Tegucigalpa, Honduras.- Con un “bienvenidos a mi oasis”, Mayra Oyuela (Tegucigalpa, 1982) nos abre las puertas de El Nodo, un espacio construido a pulso, sostenido con recursos propios.
Antes de sentarnos nos presenta a Roma, una perra mediana y rolliza que encontró en la entrada de un evento cultural —desnutrida, sucia, sin nadie que respondiera por ella— y se trajo a casa. Hoy no se le despega.
Oyuela la menciona con la misma calidez con que, minutos después, hablaría de su abuela, oriunda de Texíguat, de las historias que le contaba y de los antepasados que le poblaron la imaginación antes de que ella supiera que eso tenía un nombre.
Formada en la Escuela Nacional de Bellas Artes (ENBA), Oyuela lleva tres décadas construyendo una obra poética —y una presencia cultural— en un país donde el arte existe, casi siempre, a pesar de todo.
El Nodo —un año de existencia, una vida entera de deseo— es el lugar donde esa “terquedad” encuentra su propio espacio. Conversamos adentro mientras los últimos rayos de sol se inmiscuían por el balcón.
Hay quienes dicen que la poesía no cambia nada, que es como un “lujo bonito” en un país en llamas. ¿Qué les responde?
Si lo pensamos desde esa perspectiva tan pragmática, es cierto que el arte y la poesía no cambian nada (...) pero sí pueden hacernos vivir mejor y tener recorridos más profundos para reflexionar sobre nuestros propios pasos.
Antes de Bellas Artes, de Pablo Neruda y de saber que existía algo llamado poesía, ¿cómo era usted?
En mi casa no había libros. Crecí con una madre soltera y las necesidades pasaban por otro lugar; los libros eran un lujo.
Me acerqué a la poesía y al mundo de las imágenes por mi abuela y su tradición oral. Me la transmitió y me creó un imaginario enorme. No me hicieron falta libros, la tenía a ella.
Usted comenzó a escribir alrededor de los 13 años, ¿qué escribía y para quién?
Tenía mucha necesidad de decir lo que sentía, pensaba y miraba. Quizá me escribía a mí misma, o a la Mayra adulta, pidiéndole que siguiera ese recorrido.
¿Cuándo considera que se confronta verdaderamente con la poesía?
En una ocasión, el poeta Rubén Izaguirre me invitó a una lectura. Yo estaba entre el público y él me llamó al escenario para leer un poema. Leí como pude, sin levantar la vista. Sentí que se me iba el mundo. Cuando terminé, vi a mucha gente joven aplaudiendo. Era una sinergia.
Su primer acercamiento con la poesía hondureña fue a través de las obras de Clementina Suárez, ¿por qué ella?
Cuando la leí entendí la dimensión de la feminidad y su fuerza. En ese tiempo había mucha censura y poco espacio para los pensamientos femeninos. Con el tiempo hemos ido rompiendo esos diques como mujeres, tomando la palabra y diciendo “aquí estamos”.
Creció como poeta en los noventa, en un país y en una escena literaria donde la mujer tenía que trabajar el doble. Hoy la dinámica es diferente, ¿cómo es ser la misma poeta en dos Honduras tan distintas?
Fue muy solitario. Era la única mujer en los colectivos en los que participaba y además era más joven. Había que ganarse un espacio todo el tiempo y demostrar mucho.
Su primer libro reúne textos que escribió entre los 17 y los 21 años, ¿cómo era la poeta que entregó ese primer manuscrito?
Tenía ingenuidad, deseo de decir cosas, ímpetu y energía. Pero también soy yo, no puedo negar esa parte de mi vida. Si pudiera regresar, sacaría muchos textos, pero quedaría con dos o tres poemas que todavía respeto.
¿Qué la preocupaba en esa etapa?
Me preocupaba todo y nada al mismo tiempo. Quería experimentar, leer, conocer el mundo. También me preocupaba el entorno de violencia y cómo iba creciendo, cómo el ciudadano iba perdiendo el derecho de caminar por la ciudad.
¿Qué la preocupa actualmente?
Que la violencia se naturalizó. Ya no nos preguntamos por qué no podemos caminar en las calles; simplemente no podemos. Eso es una brutalidad. No es normal vivir así.
¿Se ha sentido acosada?
No tengo un recuerdo de no acoso. Hemos sido condenadas a la cosificación. He sufrido acoso de muchas maneras. Incluso en espacios con compañeros que parecieran más inteligentes.
¿Ser referente de la poesía y una figura de expresión le pesa?
Sí, es una tremenda responsabilidad. (Para) elegir hacer arte en un país como este hay que tener los ovarios bien puestos.
¿Cómo asume el homenaje en el Festival de Los Confines en el punto actual de su trayectoria?
Es complicado. No lo digo desde una falsa humildad. Los homenajes los recibo con enorme gratitud, porque son una muestra de cariño y reconocimiento a mi trayectoria, a mi trabajo literario y a mi necedad de seguir haciendo arte y cultura en
este país. Pero como no soy la única que lo hace, me cuesta aceptarlos.
¿Qué opina de la nueva generación de poetas?
Son valientes. Me encantaría decir que hemos logrado espacios más sólidos y mayor apertura institucional, pero seguimos siendo, en gran medida, independientes y autogestivos.
Si el gobierno le diera recursos y carta blanca para hacer una sola cosa por la cultura en este país, ¿qué haría?
Una política cultural. Sin ella no se puede avanzar. No se trata solo de producción artística, sino de territorio, pertenencia y derechos. La cultura es un pilar invisible de la democracia y se debe legislar a favor de ella.
¿La poesía todavía la sorprende o ya sabe quién es cuando escribe?
Espero no perder nunca la sorpresa. El día que mi fin sea escribir libros y no vivirlos y sentirlos, estaría perdida. No quiero creer nunca que ya lo logré, porque no es cierto.
¿Qué le diría a la joven que decidió tener un día uno con la poesía?
Le agradecería por haber sido tan terca, por haberse atrevido a escribir.
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