RESUMEN. La tumba de Norma sigue abandonada. Nadie la recuerda. La dejaron allí solo siete personas. Los agentes de la DPI que investigaron su caso, el fiscal, el enterrador, y dos de sus viejos compañeros de “El Chiverito”, donde vivió sus últimos días. Su muerte fue terrible. Su cabeza desecha todavía está allí, en las fotografías del archivo, y es algo horrible de ver. Los detectives dijeron que fue su propio hijo el que le quitó la vida. Pero, ¿cómo descubrieron al asesino?
HOSPEDAJE
Clara estaba muerta sobre una vieja cama, sucia y empapada en sangre seca. Vivía en aquel hospedaje desde hacía seis meses y llevaba a sus amigos para estar con ella. Uno de ellos la acuchilló varias veces. El encargado del hospedaje dijo que escuchó gritos y una pelea, pero él no se mete con los clientes. Además, aquello era común en ese cuarto, sobre todo cuando los clientes de Clara no le querían pagar, le pagaban menos, o en ocasiones, cuando ella les robaba. A la mañana siguiente la encontró muerta. Los detectives encontraron una cartera grande de mujer abiertas y con las cosas regadas en el suelo. Los técnicos de dactiloscopia encontraron huellas digitales. Eran de un muchacho llamado José, pero era conocido como “Joche”. Levantaron un preservativo usado y llevaron la muestra al laboratorio. Un informante les dijo que “Joche” era un drogadicto que se llevaba robando entre la Quinta y la Sexta Avenidas de Comayagüela, por los mercados, y que olía Resistol, bebía “charamila” y fumaba marihuana. Dijo que era amigo de Clara, la flaca, pero que desde hacía una semana no lo había visto; una semana después de que encontraron a Clara.
“¿Vos lo conocés bien?” -le preguntó el policía.
“Aquí todos nos conocemos, jefe -respondió el informante-; a Joche le mataron la mamá hace como unos diez o doce días, allí en una casa vieja, y le reventaron la cabeza”.
Los detectives no demostraron su interés y uno de ellos, le preguntó:
“¿Esa mujer muerta era la mamá de ‘Joche’?”
“Sí. Pasaba allí en “El Chiverito”, bebiendo, y ya estaba para los perros... Y un día se la llevaron y apareció muerta allí, en esa casa...”
“¿Vos conocías a la mujer?”
“De vista, porque aquí todos nos conocemos, jefe”.
“¿Estás seguro de que era la mamá de ‘Joche’?”
“Sí, pero ‘Joche’ la odiaba... No sé por qué, pero siempre hablaba mal de su mamá... Norma, creo que se llamaba la doñita...”
“¿Sabés quién la golpeó, hace como un mes? Porque la patearon bien, allí, en la acera donde se llevaba”.
“No, de eso no sé... Solo supe que la mataron”.
“Y, ¿‘Joche’ te dijo algo sobre la muerte de la mamá?”
“No. Eso fue antes después de que mataron a la flaca; a Clara, pues... Y yo no le pregunté nada al ‘Joche’ porque siempre anda cruzado y con un cuchillo de esos de carnicero que no se lo niega a nadie”.
“¿Has escuchado algo sobre quién pudo matar a Clara o a la mamá de ‘Joche’?”
“Pues, el dueño del hospedaje donde vivía esa chavala dice que el último que estuvo allí fue ese man... Dice que pelearon, pero que él no se mete en líos ajenos... Hasta el día siguiente, que la halló muerta en la cama...”
Los detectives sacaron de una carpeta una fotografía de Norma, y se la enseñaron al informante.
“¿Se te parece a alguien?” -le preguntaron.
“Pues, es igualita a ‘Joche’...”
“Es la mamá, cuando estaba joven”.
“Pero, nada que ver con la doñita que conocí allí, en ‘El Chiverro’”... Para nada”.
JOCHE
Es alto, fornido, delgado y de mirada cargada de odio. Lleva tatuajes por todas partes, y accedió a hablar para “que sepan ustedes y los juras que soy inocente”.
“Pero, vos dijiste que la mataste”.
“Sí. Y yo fui... Pero, era lo que esa doña se merecía... Y a mí me vale estar en la cárcel... De aquí no voy a salir, y me vale... Pero, el odio que le tengo a esa man no se me va a quitar ni en el mismito infierno”.
Dos meses después del entierro de Norma, el informante llamó a uno de los detectives y le dijo que ‘Joche’ estaba en la Sexta, por el colegio. Allí lo encontraron los policías. Tenían orden de captura. José estaba tan drogado, que no se dio cuenta de nada. Tardaron dos semanas en desintoxicarlos, a medias, para poder presentarlo ante el juez, acusado por la muerte de Clara. En esos días acababa de cumplir dieciocho años.
“Yo no maté a esa chavala -le dijo al fiscal-; ya estaba muerta cuando llegué al cuarto... Allí vivíamos los dos... Pero, ella llevaba hombres para bajarles el billete, y de eso comprábamos droga y comida... No sé quién fue el que la mató; aunque dicen que fui yo... Pero, la verdad, el viejo del hospedaje está mal de la cabeza; yo no fui”.
“Pero, hallamos tus huellas digitales en la cartera de Clara” -le dijo el fiscal.
“Yo la hallé muerta y no dije nada. Registré la cartera para agarrar el billete, y me fui. Me escondí porque no quería que me hallaran los menes esos que controlaban a mi chava...”
“Ajá. ¿Y sabés quién mató a Norma, tu mamá?”
José, que se veía tranquilo, aunque temblaba a veces, miró al fiscal y exclamó:
“¡Ah!, sí... A esa vieja me la eché yo...”
“¿Vos mataste a tu propia mamá?”
“Sí, yo me la clavé... Me la debía desde que era un chavalito... Y se la tenía jurada”.
Los policías, el fiscal y el abogado defensor, un abogado de oficio, se estremecieron ante la fría confesión de aquel hombre.
“¿Y por qué te la debía tu mamá?”
José, que estaba esposado, hizo un gesto como para señalarse él mismo, y dijo:
“Míreme... Míreme bien... ¿Usted cree que yo quiero ser esto? ¿Usted cree que yo quiero ser drogo, vicioso y ladrón? No, no quiero ser así, pero esa vieja me tiró a la calle...”
“Un día fuiste a golpearla a la acera donde se llevaba, en “El Chiverito”, ¿verdad?”
“La agarré a patadas y la dejé por muerta, pero en el hospital la revivieron...”
REJAS
José se toma la mitad de refresco, le da un gran mordisco a un taco de pollo, y, después de eructar con fuerza, dice:
“¿Qué si me arrepiento? No, para nada. Era lo que quería hacer desde que esa vieja se fue de la casa y me dejó en el Infiernito a la buena de sabe quién... Y se metió en la bebida y en las drogas solo porque mi papá la dejó... Ella decía que mi papá la dejó porque le pagó mal; yo nací trigueño, míreme, y él y ella eran blancos, de Santa Bárbara. Y yo no me parecía en nada al viejo... Y se fue... Me acuerdo que yo le rogué que no me dejara, pero él me empujó y me tiró al suelo, y se llevó a mis hermanas... desde ese día odié a mi mamá... Pero, fue peor cuando ella me dejó botado. Dijeron que se había deprimido. ¿Cuál deprimido? Yo tenía hambre, allí en el Infiernito la gente con costo tiene para comer, y menos para darle a un cipote ajeno... Y me fui a la calle. En los mercados me hice drogo, y a veces veía a mi mamá; ella estaba perdididita... Y ni me reconocía... es más, ni siquiera se dio cuenta de que el que se la llevó esa noche fui yo; creía que era un cliente que le iba a dar un billete por un rato... Y allí me desquité todo lo que me hicieron en la calle por su culpa... Diez años viví en la calle y me violaron, me golpearon, me masacraron, y todo por su culpa... Y, usted me pregunta si me arrepiento... No, para nada...”
“Te condenaron a treinta años”.
“Me vale... ¿Cuántos llevo ya? Ni la cuenta llevo... Aquí estoy mejor que en la calle... Y, si alguien tiene que perdonarme algún día, es Dios... A ese sí que le tengo respeto y hasta miedo... Pero, a los jueces... No, si son peor que mi mamá...”
Tal vez, el que esté libre de pecado, tenga el derecho de tirar la primera piedra. ¿Quién sabe?