El secreto que duró cincuenta años

Aunque la verdad pierda hasta las raíces, vuelve a florecer

  • Actualizado: 13 de septiembre de 2026 a las 00:00
El secreto que duró cincuenta años

DISPAROS. Una noche oscura y fría de noviembre de 1995, en el viejo cementerio de uno de esos bellos pueblos de Santa Bárbara, escondido entre montañas de cafetales, robles, pinos y maderas preciosas, se escucharon varios disparos. Eran casi las once cuando un vecino regresaba de la letrina. Los estallidos rompieron el silencio y él corrió a refugiarse en su casa. Dijo que contó cincuenta disparos. Después perdió la cuenta. Cuando se hizo el silencio, escuchó que varios hombres pasaban corriendo frente a su casa y hablaban entre sí, pero no pudo entender lo que decían. Su mujer les dijo que eran policías y que iban hacia el cementerio, alertados por los disparos. Una media hora más tarde los escucharon regresar. Llevaban detenido a un muchacho de escasos dieciocho años, esposado hacia atrás, y que debía ser sostenido por dos policías porque se caía de borracho. Se llamaba José Lino y todos lo conocían en el pueblo, pero era la primera vez que lo veían así porque no tomaba licor nunca. Desde que murió su papá se convirtió en el hombre de la casa, una responsabilidad que asumió a los quince años. Se dedicó a cuidar la finca de café, el ganado y a comerciar con maderas preciosas. A veces compraba oro, que era sacado de los ríos y quebradas de forma artesanal, y multiplicó el patrimonio familiar, que venía desde finales del siglo XVIII. Pero José Lino era retraído; dejó el colegio después de la muerte de su papá y no se relacionaba con nadie en particular, a no ser las personas con las que hacía negocios y con sus empleados. Además, no se le conocía novia. La mayor parte del tiempo pasaba en sus negocios o en su casa, cuidando y sus tres hermanos: dos niñas y un varón, pero también a su madre, hasta que esta murió a los treinta y tres años. José Lino era alto y apuesto, y aparentaba tener más de quince años. A los dieciocho era todo un hombre. Y muy rico, además, pero, se había vuelto más huraño.

“¿Por qué hiciste eso, José Lino? -le preguntó el sargento de la FUSEP-. ¿Qué hijo es capaz de venir al cementerio a media noche y dispararle más de setenta veces a la tumba de su propio padre?”

“Ustedes no saben nada -respondió el muchacho-. ¿Qué saben ustedes de lo que era ese viejo? ¡Era una bestia! ¡Un monstruo peor que todos los monstruos! No voy a dejar de odiarlo nunca”.“¿Por qué decís eso?”

“Solo Dios y yo lo sabemos... -contestó José Lino, con esa voz aguardentosa de los hombres que llevan un dolor horroroso por dentro, y que los hace llorar como niños cuando el alcohol les rompe las cadenas-. Solo Dios y yo”.

El sargento, insistió:

“Le disparaste a la tumba de tu papá, ¿por qué no le disparaste a la de tu mamá?”

“Sargento -respondió José Lino-, eso solo Dios y yo lo sabemos”.

DIC

No había delito en lo que el muchacho había hecho. Lo tomaron como una falta y lo dejaron ir al día siguiente, aunque le decomisaron la pistola y los cinco cargadores vacíos, por supuesto, pagó una multa. Sin embargo, en el pueblo la gente murmuraba y las más “sabedoras” decían que con mucha razón aquel cipote odiaba a sus padres.“¡Uy!, ese viejo era el diablo en persona”.

“¿Y ella? ¡Ja! Una buena lépera”.

“¿Qué iba a hacer la pobrecita? Sin mamá, sin parientes, y sola con su papá desde los trece años, cuando se fueron las viejitas... Lástima debería darnos la pobre Lucy”.

“¡Uy, no!”

El sargento Bardales todavía vive y recuerda esta historia como si acabaran de contársela. Tiene setenta años, esposa, hijos y nietos, y sigue siendo policía, “porque es el oficio que más me gustó en la vida”. Aunque está retirado.

“No sé quién fue con el pito y la caja a Santa Bárbara -dice el sargento-, pero al día siguiente vino un grupo de muchachos de la DIC. Eran detectives y estaban con la leche en los dientes, y querían saber por qué un hijo fue capaz de dispararle a la tumba de su padre... Dijeron que era rutina, pero estaban empezando en la DIC y los muchachos eran águilas... Y por allí fueron desenrollando la madeja”.

El sargento suspiró, bebió un poco de café, mordió una tortilla caliente con cuajada y agregó:

“Me dio pesar el muchacho. Si por mí hubiera sido, jamás lo hubiera culpado de nada”.

TIEMPO

Treinta años después, en febrero de 2025, un hombre alto, de piel blanca, aunque curtida, de brillantes ojos verdes, pelo gris y espalda algo encorvada, más por el peso de las penas que por los años, estaba de pie frente a aquellas tumbas, que permanecían limpias, entre un cerco privado de malla ciclón, al lado de varias tumbas más. Él veía con fijeza dos. Una tenía las marcas de las balas que le disparó hacía treinta años. Las tumbas estaban una junto a la otra. En la del papá se leía una fecha: 1915-1993. En la de la mamá: 1962-1995. Cerca de él, a unos tres o cuatro pasos, y en absoluto silencio, estaban dos mujeres y un hombre, acompañados de varios niños y adolescentes. Eran sus hermanos y sus sobrinos. Treinta años hacía que los había dejado solos, aunque nunca se desligó de ellos.

“¿Ha vuelto a ver a José Lino?” -le pregunté al sargento Bardales.

“Hace dos meses -me respondió-. Me di cuenta que había salido y que estaba de regreso en su pueblo. Fui a verlo con mi esposa. Sinceramente, me daba mucho pesar. Me recibió en la misma vieja sala de la casona donde vivían sus hermanas, sus hermanos, sus sobrinos, su cuñada y los dos cuñados. La misma vieja casa que, según dicen, fue levantada allá por mediados de 1750. Pocas cosas habían cambiado en lo que fue la oficina de su abuelo, de su papá y de él mismo, aunque él era otro. Tenía 48 años, pero aparentaba más... Bueno, usted lo vio”.

“Gracias a usted”.

“Es que yo siempre tuve en la cabeza esta historia, y como mi hijo, que tiene dos buses que viajan de San Pedro a Santa Bárbara, me traía EL HERALDO, y allí me leía sus casos... Ya se los voy a enseñar... Los colecciono todavía”.

El sargento hizo otra pausa.

“Hablé con José Lino, y él me dijo que, en el penal de San Pedro, él también leía los casos de Carmilla. Nunca se le ocurrió que el suyo se publicara, pero cuando le dije que sería bueno que se conociera su historia, para que la gente supiera la verdad, me dijo que sí... Y mi hijo investigó en La Prensa de San Pedro Sula; le dieron un número... y así le escribimos a usted”.

“Se lo agradezco mucho”.

“No, yo se lo agradezco a usted... Ahora se va a saber la verdad en EL HERALDO. José Lino no mereció lo que le pasó... Pero, esos detectives nuevos se ‘enfestinaron’ con el muchacho, y, pues...”

“José Lino me va a contar la historia -le dije-, y me preguntó si le gustaría a usted estar con él, allá en su casa”.

“Con gusto... Mi esposa va a ir conmigo... Mire como son las cosas, solo sus hermanas, mi mujer y yo íbamos a verlo... Pero, él era un tigre. Desde lejos dirigía los negocios, no se dejaba y pagó a unas parientes lejanas para que les cuidaran a sus hermanitos, que quedaban pequeños... Yo conseguí con unos amigos que les dejaran entrar a las hermanas, que estaban cipotillas... Ya va a conocer bien la historia”.

PREGUNTAS

¿Cuál es el misterio de José Lino? ¿Por qué le disparó más de setenta veces a la tumba de su padre? ¿Por qué entró en escena la vieja Dirección de Investigación Criminal (DIC)? ¿Qué descubrieron los detectives? ¿Por qué José Lino llegó al penal de San Pedro Sula? Su papá murió casi a los 80 años, pero su madre murió joven: a los 33. Había entre sus padres una diferencia de edad de cuarenta y siete años... ¿Cuál es el secreto que duró cincuenta años?

NOTA. Están a la venta los libros “La máscara del Mal” y “El asesinato de la rama de fhicus”, de Carmilla Wyler. Puede encontrarlo en Metromedia y en OiM, o en las redes sociales del abogado y notario Raúl Rolando Suazo Barillas. Dos libros espectaculares.

CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA...

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