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¡Esa barbaridad que hace la lectura!

Desafortunadamente, en nuestra vapuleada Honduras los libros son objetos raros para gente rara, para jurásicos que se quedaron congelados en el siglo de la tinta y el papel, que no valoran el iPad y el eBook, que no saben que la Tierra es redonda y que la pantalla LED no produce presbicia

    28.09.2012

    ¿Para qué sirve leer? Si se pincha en Google aparecen un millón cuatrocientas mil respuestas; si se pregunta en la escuela, en la calle, en el taller o en el supermercado, todo mundo sabe para qué rayos sirve leer: pero nadie lo hace. Ese desinterés nos ha hundido en el peor de los abismos, en el subdesarrollo intelectual, porque la lectura no solo abre el conocimiento y el entendimiento, sino que también cambia la estructura del cerebro.

    “Un niño que lee será un hombre que piense”, esa conocida frase palidece entre las múltiples ocupaciones de los niños de hoy, que van de la escuela al Nintendo y al Wii, sigue la tele, y a chatear por el teléfono, un espacito para la cena, y a navegar en Internet por unas redes sociales que les permitirán tener más de 500 amigos, con los que nunca jugarán potra, ni se tomarán un helado, ni tendrán recuerdos juntos, serán solo otros perdidos en ese mundo paralelo.

    Los padres de hoy tampoco fueron muy buenos lectores ayer, aunque han escuchado a sus propios padres y abuelos que alguna vez alucinaron con las lecturas de Stevenson y Dickens, que comprendieron algo de las guerras leyendo a Hemingway, que abusaron de Bécquer y de Neruda en sus cartas desesperadas, y que releyeron las páginas sonrojantes de Flaubert y el marqués de Sade.

    Pero algo se rompió en el camino, los cuarentones y los treintañeros de hoy, que cruzaron la adolescencia y la primera juventud con Soda Stéreo, Michael Jackson y Maradona, dejaron los libros por ahí, cuando aprobaron con 60 la clase de Español, y no entendieron la lectura obligada de Carlos Fuentes, Rulfo, García Márquez, Vargas Llosa, Suskind y mucho menos a Umberto Eco; quizás alguno se sorprendió y guardó un poema de Benedetti, nada más.

    Esa ausencia de libros se nota todos los días, porque los muchachitos que comenzaron a educarse en los 70 y 80, son los que ahora en su mayoría toman decisiones en el país, como funcionarios públicos, ingenieros, médicos, periodistas, maestros y políticos, etcétera, carecen de una cultura general y tienen tan poco interés en el conocimiento, que las discusiones y participaciones a través de los medios de comunicación son tan básicas que no aportan nada nuevo. Con sus excepciones, obviamente.

    ¿QUÉ PASA EN EL CEREBRO AL LEER? No viene en nuestros genes, no es parte de la evolución; leer no es natural, es una actividad adquirida, por eso es difícil. Como en todos los primates, el cerebro humano se distrae con mucha facilidad, cualquier movimiento alrededor, cualquier ruido, nos saca inmediatamente de la concentración y nos ocupamos de otra cosa, eso sí, viene de las cavernas y cuesta dominarlo.

    La lectura requiere de una capacidad de abstracción excepcional y durante un tiempo prolongado parece un sacrificio, hasta que se encuentra ese punto exacto donde la imaginación y el placer nos diferencian del viejo tatarabuelo homo sapiens.

    Gutenberg, ese herrero alemán que en 1450 inventó la imprenta con tipos móviles, a lo mejor pudo imaginar que su negocio esparciría la religión y alguna otra cosa, pero no que cambiaría hasta la estructura cerebral del ser humano, al obligar a más gente a leer sobre líneas horizontales, muy lejos de la primeras escrituras de la humanidad que nos dejaron los sumerios unos 4000 antes de Cristo.

    Dicen los científicos que se ocupan de estas cosas, que como la escritura es un invento cultural prácticamente reciente, no tiene un lugar de procesamiento específico dentro del cerebro y al aprender a leer se activan regiones destinadas para otras funciones, cambiando la estructura cerebral, con conexiones sinápticas y circuitos de las neuronas más fuertes.

    Probablemente esto está muy relacionado con el aprendizaje y la comprensión de las cosas, porque la alfabetización también vuelve más densa la materia gris y desarrolla esa parte del cerebro que identifica símbolos para convertirlos en imágenes y sonidos.

    “SOMOS LO QUE VEMOS”. Cuando Marshall McLuhan dijo eso: “Somos lo que vemos”, sus colegas y lectores en los años 60 lo cuestionaron, creían que el gran estudioso de los medios de comunicación y su impacto en la sociedad, hacía concesiones a favor de la abrumadora aparición de la televisión y la desalentadora desaparición del libro.

    Solo era una advertencia de lo que se venía y recomendaba mantenerse algo alejado de ese “gigante tímido”, la televisión que ahora es uno de los ejes de la cultura mundial en detrimento del libro, y ratifica lo que decía este pensador canadiense: “Formamos nuestras herramientas y luego estas nos forman”.

    McLuhan murió en 1980, antes de que se desarrollara mundialmente la televisión por cable, el teléfono celular, Internet y todo lo que conlleva. Adelantó su famoso concepto de “aldea global”, para heredarnos la base de estudio del fenómeno de las comunicaciones que a la vez nos acerca y nos aleja, y va marginando la tradicional cultura del libro.

    El escritor argentino Jorge Luis Borges también defendió ese manojo de páginas y letras. Comparó que todos los inventos del hombre son solo extensiones de sí mismo: el arado es la extensión del brazo, el teléfono es la extensión de la voz, el telescopio es la extensión de la vista; pero de todos los inventos -decía- el más importante es el libro, porque el libro es la extensión de la mente.

    Desafortunadamente, en nuestra vapuleada Honduras los libros son objetos raros para gente rara, para jurásicos que se quedaron congelados en el siglo de la tinta y el papel, que no valoran el iPad y el eBook, que no saben que la tierra es redonda y que la pantalla LED no produce presbicia.

    Pero todo mundo sabe para qué sirve leer, como saben que es bueno comer tomates y zanahorias, sin embargo, los vegetales tampoco son prioridad en la cocina hondureña; por eso seguirán comiendo grasas y azúcares, y devorando un mundo televisivo y cibernético que solo pueden atrofiar las arterias y el cerebro, si no se digieren bien.

    Ese mundo de la Internet y de televisión también está cargado de conocimiento, pero se prefiere lo ligero y lo fácil, el entretenimiento, nada más.
    Mientras tanto, los libros están por ahí en algunas casas hondureñas, apilados en estantes indiferentes, recibiendo polvo y polillas, esperando que un día cualquiera, un corte de energía se lleve la televisión por cable, la Internet y los videojuegos, y los rescate del olvido.

    Claro que hay lectores en Honduras, pocos, pero hay, y queda la esperanza de que aumenten, porque todo mundo sabe para qué sirve leer y en el fondo están conscientes de lo que dice en una canción Luis Eduardo Aute: “Que no, que el pensamiento no puede tomar asiento”.