TEGUCIGALPA, HONDURAS.- El temido esbirro “Guayo” Galeano fue clave para la detención de los criminales; a una simpática enfermera también le dio por falsificar. Clementina Suárez lamentaba la muerte del abuelo de “Toño” Rivera
El tercer hombre a la derecha de la fila de enfrente de la fotografía (número 1) se llamaba Salvador Mendoza. Vivía en la aldea Pueblo Nuevo, jurisdicción de Petoa, Santa Bárbara. ¿Oficio? falsificador de billetes.
Los demás miembros de la banda —aparecen en la imagen con caras de angelitos o de “yo no fui” —, eran: Benjamín Rodríguez (2), Francisco Gómez (3), Eduviges Cruz (4) y Manuel García (5).
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Sigamos con la historia. Allá, en la lejanía de la aldea, los compinches falsificaban papel moneda del Banco de Honduras y del Banco Atlántida. A pesar de sus habilidades, algunas de sus adulteraciones fueron descubiertas y despertaron las sospechas de la Policía.
No se sabe qué llevó a Salvador Mendoza a viajar desde la tranquilidad de Pueblo Nuevo hasta La Lima, zona bananera en la que ni una sola hoja se movía sin la autorización de Eduardo “Guayo” Galeano.
Estoy hablando de 1939, los años de la dictadura de Tiburcio Carías Andino. Para los que no lo saben, el general había dividido el país en regiones bajo la autoridad (con licencia para asesinar, secuestrar, torturar y desterrar) de los comandantes locales.
De todos los comandantes locales, ninguno fue tan temido como “Guayo” Galeano.
El 27 de marzo del año antes mencionado, Galeano envió hasta Tegucigalpa un mensaje a las autoridades centrales de la Policía en el que informaba que había capturado a Salvador Mendoza, a quien le decomisó cierta cantidad de billetes de banco... falsificados.
“Remitido el susodicho Mendoza a esta capital y puesto a la orden del señor Director General de Policía, fue sometido a un hábil y riguroso interrogatorio, dando por resultado que el delincuente aflojó la madeja: pertenecía al grupo de falsificadores ya mencionados, con la residencia también indicada”, relataba la Revista de Policía, número 72 del 30 de abril.
No me quiero imaginar qué significa “hábil y riguroso interrogatorio”, por lo que dejo a la imaginación del lector el suplicio al que fue sometido el falsificador.
La captura de la banda
Después de que Mendoza “cantara”, la Dirección General de Policía envió a dos agentes de investigación (Víctor Peralta y Juan Ángel Funes), quienes viajaron a la guarida del resto de la banda. En el camino se sumó, ¿quién más?, “Guayo” Galeano.
Durante el operativo fueron capturados Benjamín Rodríguez, Francisco Gómez, Manuel García y Eduviges Cruz. Marcos García logró evadir el cerco policial y escapó. Por esa razón no aparece en la fotografía.
Según se supo más tarde, Mendoza aseguró que “ya no pertenezco a la banda, porque Francisco Gómez y su yerno, Benjamín Rodríguez, me defraudaron porque me robaron veinte billetes que tenía guardados en mi casa... ya listos para circulación”.
Aquí se aplica aquello de “ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón”.
La Revista de Policía informó: “En el cateo realizado en casa de Francisco Gómez, los agentes Peralta y Funes decomisaron 182 billetes de cinco lempiras cada uno del Banco de Honduras; 116 pliegos de papel grueso, un billete de dos lempiras del mismo Banco de Honduras, dos cajas de cartón, unos doce botes de anilina y diez botes con diferentes colores”.
Como ocurría en aquella época, los delincuentes fueron enviados a la Central de Policía con sede en Tegucigalpa. Ninguno tuvo problemas para confesar sus fechorías.
El abuelo de Toño
La Revista de Policía también lamentó, en la edición del 30 de abril de 1939, el fallecimiento de Antonio C. Rivera, destacado miembro del Partido Nacional, padre de Mario “El Zorro” Rivera López y abuelo de Antonio Rivera Callejas, mejor conocido como “el de los chocoyos” y de “Chano”, el famoso publicista que quiso ser presidente de Honduras.
“Al doctor Rivera se le llora y se le admira no solo como ciudadano eminente, como político audaz y de clara visión, como fogoso y contundente parlamentario, sino también como amigo fidelísimo y consecuente, como hombre que jamás alimentó el odio ni aun para los que más le hirieron”, señaló la Revista de Policía.
Mientras la poeta Clementina Suárez despedía a Rivera con un artículo cargado de emoción “fue un hombre unido al pueblo hondureño en espíritu y en carne... razón por la cual la gran mayoría de corazones vivamente lamentan su muerte”, escribió, la Policía se anotaba otro “hit”: la captura de la enfermera Alicia Martínez y de la cajera Enma Salcedo. Ambas de origen salvadoreño. La enfermera comenzó a levantar sospechas debido a las altas cantidades de dinero (70,000, 50,000, 20,000, 25,000, 200,000), que retiró del Banco de Honduras entre el 16 y el 23 de marzo y porque de un día a otro renovó su vestuario con abrigos, joyas, vestidos, sombreros y zapatos de lujo. Alicia Martínez falsificó la firma del doctor José R. Durón y con la complicidad de Enma Salcedo, fue “desplumando” la cuenta de la clínica. Un día, sin embargo, había otra persona en la ventanilla del banco: Lucas Moncada.
Moncada detectó un trazo raro en la firma falsificada y no solo se negó a entregarle el dinero, sino que, además, llamó a la Policía.
“La citada enfermera —escribió Revista de Policía—, se hacía notar por simpática con la numerosa clientela que asistía a la clínica del doctor Durón, y con facilidad entablaba conversación y se ganaba la confianza de los pacientes, ya que era entradora”.
Y por “entradora”... entró a la cárcel.