1883, Diario La Paz: el suicidio que hizo llorar a Tegucigalpa

El poeta Manuel Molina Vijil tenía apenas 29 años cuando se quitó la vida. Colección Erandique comparte una joya del periodismo: la edición del 10 de marzo de 1883 de Diario La Paz

  • Actualizado: 18 de agosto de 2026 a las 19:06
1883, Diario La Paz: el suicidio que hizo llorar a Tegucigalpa

Tegucigalpa, Honduras.- Catorce meses antes de volarse la cabeza de un balazo, Manuel Molina Vijil escribió Nieblas del corazón, un poema en el que dejó plasmados los tormentos de su alma. Nadie imaginó, sin embargo, lo que iba a ocurrir aquel viernes 9 de marzo de 1883.

¡Oh, mi amigo! Yo en el fondo del corazón moribundo, por justo temor del mundo, mis sentimientos escondo; yo he luchadopor olvidar mi pasadoy evaporar de mi senolas gotas ¡ay! de venenoque, con fingido placer, mintiendo fe y simpatía ,allí filtraran un díalos labios de una mujer.

Adolfo Zúniga aún estaba dormido cuando su esposa lo despertó con un alarido: “¡Manuel Molina Vijil se suicidó!”. Se vistió de inmediato y corrió a casa de su amigo. Esta sería la descripción de lo que encontró al entrar a la habitación en la que agonizaba el poeta:

“Una hechicera y encantadora joven de diecinueve años, cuya corona de azahares aún no se había marchitado en su frente de esposa, sublime en su desesperación y en su dolor, daba al cielo sus lamentos y sus quejas; y sus lágrimas, perlas del corazón, rodaban por sus encendidas mejillas, haciéndola más deslumbrantemente bella”.

“La anciana madre —agregó—, con la cara rígida como un cadáver y manchada de sangre, con la mirada extraviada, con las ropas tintas también en sangre, y sangre ¡ay! de su hijo idolatrado, recorría loca, muda, sombría, casi terrible, las galerías interiores de la casa, cayendo al fin de rodillas y murmurando una plegaria, como para que no estallara el corazón”.

Según el relato de Zúniga, un sacerdote se puso de rodillas a orar por Molina Vijil, mientras que los médicos pronto comprendieron que no había nada que hacer, pues la bala había destrozado el cerebro.

El relato de Adolfo Zúniga se encuentra en el libro Ocho poetas hondureños atormentados, publicado por Colección Erandique.

“Y en el fondo de cuadro tan desgarrador, el simpático y estimabilísimo joven Molina Vijil —tenía 29 años—, tendido en su cama como en tranquilo sueño: ninguna contracción, ningún gesto de dolor se notaba en su fisonomía; la cara conservó, aún horas después de la muerte, el aire de jovialidad y de dulzura que formaban el fondo de su carácter; estaba sonriente y como gozoso de dejar la vida”, dijo Zúniga.

En otra parte de su narración, Zúniga escribió: “Día de inmenso duelo fue para Tegucigalpa el funesto 9 de marzo. Las oficinas públicas se cerraron, y hasta el Congreso Nacional, no por ostentoso decreto, sino por un sentimiento de pesar tan profundo como unánime, suspendió en ese día sus sesiones. Pocas veces este pueblo, que tiene tantos y tantos superficiales defectos, ha probado cuánto sentimiento, cuánta moralidad, cuánta hidalguía y cuánto amor a lo bello, noble y generoso abriga en su seno”.

Horrible noticia

El diario La Paz, órgano político y literario afín al gobierno de Marco Aurelio Soto, informó del suicidio de Manuel Molina Vijil.

“Con profundo pesar anunciamos la muerte del distinguido joven, doctor don Manuel Molina Vijil. En la mañana de ayer, la horrible noticia de que el joven Molina Vijil había puesto término a su vida estremeció a los habitantes de esta capital. El pueblo, en muchedumbre inmensa, corrió desalentado al lugar de la catástrofe para cerciorarse de tan horrible verdad.

El cuadro que presentaba la casa mortuoria era aterrador; allí estaban la desolación y el espanto. Un joven agonizando entre un mar de sangre, una madre anciana muriendo de dolor y una joven y bella esposa queriendo, con sus besos y abrazos, infundir nueva vida al que la perdía por segundos, ponían duelo y tristeza en el alma”.

¡Ya el dolor cubre de hielomi enérgica juventud,y aparta de mi laúdlas melodías del cielo!No me alientani esa ilusión que presenta,a través de sus cristales,florestas, grutas, raudales...¡Que en esta desolación,do mueren las ansias mías,más densas son y más fríaslas nieblas del corazón!

Puede leer la edición completa de La Paz en la Hemeroteca Digital de Erandique, en el enlace proporcionado en el artículo.

“¡Ah! Manuel padecía desde Guatemala de una grave enfermedad, que él ocultaba cuidadosamente hasta a sí mismo. Médico entendidísimo, comprendió toda la gravedad de la dolencia incurable que comenzaba a presentarse con sus más graves síntomas. Entonces, y en los accesos de enajenación mental que le sobrevenían, decía el desdichado ‘que ya sentía el ruido de la cadena, que pronto sería atado a un poste’, y se entregaba a una profunda melancolía, a una desesperación sin límites”, relataría Adolfo Zúniga.

“La noche víspera del fatal suceso departió tranquilamente y hasta con jovialidad con todos los suyos; veló el sueño de su encantadora esposa para sacar el arma mortífera de un armario donde estaba depositada; se levantó a la hora acostumbrada y se vistió con sencilla decencia; esperó a que el alma de su alma saliese de su alcoba para empuñar el arma”, describió el amigo.

“Manuel Molina Vijil es el poeta romántico hondureño más importante del siglo antepasado. Médico, hizo sus estudios en la Universidad de San Carlos, en Guatemala, y regresó a Tegucigalpa, su ciudad natal, en 1877, donde ejerció la medicina privada con mucho éxito. Cuando se creó la Facultad de Medicina en 1881, integró la directiva”, escribió el recordado escritor Alfredo León Gómez en su artículo Los poetas y el suicidio en Honduras.

El poeta José González, en su libro Diccionario de Literatos Hondureños señala que Molina Vijil se casó el 13 de diciembre de 1882 con una prima suya: Jesús.

“Molina Vijil es el más representativo de la llamada Segunda Generación de Poetas Hondureños”, explica José González, Premio Nacional de Literatura 2008 y autor de clásicos como Las órdenes superiores y poemas del Cariato.

Muchos años después del trágico 9 de marzo de 1883, un hombre alto, de ojos claros, frente altiva y bigotes alacranados, se paró frente a la tumba de Manuel Molina Vijil y pronunció estas palabras:

“Hiciste bien en marcharte a su palacio de mármol negro, donde hay un jardín de eternos cipreses y adonde jamás llega el murmullo de la vida. Vive allí feliz, en tanto que nosotros, sentados al festín de la vida, en el templo del Arte, vemos con tristeza que tu asiento está vacío y que la copa de vino, apenas desflorada por tus labios fríos, permanece llena hasta los bordes.

Vive allí feliz. Que la paz eterna sea contigo; que el buen Dios te mire siempre con bondadosos ojos; que tu alma, escapada de la cárcel de barro de tu cuerpo, goce de la divina calma, vuele en los círculos de la luz angélica, sea una purísima gota del océano del alma universal. Un día, tarde o temprano, te iremos a buscar nosotros”.

Ese que hablaba era el poeta Juan Ramón Molina.

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