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'Quiero que quien me lea adquiera otra visión del mundo”

Uno de los grandes escritores de la literatura hispanoamericana.

13.09.2013

“Siempre le pregunté a mi madre ¿por qué se apuró y no dejó que yo naciera el 29 de febrero?, cumpliría años cada cuatro años, pero ella siempre me decía que fui yo quien se apresuró”.
Así comenzó una amena entrevista concedida por Julio Escoto, uno de los grandes de la narrativa hondureña e hispanoamericana.

Nació en San Pedro Sula el 28 de febrero de 1944. A sus 69 años, este novelista, cuentista, ensayista y articulista no cesa de escribir y de soñar con una sociedad hondureña regresando a la ética, al respeto por la vida y al respeto de la propiedad, como puntos de partida para caminar hacia un futuro mejor.



¿Quiénes fueron sus padres?

Mi padre fue Pedro Escoto López, originario de Santa Bárbara. Él a los veinte y tantos años se convirtió en el telegrafista y mecanógrafo más veloz del occidente, pero un día de tantos pasó una revolución por Santa Bárbara y se lo llevaron para Tegucigalpa. Allá estuvo empleado en el telégrafo, después en San Pedro Sula. Como era muy lector, le encantaban las revistas, los libros, entonces decidió fundar un pequeño periódico que llamó El Alfiler. Este semanario lo publicó en San Pedro Sula durante 27 años, hasta que murió. Mi madre Concepción Borjas Cabrera era de San Marcos, Santa Bárbara.
¿Usted dónde nació?

Nací en San Pedro Sula, en el centro, a la par de lo que hoy es la regional del Banco Central, el 28 de febrero de 1944, año bisiesto, a las 9:30 de la noche. Siempre le pregunté a mi madre porqué se apuró y no dejó que yo naciera el 29 de febrero, cumpliría año cada cuatro años, pero ella siempre me decía que fui yo quien se apresuró a nacer.
¿Qué recuerda de su infancia?

Tuve una infancia feliz. La recuerdo con mucha añoranza. Esta etapa se termina cuando uno entra a la adolescencia, ahí vienen los problemas de identidad. Uno se pregunta ¿De dónde vengo? ¿Quién soy? ¿Para dónde voy? ¿Qué quiero ser? ¿Qué voy a estudiar? ¿Qué voy a ser como persona? ¿Cómo defino mi personalidad?, pero sobre todo yo entré a un colegio católico y ahí me llenaron la cabeza de todas las tonterías de la religión, más bien vistas como superstición que como razones morales. Estudié mi primaria en la escuela Ramón Rosa. Para mí los días eran ir a la escuela, regresar a casa, jugar en el patio, subirme a los árboles de guayaba, de mango, hasta la hora de la cena.
¿Ha cambiado la ciudad?

Vale la pena rememorar aquella época y compararla con el presente. La casa donde vivía estaba cerca de lo que hoy es el Hospital Leonardo Martínez.

Ese barrio todavía se llama barrio Lempira, aún por la Avenida Lempira que está ahí, pero en sus orígenes se llamó barrio Las Delicias. Más antes, allá por 1920, se llamó barrio Palestina, porque la mayor parte de los palestinos que vinieron al Valle de Sula entre 1905 y 1920 se ubicaron en esa zona. Tengo entendido que la estatua de Lempira que está en la avenida Lempira fue donada por la colonia palestina, una colonia que añoraba y vivía pensando en su original Palestina; los modernos árabes ya ni se acuerdan de sus antepasados palestinos para nada.

Estos palestinos traían a sus familiares de allá para que les ayudaran en las tiendas, pero, además de ello mandaban dinero para apoyar a la causa palestina.
¿Cuándo nace su inquietud por lo intelectual?

Muy temprano. Mi padre tenía muchos libros y revistas en casa, incluso algunos libros que no eran para niños y que yo alguna vez encontré escondidos y me los leía; eran novelas de amor, novelas picarescas, novelas eróticas, publicadas en Cuba, México. Con mi padre establecimos un acuerdo: si yo pasaba el grado él me haría el regalo que yo quisiera, él se atrevía, pero lo que usualmente le pedía eran paquines. Casi siempre al fin de año íbamos a la librería Paragón, en San Pedro Sula, y me compraba de 30 a 40 paquines para mis vacaciones, ese era mi premio por haber pasado el grado, pero al intercambiarlos con mis amigos, entre noviembre y febrero, leía 200 o más. Me doy cuenta ahora de que la razón de que me interese tanto el estudio del lenguaje es porque yo aprendí a leer mucho con los paquines, me ayudaron enormemente a dominar léxico, vocabulario, el diccionario, la redacción, porque palabras que yo no entendía me las explicaba el dibujo. He platicado con profesores de educación primaria y les digo que a los niños deberíamos enseñarles a leer con paquines, claro con paquines seleccionados, no de los que yo leía que eran corrientes, comerciales, y creo que los niños aprenderían con mayor velocidad. Esa fue una primera inquietud por el lenguaje, las letras, la lectura, la literatura.

¿Recuerda algunos paquines que leyó?


“Los Siete Alcones”, el pato “Donald”, “Lulú”, “Santo el Enmascarado de Plata”, todos esos circulaban entre todos los cipotes.
¿Cuándo da a conocer su primer texto?

En el instituto La Salle. Estaba en cuarto año. Los maestros dijeron que iban a publicar una revista y el director me vio directamente y me dijo: “mire, ya que su papá es periodista, usted tiene que escribir algo para la revista”, lo cual no era lógico, mi papá era el intelectual, no era yo absolutamente, pero él hizo la relación y me atribuyó a mí lo que era de mi padre y yo dije: sí, voy a probar.

En esos días cuando aprendía a manejar tuve una experiencia particular, una noche, cuando iba a estudiar donde un compañero, como era manudo, sentí que había pasado por encimada de algo y me asusté grandemente porque creí que había atropellado a alguien. Hay que entender que mi hermano murió en 1946 atropellado, entonces yo también experimenté el terror de haber atropellado a alguien y sobre eso escribí el cuento que se publicó en la revista del colegio.

El terror no era porque me podían castigar, porque podía ir a la cárcel, sino por el riesgo de haber cortado una vida humana. experimenté en ese momento un terror ético, y eso es lo que relato en el cuento, que ojalá Dios quiera nadie lo encuentre porque ha de ser muy malo.
¿Y cómo se llamó ese cuento?

Noooo… ni me acuerdo, y no se lo diría para que no lo vaya a encontrar, ja, ja, ja, ja, ja.
¿Al ver publicado su primer cuento, se lanzó a escribir?

Es una linda pregunta porque explica algo posterior. Resulta que envié el cuento, me gustó que apareciera mi nombre en la revista, a mi padre le gustó más desde luego. Los profesores me felicitaron en público. Sé exactamente que a partir de ese día mis compañeros me empezaron a tratar diferente, no faltó quien me hiciera changoneta, diciéndome: ahora sos escritor, ganas de molestar, la jodedera, claro. Pero yo sé que había otros compañeros que me comenzaron a ver distinto porque había aparecido en la revista del colegio, entonces aprendí algo que cambió mi vida en una manera significativa, entendí que había ciertos elementos de prestigio personal más valiosos que lo material, más valiosos que el dinero, porque había compañeros ricos, millonarios que tenían mucho dinero que no tenían el respeto que yo había conseguido, o sea lo que se llama la consideración social.

De repente yo alcancé sin dinero por una razón intelectual una consideración social que aquellos con dinero no podían comprar, ni podían conseguir; entonces me di cuenta que existía una línea de la vida, un campo de trabajo, una vocación que podía ser más dadora de satisfacciones que de lo material.
¿Lanzó su segundo cuento y comenzó a caminar?

No. Tardé mucho. Cuando me gradué del colegio mi madre, que sostenía la casa, me dijo: “yo ya le di el colegio, vea usted cómo continua”,
entonces empecé a buscar beca para poder estudiar, porque en ese tiempo -1961- no había en San Pedro Sula una universidad, sino que quien quería continuar sus estudios superiores tenía que irse a Tegucigalpa. Yo no tenía dinero. Solo había dos lugares donde daban becas del gobierno, en la Escuela de Servicio Social, que después se integró a la Universidad Nacional, y en la Escuela Superior del Profesorado Francisco Morazán, y ésta tenía la Carrera de Letras que era lo que yo quería, lo que me gustaba. Apliqué y me gané la beca y ahí fue cuando comencé a estudiar literatura propiamente y empecé a escribir con más continuidad cuentos, artículos, incluso gané un pequeño concurso dentro de la escuela y arrancó mi carrera literaria.
¿Después de tantos años escribiendo cree que alcanzó la cima?

Aquí hay dos interpretaciones, una es en lo interno, en lo personal. ¿Si estoy satisfecho con lo que he alcanzado? Un autor siempre piensa que su próxima obra será más grande que la anterior, siempre buscando la obra maestra.

En ese sentido no puedo decir que haya alcanzado la cima porque siempre quiero más, busco más calidad, sueño con escribir una obra más transcendente que las que he publicado. En el plano de difusión a nivel nacional e internacional si estoy muy contento, definitivamente. Tengo mucho respeto en Honduras. como escritor soy bastante conocido a nivel centroamericano y latinoamericano.
¿Cuál es el libro que más satisfacción le ha dado?

Tengo cariño particular por mi novela “El árbol de los pañuelos”, debido a que es mi primera novela, además de que con ella quedé finalista en un certamen muy importante de universidades centroamericanas que se realizó en Costa Rica. Fue una satisfacción enorme porque me di cuenta que podía competir a nivel internacional.

Los premios eso es lo que dan, seguridad personal. Más adelante en los años 80 gané un premio de cuento en España entre 900 participantes, fue una satisfacción enorme porque me di cuenta que podía competir a nivel internacional.

Luego hay otra novela que me da mucho agrado, que se titula “Rey del Albor, Madrugada”, que es muy extensa, es una indagación sobre Honduras, sobre Centroamérica en general, muy larga, una novela de 800 páginas, tardé 12 años en escribirla. Seymour Menton, uno de los más grandes críticos de la literatura hispanoamericana, escribió un ensayo muy elogioso sobre “Madrugada”, él la considera como uno de los libros principales de la literatura latinoamericana, eso es una satisfacción enorme.
¿Se puede vivir de la literatura?

Sí, pero no en Honduras. 60 por ciento de mis ingresos provienen de mis libros porque los ponen muchas universidades, colegios, y los reimprimo constantemente, pero el otro 40 por ciento son mis trabajos normales de editor, o de conferencista, tengo esta editorial, publico mis libros, pero también publico libros ajenos. Así que el 40 por ciento de mis ingresos provienen de actividades normales, lo que (Mario) Vargas Llosa llama las actividades alimenticias.

¿Y qué hay del reconocimiento estatal y social?

En Honduras existe una cosa muy rara con los artistas, el público quiere a sus artistas, a sus escritores, los admira, los respeta, pero aquí viene el problema, no compra sus obras.
¿A los artistas y escritores se les reconoce su trabajo hasta que mueren?

Sí, muchas veces vienen reconocimientos y premios cuando ya la persona murió, ¿qué gracia tiene? Rafael Murillo dijo una vez una cosa terrible: Honduras en el exterior es muy reconocida positivamente sólo por los artistas y los futbolistas. Los artistas siempre andamos por el mundo poniendo en bien el nombre del país y los futbolistas -hasta antes de hacerse comerciantes, mercaderes- también lo hacían. Antes la Selección era otra cosa, ahora es puro negocio, estos son los dos grupos que han hecho más por Honduras en el exterior.
¿Después de tantos años de escribir, cuáles siguen siendo sus sueños?

Son dos tipos de sueño, uno material y otro espiritual. El espiritual, por el cual ahora entiendo que empecé a escribir, no lo sabía al principio, es que quiero cambiar a la gente.

Quiero que quien me lea adquiera otra visión del mundo, que al cerrar la última página de uno de mis libros tenga una percepción distinta de la vida, claro, superior, no peor. Mi ambición material es alcanzar el mayor público posible, quisiera ser leído por gente de distintas culturas.
¿Cuáles son sus planes a futuro?

Sigo trabajando mi obra permanentemente, aunque no la publique. Por ejemplo terminé una novela hace dos años, pero no la he dado a conocer. No puedo dejar de escribir.

El día que deje de hacerlo es que ya estaré listo para irme a la tumba. Siento la necesidad intensa, e íntima de estar creando constantemente.

Yo parto de la idea que un amigo me dijo, que el mundo está mal hecho, yo creo que Dios hizo mal al mundo, pues hay injusticia, hay gente mala que tiene dominio sobre otro, hay explotación de los seres humanos, incluso me parece que la tierra no está bien hecha, debería haber nubes de colores, o nubes cuadradas, rectángulares, redondas, serían bellísimas.

Uno no debería morirse de la forma en que se muere, con dolor, con sufrimiento, uno debería ser como los elefantes, un día le es comunicado que ya terminó su tiempo y uno simplemente entra a un bosque, a una montaña, se despide, eso es todo y desaparece.
¿Su perspectiva sobre la actual situación de Honduras?

Yo he sido siempre un hombre optimista porque he visto el avance de Honduras en los últimos 60-70 años. El país ha crecido, Honduras es el país que tiene cinco aeropuertos internacionales en Centroamérica, el único que tiene una segunda ciudad a la altura de una capital, en el resto de la región no existe. Honduras tiene un potencial monstruoso en recursos naturales, el problema es que llegan malos gobiernos, malos políticos que hacen mal las cosas. Yo siempre conservo la esperanza de que pueda llegar un grupo político que va hacer bien las cosas.
¿Cuál debe ser el punto a enfocarse para superar esta crisis?

Hay que volver a la ética, lo ético es crucial, es fundamental. Lo que ocurre en Honduras es que hemos deformado y perdido nuestros valores.

Tenemos que volver a enseñarle a la gente el respeto al prójimo. El día que lo consigamos va a comenzar a bajar la violencia. Reeduquemos al hondureño en el respeto de la propiedad. La corrupción es un irrespeto a la propiedad social. El corrupto que llega al gobierno y roba de todo, le está robando a la colectividad, tenemos que volver a ese principio ético de no robar. Estos problemas no se resuelven con policías y militares en las calles, esto se resuelve con educación.