Tegucigalpa, Honduras- En la comunidad montañosa de Turturupe, al sur de Lepaterique, llegar a la escuela implica atravesar senderos de tierra entre pinos y encinos, un recorrido con esfuerzo que representa la puerta al conocimiento para los niños de prebásica. En la escuela Francisco Morazán, Carmen Rodríguez recibe cada mañana a los pequeños con una sonrisa que resume 16 años de servicio ininterrumpido caminando 40 minutos para llegar al centro educativo.
“Las facilitadoras hacen un gran trabajo en las comunidades, pero apenas reciben 1,000 lempiras al mes y muchas veces ese dinero ni siquiera llega a tiempo. Se les exige lo mismo que a otros maestros y lo justo sería que recibieran un pago digno”, manifestó Kelin Chevez, directora del centro educativo.
Carmen es una de esas facilitadoras que, a pesar de las dificultades, continúa enseñando a los pequeños que habitan los caseríos más alejados. Su casa está en la última vivienda de la comunidad de Turturupe, y para llegar a la escuela debe caminar alrededor de 40 minutos por un camino de herradura.
“Yo camino todos los días para venir a enseñar. A veces se siente el cansancio, pero cuando uno llega y ve a los niños esperándolo se le olvida todo. Ellos lo reciben a uno con cariño y eso lo anima a seguir”, relató con sencillez.
Los Centros Comunitarios de Educación Prebásica (Ccepreb) funcionan en comunidades donde no existe un jardín de niños formal, y su éxito depende de facilitadoras y tutores voluntarios.
En el aula de Carmen, el aprendizaje comienza con juegos, canciones y ejercicios para fortalecer la motricidad fina de los niños. Antes de tomar un lápiz, realizan actividades como rasgar papel, formar bolitas o pintar con las manos.
“Primero nos conocemos, jugamos y cantamos y después hacemos técnicas como rasgado de papel o corrugado con las manos para que el niño fortalezca sus dedos antes de comenzar a escribir”, detalló la educadora.
Agregó que, con el paso de los meses, los estudiantes practican puntitos y rayitas hasta dominar las vocales, su primer contacto real con las letras y la escritura.
Pero más allá de la enseñanza de letras y números, el aula de Carmen es un espacio de afecto y confianza. “Cuando el niño llega del hogar muchas veces no sabe manejar el lápiz. Por eso empezamos despacio, para que cuando llegue a primer grado ya tenga una base. Ellos se acercan, le agarran confianza a uno y son pequeñitos que necesitan que los traten bien”, comenta con cariño.
Sin embargo, el esfuerzo de Carmen contrasta con la realidad económica que enfrenta al trasladarse todos los días al centro de enseñanza, ya que, como facilitadora de prebásica, recibe apenas 1,000 lempiras al mes, y ese dinero ni siquiera llega de manera regular, sino cada seis u ocho meses.
"No lo recibimos mensualmente. Cuando vamos a cobrar nos dan varios meses juntos. A veces esperamos hasta agosto u octubre para recibir el dinero", relató la educadora a EL HERALDO.
A pesar de esta situación, Carmen encuentra motivación en los resultados de su trabajo, ya que muchos de sus antiguos alumnos ya son adultos, e incluso, algunos regresaron a la misma escuela, ahora como docentes. Uno de ellos es José Manuel Gómez Fúnez, quien recuerda: “Con ella aprendí a leer y escribir. Yo la recuerdo como una excelente maestra y ahora regresó a mi escuela no como alumno, sino como docente”, expresó con orgullo el ahora docente.
José Manuel imparte clases en cuarto, quinto y sexto grado y asegura que el trabajo de las facilitadoras es fundamental: “Los niños que ellas nos entregan ya vienen aptos para lo básico: tomar el lápiz, hacer rayitas, escribir las vocales”.
Carmen Rodríguez continúa su caminata diaria por los senderos de Turturupe, siempre con la motivación de ver a los niños crecer y aprender. “A mí siempre me han gustado los niños. Este año ya no quería continuar, pero el amor por ellos lo hace seguir. Solo pedimos que valoren nuestro trabajo y que nos den un pago más justo”, concluyó la entrevistada mientras el sol del mediodía caía lentamente sobre el techo de la escuela Francisco Morazán.