Jorge F. Travieso: “La antropología es lo mejor que me pudo haber sucedido”

La literatura y la fotografía fueron sus primeras pasiones; luego se sumó la antropología y, en una especie de azarosa convergencia, las tres han construido una trayectoria cimentada en una sensibilidad que le ha permitido profundizar en Honduras

  • Actualizado: 29 de septiembre de 2026 a las 11:46
Jorge F. Travieso: “La antropología es lo mejor que me pudo haber sucedido”

Tegucigalpa, Honduras.- Jorge Federico Travieso quiere ser inmortal. En una habitación que no supera los diez metros cuadrados está almacenada una parte de su vida: cajas con miles de fotografías tomadas a lo largo de más de cuatro décadas. Dice que quiere digitalizar todo ese trabajo, pero que, para lograrlo, "necesito un pase en mi inmortalidad".

Llegamos a su casa y, al nomás entrar, uno ya sabe que está cruzando un umbral hacia un mundo donde la fotografía, la antropología y la literatura le han dado forma a un hombre que se ha dedicado a lo que le apasiona.

Ha recorrido miles de kilómetros en esta Honduras a la que llegó antes de cumplir un año. Hijo de madre mexicana y padre hondureño, padre de tres hijos y esposo de una antropóloga ecuatoriana, nuestro entrevistado habla con el saber de una persona que observa... y mucho.

Sus primeras pasiones fueron la literatura y la fotografía. Por eso, a su biblioteca le dice “mi museo”, y a la habitación donde conserva su trabajo fotográfico le llama "mi santuario". En ambos puede pasar horas, como si el tiempo no fuera un asunto de relojes.

Por esa afinidad con el arte llegó, no por casualidad, al Cine Taller de Honduras en la década de los 80 e integró la producción del documental “Maíz, copal y candela” (1983), junto a Mario López, René Pauck, Vilma Martínez y Atanasio Erranz. Ahí comenzó su trabajo de documentación de la cultura lenca. Posteriormente, desde la carrera de Letras de la UNAH, trabajó en una investigación que dio como resultado el libro “Tradición oral indígena de Yamaranguila”.

Durante una década se dedicó a estudiar e investigar a Honduras, hasta que llegó la beca Fulbright que, por azares del destino, no le permitía estudiar Sociología de la Literatura, pero sí Antropología. Entonces, como él mismo dice, llegó a la Antropología “de chiripa, sin embargo, ha sido la mejor chiripa de mi vida”.

¿En qué momento se da cuenta de que estudiar Antropología fue lo mejor que pudo haber sucedido?

Mientras estaba en la maestría, en la facultad de antropología. Por un lado los demás estudiantes, los más avanzados, los estudiantes del PhD y los mismos maestros me mostraban cierta deferencia, podríamos decir, cierto respeto porque yo ya tenía experiencia de campo. En la filmación de "Maíz, copal y candela", en el estudio de Yamaranguila, entonces de alguna manera eso me hizo sentir "aquí pertenezco", y eso fue absolutamente clave para mí.

¿Qué de su trabajo ha generado una transformación en su pensamiento?

Mi contacto con la gente. Llegar a conocer a la gente, ganarme su confianza, lograr que me abran puertas en momentos profundamente personales, íntimos, y eso me ha permitido, particularmente en el caso de los lencas, conocer muy a fondo su cosmovisión, su forma de ver el mundo, de estar en el mundo y desarrollar un profundo respeto hacia ellos.

¿Cómo se aprende a mirar al otro sin convertirlo en objeto de estudio?

Hay que desaprender toda esa carga que uno lleva dentro, a deshacerse de una serie de preconcepciones, de prejuicios y simplemente reconocer en ese otro una humanidad compartida. Abordar el estudio como un intercambio entre seres humanos.

¿Qué aspectos de la cultura hondureña considera que no hemos aprendido a observar?

Los hondureños somos profundamente desconocedores de nuestra historia. Y al desconocer la historia no hemos logrado desarrollar una percepción de nosotros mismos que nos permita valorar nuestra historia y cultura, incluso nuestro presente. Y consecuentemente la marginalización de los pueblos originarios viene también de ahí, del desconocimiento de quiénes son.

¿Qué ha descubierto sobre el ser humano desde su trabajo como antropólogo?

La relación profunda e íntima que tienen los indígenas, los campesinos, con la naturaleza. Una relación, al menos en ciertos aspectos, muy importante, una relación muy positiva. Lamentablemente ha habido cambios históricos que han conducido a que algunos de sus conocimientos y sus prácticas pierdan vigencia.

¿Qué ha descubierto sobre usted mismo?

Que esa cultura no estaba tan lejos como yo creía, que aún en mi vida cotidiana de la infancia había elementos indígenas que eran parte de la vida cotidiana de aquel tiempo y que todavía subsisten en buena medida en la cultura mestiza nuestra.

Don Lucas Gómez y don Desiderio Rodríguez, tamatines lencas, leen los pulsos a Jorge Federico Travieso (2019).

¿Qué prejuicios propios ha tenido que desmontar gracias a su trabajo?

Hay ciertos prejuicios de orden social que no nos permiten ver a ese otro como igual. Entonces sí creo que tenemos que derrotar esos prejuicios. No voy a decir que yo tuve una educación racista, pero sí una educación en la cual las diferenciaciones sociales eran marcadas. En todo Honduras esas diferenciaciones son muy marcadas. Pero al estar en una situación de tú a tú en el campo, yo no puedo permitir que eso entre en mi forma de ser. No puedo. No podría hacer un trabajo honesto, sincero. No voy a decir que logro una objetividad total, eso es imposible. Yo estoy muy presente en todo mi trabajo.

Con frecuencia escribo en primera persona porque sé que mi percepción está conformada por todo un bagaje que vengo cargando y del cual no puedo deshacerme al 100%. Además que esa objetividad total es pura ficción, no existe. Ningún ser humano es puramente objetivo. El asunto es no permitir que ese bagaje distorsione nuestra relación con ese otro. Sea indígena, sea campesino, sea colega académico.

Yo he trabajado con gente que me ha generado serios anticuerpos, precisamente por eso, porque llegan al campo y empiezan a tratar a los campesinos, a los indígenas desde una superioridad que es destructiva para el trabajo mismo. Lo he visto en funcionarios gubernamentales, lo he visto en otros académicos, aunque afortunadamente no tanto, pero sí lo he visto y a veces con resultados dañinos para ese mismo trabajo. La otra persona se puede cerrar y negar la información o distorsionarla, porque a veces ocurre, le cuentan cuentos a uno solo por no llevarlo por una ruta determinada, y con todo el derecho del mundo.

¿Considera que ha habido una frontera entre su trabajo fotográfico y antropológico o las dos forman parte de un mismo cuerpo?

Son parte de un mismo cuerpo. La fotografía para mí no es únicamente un registro de hechos. Es una herramienta de trabajo. En muchos sentidos yo he sido muy perezoso. Me cuesta horrores tomar notas de campo. Por otro lado también me di cuenta de que sí le dedicaba mucho tiempo a tomar las notas, mientras escribía me estaba perdiendo muchísimo. Entonces yo dependo y doy gracias por la tecnología. Mi grabadora y mi cámara están funcionando constantemente y eso me permite concentrarme en el momento, tener una interacción mucho más fluida con la situación y con las personas, y después regreso y analizo, vuelvo a analizar y regreso a las fotografías y a las grabaciones, y hago transcripciones y edito y así voy construyendo lo que escribo. Entonces en el trabajo de campo no le dedico mucho tiempo a la escritura, me cuesta horrores.

Danzante del Garrobo, La Campa, Lempira (1981).

Son casi las cuatro de la tarde y nuestro entrevistado, además de tener pasión por todo lo que hemos mencionado, también la tiene por el café. Nos invita a uno y, entre sorbo y sorbo, conversa y responde.

Habla de la fotografía como si fuera un asunto de curiosidad o registro de instantes que, con el paso del tiempo, adquieren otra categoría, algo que suena importante, serio, nostálgico: la memoria. Y así, la fotografía no es solo un asunto de estudios y álbumes, es un asunto de identidad, de construcción, de reconocimiento de sí mismos y del tiempo, de momentos que quizá nuestro cerebro desechó y la captura de una cámara resguardó.

¿Cómo decide qué fotografiar?

Fotografío cualquier cosa que me sea útil. Hay tomas que hago simplemente porque necesito ilustrar algún aspecto del trabajo. Y hay otras tomas en las que me interesa captar los aspectos emotivos, de ambiente, las reacciones de la gente. Y hay momentos en que simplemente digo: “Aquí hay una composición espectacular, y si no la tomo soy mal fotógrafo”. Entonces, hay distintos criterios, no todas las fotografías las tomo por una misma razón.

Y en eso de fotografiar lo que es útil, también hay fotografías que han sido producto del aburrimiento, como cuando volaba de Bruce Laguna a Puerto Lempira y poco tiempo después del despegue "el piloto se dio cuenta que le había entrado agua al tanque de gasolina y que simplemente no podía seguir usando eso. Entonces hizo una serie de cambios y dijo ´apenas tenemos combustible para regresar´, y cuando dio la vuelta vi un paisaje tan excepcional, una toma aérea de la laguna de Rapa, que hasta la fecha es de los mejores paisajes que he tomado, pero iba con la vaina de que al rato hubiese sido mi obra póstuma. Pero lo tomé, a veces uno no se da cuenta. Yo empecé a tomar fotografías por la ventana de las avionetas en La Mosquitia, básicamente de puro aburrimiento porque volaba con mucha frecuencia, estaba trabajando en la titulación de tierras en la reserva del Río Platano. Y hacía tomas simplemente porque el paisaje me gustaba, porque la composición me gustaba y de vez en cuando pues uno se lleva sorpresas. Tengo una fotografía, la tomé porque el paisaje me gustó y ya viéndola en pantalla y ampliando para ver el detalle, me doy cuenta de que hay una narcopista en la toma. Y hay dos personas paradas en medio, además. Y yo la tomé simplemente porque el paisaje me gustó y no me daba cuenta de lo que ahí había. Así que tengo un registro totalmente aleatorio de la narcopista".

¿Qué hace que una fotografía trascienda el registro y se convierta en un documento antropológico?

Hay muchos aspectos de la cultura que no están registrados, que no los vemos como objeto antropológico o como objeto de la antropología, simplemente porque lo vivimos cotidianamente. Hay una complejidad social y cultural ahí adentro que no reparamos en ella porque es parte de la vida cotidiana, tendemos a pensar que la antropología tiene por objetivo solo la marginalidad. Y no es así. Nuestra cultura es un objeto antropológico, un estudio antropológico perfectamente legítimo. Y creo que sería importante empezar a abordarlo ya.

Del café pasamos a su "santuario". En la habitación hay cajas con negativos y amplificadores. Por un instante, en esa habitación son él y mi compañero fotógrafo quienes protagonizan la conversación. Hablan de fotoestudios, negativos, amplificadores, procesos fotográficos, lentes, cámaras, de planos focales. Del dolor que da que un lente se quiebre, de lo que sucede ahora con la fotografía y esa práctica de que lo que no logró hacer el fotógrafo lo hace la IA.

Que a ambos les gusta más la fotografía en blanco y negro, y la plática continúa en que nuestro entrevistado trabajó en cuarto oscuro, que le costó un poco dar el paso al color. Nos invita a ver los negativos, enciende luces, registra cajas y su mundo se abre: fotos de trabajos con los tolupanes, garífunas, misquitos y lencas, algunos registros con fecha y otros sin ella.

Nos cuenta, mientras revisa sus archivos, que la única clase de fotografía que recibió se la dio un amigo: "Le dije, ´quiero aprender fotografía´", trajo su cámara, la cargó de película, me la entregó y me dijo ´dispará´. Y esa fue la única clase que me dio".

¿Qué hace que una fotografía sea buena?

La responsabilidad de encontrarle el significado. Porque el significado se lo dan ellos, no se lo doy yo. El fotógrafo, el etnógrafo o el escritor que cree que él le está dando el significado, está completamente equivocado. Si yo estoy registrando un ritual lenca, el significado se lo están dando los lencas, no yo. Creer que soy yo sería intensamente pretencioso de mi parte.

¿Qué ha aprendido de la fotografía?

Que hay aspectos que solo se perciben con el paso del tiempo. Entonces, en la fotografía darse cuenta de que si bien capta un instante, no existe solo en ese instante, existe a través del tiempo, y que cualquier fotografía que yo tome hoy puede ser un insumo para una tesis de PhD dentro de 300 años. Y esa es una parte distinta de la fotografía, el empezar a ver mi fotografía como documentos.

La entrevista sigue su curso, no es un encuentro estático donde hay dos sillas, es un recorrido por una casa que se erige como una bóveda que resguarda muchos tesoros.

Mujeres navegando un pipante cerca de la desembocadura del Río Patuca, en Barra Patuca, Gracias a Dios.

Y así llegamos a su "museo". Lo que prima son los libros, desde el piso hasta el techo, en partes ordenados y en otros un caos. Hay de todo, el mundo puede caber en un estante: literatura latinoamericana y europea —especialmente inglesa—, narrativa, poesía, antropología, historia, biografías, diccionarios... Nos cuenta que es un lector "hábil, pero muy indisciplinado", y que eso afectó su rendimiento universitario, "mis notas no fueron la gran cosa", dice sonriendo, como quien sabe que un número en un historial académico no es una sentencia de vida. "En esa época podía interesarme en un autor y me olvidaba de mis clases y me leía las obras completas de ese autor". Al mismo tiempo, alimentaba su profunda afición al cine, y fue cuando empezó a hacer fotografía.

De ahí se deriva que le guste escribir cuentos, ha publicado sueltos unos pocos, también ensayos y en mayor medida sus investigaciones antropológicas, entre ellas: "Gregor MacGregor, Poyais y el Reino Mosquito”, “Persistencia y cambio en las cofradías indígenas de Honduras”, “Levantamiento de Ángel y Pago de Agua, dos ritos lencas” y “La conquista como símbolo en la literatura oral lenca de Honduras”.

"He mantenido esa visión literaria en mi trabajo antropológico. Siempre que escribo procuro desarrollar mis ideas de una manera que fluya como narrativa", dice.

Además tradujo la obra de O. Henry “De repollos y de reyes”.

Pero el asunto no termina ahí, "la música es otra de mis pasiones. Tengo una colección de discos en vinilo, cassettes, CDs y una computadora llena de música, y reconoce que escucha sobre todo jazz.

Si en una foto pudiera resumir toda la aventura de su vida, ¿Cuál sería la ideal?

Sería una foto en la que aparezco con la cámara en la mano, la grabadora en el bolsillo y estoy en medio de una montaña caminando hacia una casita de adobe y tejas donde sé que voy a encontrar una riqueza enorme.

Si pudiera utilizar tres palabras para resumir toda su vida, ¿Cuáles serían?

Ahí sí ya me lo puso tremendamente difícil. Creo que mi mayor logro son mis hijos, entonces, sería padre, escritor y fotógrafo.

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Samaí Torres
Samaí Torres
Editora de la sección Vida

Licenciada en Periodismo por la UNAH. Máster en Crítica y Comunicación Cultural por la UAH y Máster en Alta Dirección Empresarial por la EOBS y la UCAM. Es periodista cultural de El Heraldo desde 2011.

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