Tegucigalpa, Honduras.- Carlos Ordóñez (Choluteca, 1982) tiene una manera sobria de presentarse... en lugar de enumerar cargos o títulos, prefiere decir que su vida ha sido “un camino errático” y que no ostenta “ninguna ejemplaridad”.
Lo dice sin complicaciones, casi con alivio, como quien se quita un peso de encima. Y sin embargo ahí está. Doctor por la Universidad de Salamanca, poeta que de joven prolongaron Roberto Sosa y Eduardo Bähr, y desde hace poco más de cuatro años director de la Editorial Universitaria de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH).
Quizá no es modestia impostada; es, más bien, una convicción casi teológica de que la vida —la suya, la de cualquiera— carece de brújula, y que ese extravío, lejos de ser un defecto, es el único mapa fiable hacia el conocimiento.Su trayectoria, contada por él mismo, tiene la estructura zigzagueante de una vida que se resiste a lo lineal, lo normativo.
El periodismo, elegido casi por descarte tras leer las memorias de Neruda; el cine, estudiado en La Habana por sugerencia casual de un profesor; una epifanía en mitad de la selva amazónica, frente a un río sin orillas visibles, que lo empujó —“sin un peso en el bolsillo”— hacia Salamanca y el doctorado en Literatura Hispanoamericana; y finalmente Brasil, donde vivió varios años entre la academia y, confiesa con una punta de ironía, “el pecado” de trabajar analizando telenovelas para la televisión.
Hoy dirige una editorial universitaria desde una oficina que no se parece en nada a la selva ni a las bibliotecas de Salamanca. Cambió la epifanía por las reuniones, el poema por el catálogo de publicaciones, y dice sentirse agradecido por cada uno de esos cambios. Pero hay algo que no ha cedido con los años ni con el cargo, sigue creyendo, como escribió Gamoneda, que “la belleza no es un lugar donde van a parar los cobardes”. Y hablando con él, uno entiende que se ha tomado esa frase muy en serio.
Usted ha dicho que no ostenta “ninguna ejemplaridad” y que su vida ha sido un camino errático. ¿Por qué empezar una entrevista sobre su trayectoria negando que haya algo ejemplar en ella?
Sí, suscribo 100% esas palabras, que ciertamente son prestadas de mis maestros, de las personas en las que he creído y que me han hecho formar una conciencia poética y ética de la existencia. Creo que eso es la vida, un camino errático. No puede ser de otra manera más que un camino sin brújula en los mapas del misterio, del aprendizaje, del conocimiento, de la poesía.
Nació en Choluteca, se crió en Orocuina, el pueblo de los poetas, según sus palabras. ¿De qué tuvo que desprenderse de esa infancia para convertirse en lo que hoy es?
Absolutamente nada. No me he desprendido ni un solo grano de maíz de una mazorca de mi pueblo. Soy y siento un profundo orgullo de haber nacido en esa tierra de brujos, dicen algunos. De poetas, digo yo, porque me refiero a los hombres y mujeres que, con la paciencia, con el esmero, con el trabajo, con sus fuerzas ante la adversidad, han creado un camino y una conducta. Me debo a esa cultura, a esa familia, a esos vínculos del terruño donde me crié. Ahí aprendí a ver las primeras estrellas del firmamento, el trabajo de mi abuelo, los primeros salmos, las primeras lecturas: la poesía primordial que es la vida y la existencia.
Haciendo una introspección de su infancia, ¿qué anécdota memorable podría compartirnos?
Me une esta anécdota a dos personajes fundamentales en mi vida. Mi abuelo, que era un campesino que en su tarjeta de identidad antigua, que parecía un pasaporte, decía: “Oficio: labrador”. Cuando caminábamos hacia el otro lado del río, porque él iba a ordeñar las vacas, yo lo acompañaba junto a un perrito aguacatero. Él me iba mostrando las primeras estrellas y me las dibujaba en el firmamento, nombrándolas con las palabras que sabía: “Aquí están las siete cabritas. Aquí está el arado. Aquí hay un cucharón”. Y muchos años después vino a este país el gran poeta Juan Carlos Mestre, y lo escuché en la Biblioteca Nacional decir unos versos que llevo siempre en mi mente: “Mis antepasados inventaron la Vía Láctea y dieron a esa intemperie el nombre de la necesidad”. Eso fue para mí el encuentro de dos épocas, de dos personajes, de dos conductas éticas que han marcado mi vida.
En una ocasión anterior, usted relató una anécdota, que lo habían expulsado del colegio por dejarse el pelo largo. Si hoy tuviera que expulsar algo de su propia vida —una costumbre, una idea, un miedo— para entrar en una mejor etapa, ¿qué sería?
Ya he expulsado una parte del cabello. Sí, no me arrepiento de mis actos. Tan solo de mis resultados, a veces. (...) Yo no hubiese sido escritor, no me hubiese dedicado a la literatura, de no ser porque tuve que salir de un colegio por rebeldías personales, no tanto por el cabello. Yo era una persona muy inquieta y, en cierto modo, repelía cierta autoridad autoritaria. (...) Y simplemente, esos errores me condujeron a poder acogerme a un libro, a leer, a conocer mundos, conocer nuevos escritores.
De ese impulso por conocer mundos nació, años después, su paso por el cine. Estudió guion en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de La Habana, trabajó en Venezuela, y terminó filmando un documental en pleno Amazonas. Fue ahí, en medio de la selva, donde tomó la decisión que cambiaría el resto de su vida.
¿Cómo se hace epifanía en medio del Amazonas?
Recuerdo que estaba con el equipo de producción, apenas tres personas; una codirectora, un fotógrafo y un sonidista. Habíamos tenido ciertas decepciones con el personaje del documental, puesto que sus palabras contradecían sus actos. Una cosa era el individuo que clamaba por los derechos del hombre y otra era el nefasto personaje que nos reveló en el camino. Esa decepción generó en mí una especie de divorcio con las creencias en ciertos personajes e ideologías. Y me di cuenta de que la única ideología posible para mí estaba en la belleza y la verdad que existen en las palabras. No tenía ni un peso, pero les dije a mis compañeros que me largaba y me iba para España.
Aquella decisión lo llevó a Salamanca, donde cursó el doctorado en Literatura Española e Hispanoamericana entre 2007 y 2010, y de ahí a Brasil, donde vivió hasta 2016 completando un máster en la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro. En 2016 regresó a Honduras, y en 2022 asumió la dirección de la Editorial Universitaria de la UNAH, cargo desde el cual habla hoy, aunque su conversación, se nota enseguida, sigue orbitando más alrededor de la poesía que de la gestión
Usted ha dicho que para ser poeta hay que “vaciar el yo”. ¿A qué se refiere exactamente con eso? ¿No podría entenderse también la poesía, por el contrario, como un acto profundamente egocéntrico?
Definitivamente, la poesía no puede ser un acto egocéntrico. Si bien es verdad que muchas veces termina no en la poesía, sino en la propia naturaleza humana, porque el conocimiento a veces envanece a algunos. Pero cuando hablo de que el poeta debe estar vaciado de ego, hago referencia a las palabras de John Keats, que decía que poeta es aquel que frente a un otro se siente su igual, sea este un rey o el último del clan de los mendigos. Es el trabajo de ir limpiando esas asperezas del ego. No escribimos para sentirnos orgullosos de nuestros libros y apilarlos y mostrarlos. La poesía elimina esos verbos, porque un verdadero poeta debe de ser el ciudadano más útil de la tribu.
¿Y cuál es su valoración general de la poesía en Honduras?
Es un acto profundo de resistencia. De resistencia al mal. Una persona que se dedica a la poesía en un país como este, para mí, tiene el máximo respeto, porque es un acto valiente en una sociedad que desprecia esos valores. Se requiere una valentía, porque no es un camino fácil. La belleza no es un lugar donde van a parar los cobardes, decía Antonio Gamoneda. Pero todos aspiramos a la belleza. La gente se parte el alma en el trabajo para tener instantes de poesía: para comprar música, para consumir libros, para viajar. Cuando queremos manifestar algo a alguien, buscamos las palabras más hermosas. Ahí está la poesía.
Su llegada a la Editorial Universitaria fue, como casi todo en su vida, cosa del azar. Una amiga envió su currículum a un concurso interno sin que lo supiera del todo, y la llamada lo tomó por sorpresa.
Siento una profunda gratitud por la universidad. Amo con toda mi pasión esta universidad. Desde que despierto pienso en la universidad y me duermo pensando en la universidad. Mi papel aquí es de un servidor público. Organizamos clubes de lectura, publicamos libros de todas las disciplinas en formatos impresos y electrónicos, donamos libros, trabajamos con el sistema bibliotecario en los centros regionales, trabajamos en el desarrollo de la revista junto a la Dirección de Investigación Científica. ¿Qué puedo pedirle a la vida y a esta institución? Me da todo.
Desde una trinchera diferente, pero siempre con el propósito de promoción.
La mejor trinchera que puede existir, porque es una trinchera de servicio, de educación, de cultura, de poesía. No existen componendas de índole político o malversadas por poderes nebulosos o fácticos. Es la máxima casa de estudio del país, pública; el pueblo hondureño nos da esta oportunidad de servirle. Solamente siento gratitud.
Si el tiempo obligara a elegir una sola herencia, ¿preferiría que lo recuerden como poeta o como el hombre que dirigió esta editorial?
Me gustaría dejar a mis espaldas, cuando tenga que caminar hacia el gran misterio, muchos libros. Me gustaría simplemente habitar en esas palabras. El libro es muy humilde. Ahí se queda. Permite que lo empolven, permite que lo ensucien, permite que lo desprecien, permite que lo quemen, pero nunca se va a poder quemar el conocimiento que deja. Eso no se quema, eso es imperecedero
El poeta sin filtro
Antes de la entrevista formal, hay un instante que merece ser mencionado: el de las preguntas rápidas, esas que no dejan tiempo para construir metáforas. Ahí, despojado de la solemnidad del discurso, Carlos Ordóñez respondió sin pensarlo demasiado. Prefiere a los Beatles sobre los Rolling Stones, a los gatos sobre los perros, y no duda ni un segundo al nombrar el mayor amor de su vida: “Mi hija, Camila”. Del envejecer dice, casi con sorpresa, que no le teme: “Me encanta”.
Le preguntamos por el rasgo que más deplora de sí mismo y, por primera vez en toda la conversación, el poeta titubeó, “esta es una introspección”, respondió, dejando la frase inconclusa, como quien prefiere no mirar del todo hacia adentro. De los demás, en cambio, no dudó: “La mentira, la corrupción, la maldad”. Dijo que su posesión más atesorada es “la poesía, la educación, los libros”, y que si pudiera devolverle la vida a alguien, sería a su abuelo.