Revistas

No hay que hacer concesiones al lector

Uno de los mejores narradores de Honduras, actor de cine y teatro, guionista y crítico, hombre de vasta cultura, nos habla sobre su vida,
su obra y la literatura nacional.

25.03.2012

Lo primero que hizo al verme fue ponerse su saco y bromear: “para hablar con usted voy a disfrazarme de director de la Biblioteca Nacional”.

La entrevista duró apenas tres horas y media. Si alguien piensa que eso es demasiado tiempo es porque no ha hablado nunca con Eduardo Barh, oyéndolo mil años son como un día.

Es cuentista, ensayista, guionista cinematográfico y actor. Dos de sus libros son fundamentales en la narrativa hondureña: El cuento de la guerra y Fotografía del peñasco. A esto hay que agregar que tiene varios años de ser director de la Biblioteca Nacional.

Es propietario de una imbatible amabilidad con la que desarma las preguntas más difíciles y sus respuestas siempre reservan una agradable sorpresa para su interlocutor. Estas son sus palabras:

Sus cuentos están llenos de ironía y humor, y a veces, como en el caso de la Aventura vital de un pronombre, ese humor llega hasta el absurdo. ¿Qué visión estética hay detrás de esta literatura? Ese cuento fue escrito en 1957. En ese momento la intención era experimentar. Éramos estudiantes de la vieja Escuela Superior del Profesorado y sobre nosotros algunos influjos pesaban bastante, por ejemplo, Kafka, que está allí presente. Pero el recurso más importante de cualquier narrador en un país como el nuestro, en constantes vías de desarrollo, tiene que ver con la ironía que está presente allí. Hay ganas de reírnos de nosotros mismos, no le voy a decir que sanamente, porque toda risa burlona es venenosa, pero es una terapia que funciona tanto para el escritor como para el que lo va a leer después y descubre que la dicacidad, la risa, la burla e incluso la sorna son curativas.

Hay quienes, un poco decepcionados, lo consideran un autor “perdido”, que no continuó la brecha abierta con Fotografía del peñasco y el cuento de la guerra. ¿Qué opina al respecto? Es cuestión de ritmo y el mío es sumamente lento, pero yo no dejo de escribir, o por lo menos no dejo de pensar en lo que voy a escribir. Desde la publicación de Fotografía del peñasco hasta el momento no me ha importado publicar, sin embargo, he escrito, tengo algunos textos y en el momento en que yo considere que están dignamente hechos los voy a publicar. Pero no me interesa publicar rápidamente, no quiero expeler un libro por año; quiero hacerlo a mi propio ritmo. No es que sea perfeccionista tampoco, porque tal vez no tenga la genialidad que todo escritor quisiera, pero en relación con la forma, yo debo dominar mi lenguaje, porque esa es el arma que todo escritor debe utilizar. Si un escritor no domina el lenguaje, o lo que es peor, si no pretende dominar el lenguaje, mejor que vaya a fabricar tamales de elote al mercado, porque no es un escritor. En el caso mío, todos los días estoy aprendiendo cosas nuevas; una palabra, un adjetivo exacto lo voy a poner en el sitio exacto, pero después de una gran lucha, de un gran debate, de una lucha donde generalmente la palabra gana, y no yo. Por esa razón es que mi ritmo es bastante lento, pero no me preocupo para nada, cuando tenga oportunidad de publicar voy a publicar, y no será porque quiera reconocimiento ni porque quiera que la gente me lea. A veces no publico por razones económicas. Los escritores acá somos gente que no tenemos recursos económicos para publicar, y en el caso mío, no le voy a pedir a nadie que me ayude, porque también estoy en contra de que se le pida ayuda al Estado. Hubo un tiempo cuando yo quería publicar con las editoriales, pero aunque son muy amables, tienen muy poco de fiar. Acá los derechos de autor no están comprobados, si usted deja un libro le dan los mil ejemplares que le prometen, pero continúan haciendo reediciones sin que usted lo sepa. De manera que yo quiero publicar mis cosas cuando tenga facultades económicas y cuando tenga la certeza de que eso ya está listo.

¿Es cierto que la muerte de su esposa lo dejó en tal depresión que dejó de escribir? No fue depresión. La gente hiperactiva como su servidor no sufre de depresión, sobre todo porque soy capaz de reírme de mí mismo, y si soy capaz de eso no voy a sufrir depresión. Las depresiones pueden ser porque me tenían que pagar el lunes y me dijeron que me iban a pagar hasta el viernes, eso sí puede producirme una depresión. Pero sí me suceden cosas, igual que a todo mundo, que son dramas terribles: a mí hijo lo asesinaron en Guatemala, mi esposa tuvo una enfermedad que duró 17 años, pero eso no me hace a mí un individuo especial, no voy a hacer acopio de un victimismo barato para justificar que no he escrito, que no he publicado. Sí es cierto que los 17 años que duró la enfermedad de mi mujer yo me dediqué a la casa y me encerré, me encerré por ella, porque yo tenía que ser parte de ella, de mis hijos y de mi cerveza, de lo que yo estaba viviendo allí. Pero con naturalidad, nada de victimismo, nada de yo, yo, yo, nada de eso.

Hay muchos escritores nacionales que padecen de ese victimismo que usted menciona. ¿Qué piensa de esto? Es parte del subdesarrollo estructural del país, porque eso involucra a la gente también. En realidad en nuestro país todo el mundo es poeta, y algunos son “hijos de pueta”. En el caso de la escritura en verso, más del 90% de quienes escriben tienen concepciones del mundo o el entorno inmediato con victimismo, y allí es donde aparece el yo, yo… Ese tipo de poesía, por supuesto, está yendo hacia un fracaso anunciado. A mí me parece que es cierto y hay que decirlo, la poesía nuestra tiene dos características fundamentales: el victimismo, a caballo sobre el yo, y la mediocridad.

¿Se considera un escritor realizado? No, todavía no. Por ejemplo, le tengo mucho miedo a la factura de la novela. Pienso que se necesita mucho tiempo para escribir una novela, y seguridad económica y familiar. Pero además de eso, yo le temo a escribir una novela. Quisiera escribir una novela, por ejemplo, sobre el lenguaje de Internet entre un hombre y una mujer, poner a un personaje viejo enamorado de una jovencita, a través del chat, y hacer que este hombre se vuelva loco por esta jovencita, y ella lo manipula, lo hace mierda. Pero esa es nada más la parte central de un proyecto, construir eso significa tiempo, investigación y talento, y yo no considero tenerlo. En este momento, a pesar de la edad que tengo, me considero todavía un aprendiz, y no lo digo por falsa humildad, es parte de mi profesión como escritor considerarme un aprendiz.

Interesante lo de Internet. Usted empezó a escribir en los años 50 del siglo pasado. ¿Cómo maneja el escritor el cambio de época, cómo logra que su lenguaje y él mismo sigan vigentes? Yo tengo ejemplos de amigos que lo rechazaron y todavía están escribiendo con la maquinita Royal. Para mí fue fácil. Yo por curiosidad y porque siempre fui hiperactivo, inmediatamente me metí en Internet. es asombroso cómo internet puede manipular a los que se dejan manipular y dejarse utilizar por los que quieren usarla inteligentemente. Es una herramienta necesaria para todo escritor, todo artista.

¿Suele citarse el cuento de la guerra como su obra más notable. A mí me parece mucho más acabada y moderna Fotografía del peñasco. ¿Qué piensa de esto? El primer librito, Fotografía del peñasco, es mucho más libre, con una temática mucho más diversa. El segundo está esclavizado a un solo tema, la guerra y sus injusticias y brutalidad, esa es la razón. Pero ambos están unidos por la investigación y, usted lo mencionó, también por la experimentación. Lo que pasa es que en el segundo la experimentación produce una forma más barroca, más encerrada, más difícil. Estoy despreciando más al lector en el cuento de la guerra. En Fotografía del peñasco yo quería comunicarme con el lector; en ese libro está Kafka, pero me di cuenta de que el lector nunca había leído a Kafka, así que después no me importó para nada el lector. Y es más fácil también la factura de los cuentos de Fotografía del peñasco porque son imágenes cinestésicas, son cuadritos de cine los que hay allí. En el otro quiero profundizar un poquito más en la psique, en la personalidad, en el sufrimiento de unos personajes como la madre del soldado desaparecido, su padre, que sufren profundamente porque les dan una caja sellada y les dicen que allí viene su hijo, y resulta que lo que hay allí son huesos de perros y otros animales. Creo que es más risueño Fotografía del peñasco, por eso el lector a veces lo prefiere.

En el cuento de la guerra tengo la impresión de que el autor no logró realizar sus intenciones, que se quedó en un experimento y no encontró salida. El rompecabezas que hay allí fue concebido como estructura, es adrede. Hacer que un cuentecillo enlace con el otro por medio de personajes que aparecen en ambas partes o tal vez hasta en tres o cuatro es adrede. Lo que quería era mencionar en uno de los cuentos un área temática que el otro no tiene. Por ejemplo: en un cuento hay unos borrachos que caen en un terraplén y van a dar a un cementerio donde aparecen unos juegos fatuos, y son soldados. Como en esa época y en todas las épocas, en países como el nuestro, las Fuerza Armadas concitan odios, rencores y unas identificaciones absolutamente nefastas, en esa época la intención mía, en 1970, era reivindicar la personalidad de los individuos del más bajo nivel de las Fuerzas Armadas, que fueron también víctimas de las guerra, porque los que estaban comandando no iban a recibir las balas de una guerra que ni siquiera se sabía quién la había provocado. Después se supo cuáles eran los motivos de la guerra, pero los 6,000 civiles que murieron en la frontera jamás supieron de dónde venían las balas y por qué, y eso incluye a los soldados.

¿Será que el logro de este libro está más en su condición de experimento que en su acabado estético? Debo decir que sí porque, para el caso, el cuento más breve de todos está al final y es un cuento surrealista ubicado en el Renacimiento, con el relajo de los italianos, es un cuadro que quiere abonar al recurso más importante mío, que es la dicacidad, la burla y el humor. Y luego también es un homenaje a la mujer, porque la chica que aparece allí envenenando a medio mundo es para mí el epítome general de lo que es la mujer, capaz de amar profundamente y capaz de hacerlo mierda a uno profundamente también.

Hablemos un poco de los aportes de Eduardo Barh a la literatura nacional. Yo he tratado de hacer dos cosas: una, alejarme del criollismo costumbrista mal aprendido, y la otra, he estado tratando de ponerme al nivel cultural del momento en que he realizado mi labor de escritor. No he estado tratando de hacer cosas nuevas, tampoco que se me reconozca… de hecho, odio la proyección psicológica de los escritores que dicen que están con el pueblo cuando lo que quieren es que se les reconozca personalmente. Eso me parece lo más alto de la hipocresía dentro del oficio.

¿Qué papel debe jugar la literatura dentro de una sociedad como la hondureña: buscar la perfección estilística como Borges o ser un elemento activo de denuncia y transformación social? Debe ser las dos cosas. Pero no vamos a sacrificar la forma por centrarnos en la denuncia social. La forma tiene que ser una búsqueda constante para lograr el equilibrio entre lo que uno dice y cómo lo dice, cómo piensa. Yo siempre he sostenido, aunque no estoy muy seguro de tener la razón, de que no debemos dar concesiones a los lectores, porque si fuese así caeríamos en falacias. Le voy a poner ejemplos: en la época del criollismo, los escritores, algunos de ellos ya fallecieron y fueron amigos míos, como Víctor Cáceres Lara y Eliseo Pérez Cadalso, escribían frente a un escritorio y ponían al personaje de su narración, un campesino, a hablar como campesino, pero eran ellos los que le ponían la manera de hablar. Y algunos poetas como Daniel Laínez ponían al campesino a hablar como campesino, pero era él el que hablaba como campesino, y el resultado eran personajes idiotas, y el campesino no es idiota. Como yo rápidamente vi eso, supuse que ellos estaban tratando de hacer concesiones al lector, que le estaban dando al lector lo que quería, y yo no quiero hacer eso, quiero que el lector que se acerca a mi obra asuma la lectura como un reto. No voy a ponerme barroco adrede, voy a escribir de la manera más honesta que pueda, pero el lector debe poner también parte de su honestidad al acercarse a este autor. El lector es tan inteligente como nosotros, no debemos decirle qué quiere, si él quiere averiguarlo, que lo haga por su cuenta.

En San Pedro Sula ocurre un fenómeno interesante: varios escritores jóvenes buscan crear una literatura absolutamente moderna, en los libros de unos aparecen personajes de los otros y la ciudad se convierte en una especie de mundo de ficción. ¿Qué piensa de esto? A mí me sorprendió encontrarme con ese fenómeno. Por varias razones los apoyé rápidamente, con mi aquiescencia, con mi cariño. Es evidente que los siete o diez muchachos que conforman ese movimiento tienen talento. La otra cosa por la cual me sumé a ellos inmediatamente es para quitar el mito, en pleno siglo XXI, de que Tegucigalpa es el embudo cultural y que San Pedro Sula no lo podía ser porque solo es la capital económica. Esto no es cierto y estos jóvenes lo han demostrado. Estos muchachos irrumpieron con explosividad en el ambiente literario, es maravilloso eso. De todas maneras, hay algunas cosas que estos escritores jóvenes tienen que deslindar. Hace poco hubo un homenaje a José Luis Quesada, algo precioso, pero hay que deslindar, por ejemplo, la sospecha de que andan buscando un factótum que los guíe, porque no necesitan guía de ningún tipo, aunque sea un gran poeta como José Luis Quesada; esa es una de las cosas. La otra es que no se puede hacer un homenaje y aprovechar alguna arista de este homenaje para denigrar a otro poeta, teniendo incluso el cadáver enfrente. Hubo denigraciones allí en contra de Roberto Sosa y eso es inadmisible. Ellos tienen que deshacerse de eso porque son baldones en contra de ellos mismos. Si siguen haciendo eso se van a volver despreciables, pero el desprecio va a fluctuar en su propio círculo.

En los años 70 hubo un miniboom del cine nacional, con películas artísticas como Utopía y No hay tierra sin dueño. Ahora el cine tiene un nuevo impulso, pero parece totalmente comercial, con breves telenovelas como Amor y frijoles y Unos pocos con valor? ¿Esto es positivo o negativo para el incipiente cine nacional? Esto tiene dos partes. La primera es que el desarrollo del cine en la época de Sami Kafati se produce con naturalidad. En mi caso, yo fui amigo personal de Sami y me gustó su posición artística y, por tanto, profundicé un poco en lo que él estaba haciendo, hasta hacerme cómplice. Allí se produjeron todas películas de la primera etapa, digamos hasta Raúl Ruiz, director de Utopía. De Katia Lara para acá, del decenio de los 90, se produce el boom al que usted alude, donde hay muy malas películas y muy malas realizaciones. Yo soy del criterio de que hay que asumirlas todas. Todas deben engrosar esta etapa de la historia del cine. La historia, en el caso de países subdesarrollados como el nuestro, es inmediatista, así que muy rápidamente se va a saber qué película es una mierda y qué película tiene calidad. Yo sí voy a decir, como mi entrevistador en este momento, que Amor y frijoles es una telenovela light, porque hay telenovelas serias, como algunas brasileñas, y otras películas que están por allí también, pero yo sí las necesito dentro de toda la concepción actual sobre el cine, que es una etapa de producción, de fiebre. Tenemos que aceptar esta producción, así como aceptamos al 90% de los poetas que creen que rimar calzón con chicharrón es poesía, hay que aceptarlos, la historia se encargará después de hacerlos a un lado.

Tags: