Hace apenas tres años, los incendios intencionales eran tan grandes que el humo cubría el cielo de la Amazonia, oscureciendo los días. Los árboles gigantescos estallaban en llamas. El hombre dejaba sus copas sin follaje a fin de permitir que crecieran los pastos usados para alimentar al ganado.
Las cenizas que caían en las inmediaciones de este poblado junto a la selva llegaban casi a la rodilla de quien caminara por la zona. Entre las capas negras había trozos candentes de madera que no se había consumido aún, brasas refulgentes que quemaban los pies desnudos de los niños.
Paragominas perdía selva a un ritmo más acelerado que el de cualquier otro lugar en la Amazonia.
Hoy, el poblado ha resurgido literalmente de sus cenizas para transformarse en pionero de las ciudades verdes, un modelo de sustentabilidad con una nueva estrategia económica, que ha detenido prácticamente la deforestación ilegal. Los expertos dicen que este cambio constituye la mejor esperanza para demostrar a los 25 millones de personas residentes en la Amazonia que el bosque tropical vale más vivo que muerto.
La transformación llegó después de que se sancionó a 36 condados donde ocurría la peor deforestación. Un embargo económico resultante dejó al pueblo con dos alternativas: podían resistirse a los cambios o buscar un nuevo camino y promover el desarrollo sin causar tanto daño al medio ambiente.
El alcalde Adnan Demachki es el inesperado guerrero ambientalista que ha encabezado el cambio. A sus 46 años, el abogado de gafas, que creció aquí, también encabezaba la alcaldía cuando la localidad figuraba entre los principales responsables por la deforestación.
“Nuestra ciudad estaba en la lista negra del gobierno”, recordó Demachki. “No había otra salida sino la que elegimos”.
Su plan Ciudad Verde busca detener toda la deforestación ilegal mediante una combinación de vigilancia, la creación de la única fuerza policial ambientalista local en la Amazonia y el repunte de una economía que no necesita devastar el bosque. En vez de ello, el objetivo es el desarrollo sustentable, utilizar los recursos forestales de manera razonable para la industria de la madera e introducir técnicas agrícolas modernas para aumentar la producción y utilizar terrenos menos vastos.
En el último año, el éxito de Demachki le ha ganado elogios de autoridades ambientales que otrora criticaban duramente a la ciudad. El alcalde ha aparecido varias veces en los principales programas noticiosos de la televisión y ha recorrido el país para propagar los beneficios de Ciudad Verde.
“Paragominas es un ejemplo de la forma en que puede revertirse con éxito la deforestación y comenzarse la transición hacia una economía que preserve el bosque”, dijo Mauro Pires, jefe de un departamento del Ministerio del Medio Ambiente encargado de combatir la destrucción en la Amazonia.
“Ellos cambiaron su postura y siguieron a sus líderes por una vía alternativa, que coexiste con el bosque”.
La selva del Amazonas sería la mayor defensa natural contra el calentamiento global, pues absorbe cantidades colosales de bióxido de carbono.
A medida que se talan los árboles, el mundo no solo pierde esta defensa, sino que la propia destrucción se suma al problema.
Aproximadamente 75% de las emisiones de Brasil provienen de la tala de la selva, pues la vegetación se quema y los árboles caídos se pudren.
Ello libera unos 400 millones de toneladas de anhídrido carbónico a la atmósfera cada año, lo que hace de Brasil al menos el sexto mayor emisor de este gas.
Exitosa unidad
La estrategia resultó tan revolucionaria como simple.
En un paso evolutivo respecto de la práctica de “tala y quema” que había imperado en la Amazonia, los dueños de tierras recurrieron a métodos básicos de conservación y agricultura. Dieron rotación a los cultivos para mantener fértil la tierra, evitaron el uso excesivo de terrenos para que pastara el ganado, dejaron de talar árboles ya existentes y, en vez de ello, sembraron otros para aprovechar la madera.
En resumen, la gente se vio obligada a acatar las leyes ambientales para producir carne, cereales y maderas en vez de basarse en la deforestación ilícita.
Así, el modelo económico dio un vuelco de lo ilegal a lo legal. El destino del Amazonas depende de ese cambio.
Demachki recurrió al presidente de la unión local de productores rurales en busca de ayuda para hacer esta transformación. Mauro Lucio Costa encabeza a gente que, en toda la selva, tenía una opinión prácticamente uniforme: la de considerar enemigos tanto a los ambientalistas como al gobierno federal.
Sin embargo, no hizo falta mucho para convencerlo.
Lucio Costa es un hombre robusto, con una presencia imponente. Se le conoce por su sombrero texano, color de arena y por la ostentosa hebilla de su cinturón, así como por su voz potente y por las manos fuertes de un hombre que se ha dedicado a la ganadería toda su vida, igual que su padre y su abuelo.
El dirigente sabía que la actividad de los hacendados era más responsable que ninguna otra por más destrucción de la selva. A medida que los pastos se degradan, los hacendados abren nuevos terrenos, deforestando. Sabía también que la vía principal para cambiar la situación era dejar de combatir a los hacendados y convertirlos en parte de la solución.
“Hablar de la Amazonia sin recordar a quienes vivimos aquí es hablar de una utopía. Es pura fantasía”, opinó Lucio Costa. “Si quieres sustentabilidad, hablas de un bosque intocable, pero si lo haces sin dar a la gente una forma de vida, no hay manera de que tengas éxito”.
Juntos, Demachki y Lucio Costa trataron de garantizar a los agricultores y hacendados en la vasta región de que el proyecto de ciudades verdes les permitiría prosperar sin talar más la selva.
El primer paso fue la firma de su Pacto de Ciudad Verde con los líderes de todos los distintos segmentos de la sociedad. Accedieron formalmente a apoyar la meta de erradicar la deforestación ilegal.
Luego, los líderes buscaron una sociedad con el grupo ambientalista estadounidense The Nature Conservancy, que tenía la experiencia y conocimiento para ejecutar el plan.
El personal de la organización utilizó imágenes de satélite para delinear las granjas del condado y hacer que los dueños formalizaran la propiedad legal. Dijeron a los dueños de tierras qué porcentaje de estas tenía todavía árboles en pie y cuántos necesitaban plantar otros nuevos.
Enseñó a los granjeros mejores prácticas para hacer más productiva la tierra.
Fue una operación de vigilancia lo que casi descarriló el plan de Ciudad Verde.
Durante una mañana dominical de 2008, cuando el nuevo experimento apenas tenía cuatro meses, una multitud se reunió frente a la oficina de los agentes ambientales, donde afuera hacían fila 15 camiones con enormes árboles talados ilegalmente, confiscados horas antes. Con el ánimo caldeado por la rabia y el licor de caña de azúcar, los atacantes prendieron fuego a la oficina y lograron encender los motores de los camiones para recuperarlos.
La multitud se trasladó entonces al hotel Indiana, empeñada en linchar a los agentes federales que estuvieron tras la operación y sus consecuencias: los aserraderos perdidos, la madera perdida, los empleos perdidos.
“Fue nuestro peor momento”, dijo Demachki. “Parecía como si los ciudadanos quisieran regresar, retirarse de nuestro proyecto”.
Al final, la Policía desbarató el levantamiento y el alcalde pasó horas al teléfono, llamando a los líderes locales que habían firmado el compromiso de la Ciudad Verde y pidiéndoles que se reunieran con él en el edificio del ayuntamiento la mañana siguiente.
Allí, el alcalde levantó dos hojas de papel. Uno de ellos era una disculpa a toda la nación que él mismo entregaría al Ministerio de Medio Ambiente en la capital, Brasilia, si todos los presentes lo firmaban, en el que redoblarían su promesa de seguir adelante como la única ciudad de la Amazonia en cumplir con su objetivo de cero destrucción de la selva tropical para 2014.
Si la gente no lo firmaba, les ofreció otra opción: su renuncia, que pondría fin al proyecto y cualquier posibilidad de que pudiera prorrogarse. Ellos votaron a favor de la Amazonia.
Modelo ejemplar
Cuatro días después, el ministro de Medio Ambiente de Brasil viajó a la ciudad por invitación de Demachki y personalmente cerró dos aserraderos ilegales, cuyos propietarios fueron vistos durante el incendio intencional. Después de eso, conseguir que los residentes de Paragominas aceptaran fue más fácil.
Costa, el socio de Demachki en el plan Ciudad Verde, reflexiona sobre la revuelta. “La Amazonia es un paraíso para quienes viven en Nueva York, París, Río de Janeiro o Sao Paulo, pero es un infierno para quienes viven allí”, dijo. “Es difícil decirle a un hombre pobre en el Amazonas ‘Ese árbol es hermoso, una maravilla de la naturaleza’ y luego hacerle que vuelva a casa para toparse con sus hijos llorando porque tienen hambre”.
La desesperación hace susceptible a la gente frente a los taladores ilegales, quienes le pagarán a un hombre pobre por sus árboles. Sabiendo eso, Demachki añadió otro brazo ejecutor a su arsenal de herramientas: la primera Policía ambiental de la Amazonia.
En la actualidad, la agencia de supervisión ambiental, Imazon, usa imágenes satelitales para detectar cualquier nueva tala de árboles y le informa a los nuevos policías ambientales de la ciudad, encabezados por Felipe Zagalo. El investiga el reclamo, aplica multas y las reporta a los funcionarios federales. El hecho de que él es un viejo residente de Paragominas y que conoce a la gente hace su trabajo más fácil.
“A menudo, cuando debo enfrentar a un propietario por una infracción, me encuentro con una disculpa”, dijo Zagallo. “Saben que está mal lo que hicieron. También saben que no hay dónde esconderse”.
Paulo Amaral, un investigador jefe en Imazon que ha estudiado el Amazonas durante 20 años, está convencido de que la marea está cambiando de dirección. Días atrás, el gobierno brasileño anunció que las estadísticas anuales más recientes sobre deforestación fueron las más bajas desde que comenzaron a recopilarlas en 1988.
“Este es el mejor modelo al que hemos llegado, pero la lucha contra la deforestación es un asunto local”, dijo. “Es una respuesta de largo plazo para detener la destrucción”.
Paragominas fue la primera ciudad en ser eliminado de la lista negra del gobierno federal de condados con deforestación. Paragominas se convirtió en marzo en el modelo de un programa de ciudades verdes en todo el estado y cerca de 90 condados han firmado hasta ahora.
La destrucción de la selva en Paragominas alcanzó 165 kilómetros cuadrados en 2008, de acuerdo con Imazon. Eso se redujo a apenas tres kilómetros cuadrados el año pasado, una caída sin precedentes que ayudó a que la ciudad ganara el premio Chico Mendes, el galardón ambiental más prestigioso de Brasil.
La ciudad ha recuperado todos los puestos de trabajo que había perdido y agregó nuevos, en gran parte por promover una industria maderera que se basa en el aprovechamiento sostenible del sector forestal.
La pregunta en estos días es si será posible replicar el proyecto. Algunos creen que Paragominas es una excepción, un lugar que tuvo la combinación perfecta de presión extrema de los gobiernos federal y local, dispuestos a hacer un cambio radical.
Amaral espera que los resultados en Paragominas podrán convencer a otros de que trabajar con los grupos ecologistas es la mejor manera de avanzar.
“Ahora podemos mostrarle a la gente que este modelo funciona en el mundo real. Antes, era solo teoría”, dijo. “Otras ciudades de Pará están viendo que Paragominas se ha beneficiado de la lucha contra la deforestación, que están creciendo al trabajar apegados a la ley”.