¡andate!

Empecé a caminar por el puente La Isla cuando vi una patrulla. Nunca en mi vida me había dicho nada la “jura”, por eso no le paré bola.

Cuando iba terminando de pasar, un policía me dijo: “­¡hey cipota... ¿Y tus papeles?” Yo no tenía. Me quedé callada y me gritó de nuevo... “¿Tus papeles?”

-Es que no tengo, le dije. “¿Y qué esperas para subirte?”

Adentro había otro “poli”­ que solo me vio y no dijo nada. El carro arrancó y yo me quede atrás, pensé que iba para la posta.

Como yo crecí en la Kennedy yo conocía la ruta, así que vi clarito cuando agarró como para el cerrito que le dicen de La Felicidad.

Ahí... ese hombre me bajó de un empujón y el otro se fue por atrás para agarrarme.

Yo luché, pero era flaquita, bueno así como me ve, así he sido siempre, medio desnutrida.

Él que estaba en frente me golpeó, me arrancó la ropa, me dejó desnudita. Yo gritaba, así que uno le dijo al otro: ¡tapale la boca, ombe!”

Me taparon la boca y abusó de mí, de un momento a otro perdí el conocimiento, creo que fue por un golpe.

Me imagino que pensaron que estaba muerta, aunque estoy segura que solo uno me violó.

Cuando desperté estaba llena de sangre y tierra, se habían llevado mi ropa, me dolía la cabeza horrible. Me puse a llorar como por una hora.

Bajé del cerro para las casas de enfrente. Ahí me vieron unas señoras que me hicieron pasar a una de las casas.

Ellas me bañaron, me regalaron ropa. Les conté lo que me pasó porque me preguntaron. Me aconsejaron que denunciara al maldito que me había hecho eso. No lo hice. Pensé que no me iban a creer.

Tenía miedo, mucho miedo. Me puse peor cuando me di cuenta que estaba embarazada, eso fue a los días.

Era horrible, odiaba la panza, no me importaba el niño, solo quería abortarlo.

Ahí en el mercado me tomé de todos los tés que me daban las doñas, pero no se caía el bebé.

Me desesperaba cuando la panza me iba creciendo. Intenté matarme con unas pastillas que me encontré en la basura.

De nada me sirvió. Como dicen en la calle, estaba bien pegado el cipote. La última vez que intenté sacármelo, estuve pegándome en la barriga sin parar y salte desde un segundo piso, ja, ja, ja. ¡Solo me quebré yo!

Nunca fui a control, así que no sabía cuándo me tocaba el parto. Yo caminaba pidiendo y como me miraban en estado, más me daban.

Me acuerdo que andaba por la “U” (la Universidad Nacional Autónoma de Honduras) cuando me empezó el dolor. ¡Era horrible! Empecé a caminar para el Hospital Escuela.

Cuando llegué rápido me atendieron y ligerito tuve. Me preguntaron que a quién llamaban. Les dije que era sola.

Las enfermeras empezaron a secretearse y me dijeron que al bebé solo me lo iban a enseñar.

Cuando lo vi, todo cambió en mí. Me dio miedo que me lo quitaran. Lo quería para mí. Ahí me puse a llorar.

De nada sirvió, se lo llevaron para el mismo lugar de donde yo salí: Casitas Kennedy.

Salí del hospital y me fui para ahí, les dije que iba a cambiar por el niño, que me recibieran y convencí a las “tías”.

Estuve tres días ahí y me fugué con el bebé, no se me complicó porque ya me sabía el teje y maneje con los guardias.

Salí sin un peso directo a pedir para la leche y las cosas, pero ya era más complicado porque él necesitaba más.

No subo a carros

Por eso me metí de puta. No me gusta, pero aquí estoy. Arrugo la cara cuando los hombres se suben en mí.

Me repugnan. No dejo que me toquen los pechos, son de mi hijo. Él mama y, como sea, pero hay mucho aseo para él.

Cobro L 200. Eso sí, no me subo a carros. Me da miedo por lo que me pasó con los policías.

Uso el mismo hotel siempre.

Si un hombre me insiste en que suba me alejo. Que se busque otra en la calle. Jamás me voy a ir lejos de aquí. A la vuelta me cuidan a mi bebé.

Si me pasa algo quién va cuidar a mi hijo. Solo pensarlo....

Y el silencio se apoderó de aquella minúscula habitación. Olga traga hondo, su mirada se quebranta, siente el peso de su condición de madre, sexoservidora, pero sobre todo, de niña.

Llora suave, con dolor, con vergüenza ante el extraño frente a sus ojos, se contiene, pero es muy tarde.

Esa lágrima ya pasó del iris a la retina, de su mejilla a sus labios.

Olga llora, un llanto que nadie nunca podrá escuchar.

Le he llorado a mi hijo. De rodillas, le pido perdón por haber querido abortarlo.

Lo miro y me miro. Pero él no va a pasar lo que yo he pasado. Él no.

Él tiene mamá, puta, pero mamá. Por eso ahorro 300 o 500 al día. Sebastián tiene su propia cuenta.

No le va a faltar nada. No me importa no dormir. En el día cuando lo llegó a traer donde la señora que me lo cuida, lo abrazo y lo beso. Lo amo.

Si me pasa algo a mi qué va a pasar con él. Sé que mi hermana está, pero ella tiene un hogar, un buen marido, se complicaría todo. Yo soy la mamá.

Por eso le pido a Dios. Le lloro. Le pido que me cambie la vida.

Que me cuide. Y él lo hace. Yo lo siento.

Odio que perdura

Y por si fuera poco, volvió a ver al asesino de su mamá.

Aún estábamos en Casitas Kennedy, nos llamaron de la Fiscalía que nos querían ver.

Nos dijeron que ocupaban que fuéramos a ver a alguien. Cuando lo vi ni idea. Solo lo vi.

Ese es su papá, nos dijeron. No nos habló nada, solo nos miraba fijo.

Iba a salir libre. Pidieron nuestra opinión. Creo que si salía nos iban a entregar a él. Digo yo porque y para qué entonces llevarnos. Y habló: “Perdón. Perdónenme”.

Pensé que iba a llorar. Nos preguntó que cómo estábamos. La mujer solo anotaba.

Se reía y nos miraba mucho.

Le contamos y se quedó ido y el semblante le cambió.

Creo que la mujer pensó que quería estar solo con nosotras, se paró y se fue.

Su cara cambió. Se acercó casi a la boca de nosotros.

“Cuando salga las voy a matar hijas de puta”. Fue horrible.

Se puso como loco ahí. Teníamos miedo porque solo con él estábamos.

Cuando la mujer llegó no le dijimos nada. Nos preguntó qué pensábamos de que él saliera.

Le dijimos que no. No nos pregunto por qué.

No sé qué pasó con él porque después nos escapamos. Me da miedo que me halle.

No dejes de soñar

Me pongo a pensar por horas. No me gusta esto, pero qué hago. Vendí agua unos días, pero más bien me robaron el producto.

Yo creo en Dios. No pienso en hombres. Ni casarme. Ni nada de eso. Pienso en mi hijo.
Si hubiera una forma, sería otra. Dios me va ayudar.

Dios siempre me ayuda. Estoy viva. Y aunque a veces pienso que ya viví mucho y que tal vez debería estar muerta, lucho. Voy a luchar por él. Sebastián siempre va a tener a su mamá.