Urbe herida

"Más inquietante incluso que una acera quebrada es tratar de comprender qué clase de ciudad es la que deseamos, la que tenemos y la que nos han creado”

  • Actualizado: 26 de enero de 2026 a las 00:00

Me invita, casi me obliga René Pauck, a visitar el casco histórico de Tegucigalpa y, efectivamente, compruebo que es histórico: hace cincuenta años, cuando joven lo transitaba, no le dan mantenimiento, dos carretas de cemento, tres palas de cal, mínimas reparaciones de urgente calidad humana, como sellar el hueco, hoyo, furaco, huraco al lado de antigua Rivera y Cía., (que ya cumplió treinta años), donde un niño, adultos, una anciana se hunden y fracturan. En otros lares un accidente tal implica demanda ciudadana justificada, la que puede comprender retribuciones por tratamiento médico o compensación por sufrimiento mental, retribución por suspensión de labores, limitación de movimiento, pena moral, daño por estrés, pérdidas (teléfono, cartera, tarjetas de crédito) y confusión psíquica (extravío de direcciones, borrado de recuerdos), entre otros inventos de legiones de bufetes con jurisconsultos dedicados cual langostas a esperar que crezca el maíz del asalto.

Más inquietante incluso que una acera quebrada es tratar de comprender qué clase de ciudad es la que deseamos, la que tenemos y la que nos han creado. Una cuya principal función mediática es anunciar que se vende churros, helados, carnes y golosinas, sopas y pizzas, en lo usual con extremo abuso publicitario (modelo USA), o bien urbes íntima y religiosamente dedicadas a que el espacio urbano sea área de refugio, reposo, solaz y contemplación, recarga de fuerzas, abono familiar, zona con abundante regalo de verde y naturaleza (modelo europeo) en vez de propaganda sobre hipotecas, carros y guaro, como es lo que nos rodea. ¿Quién autorizó que al cielo, las nubes, el aire, la montaña, el céfiro, la luna y el sol los opacaran vulgares y ambiciosos carteles de mercado o búsqueda ansiosa de pisto?

Cuando Dios creó el universo no empleó pancartas para anunciarlo, algunos con 20 metros de extensión, como los tendidos por políticos irrespetuosos del ambiente. Y el enredo de alambres, aglomeración de cables, buruscos de metal colgante durante kilómetros, cuando en el orbe desarrollado esos se instalan en modo subterráneo, y que penden sobre angostas calles donde bullen autobuses mal cuidados.

Ves (¿o ya no ves?) aceras rotas, postes al medio de ellas, tirantes de acero que los sostienen y que podrían degollar al descuidado; salientes de hierro en el piso, donde hubo instalaciones y, obvio, paredes desgarradas sin repello, carencia de pintura en edificios que con ella serían atractivos, en fin, pereza, molicie no sólo oficial sino ciudadana para embellecer una de las comunas antes más bonitas y coquetas del hemisferio pero ahora corroída por el pobre gusto, o baja autoestima, de sus habitantes. Una sociedad así es como la mujer que descuida su presentación o decoro porque se le acabaron las esperanzas o porque se acostumbró al desaseo.

“El centro histórico no atrae al turista” dijo Elvin, conductor de un auto. El de Ciudad Guatemala fue remodelado por el gobierno para instalar allí, mayormente, museos, galerías, salas artesanas; es el rostro de la capital. Frente a la nueva biblioteca de siete pisos el parque Cuscatlán de San Salvador se ilumina mayestático de noche. A ver cuando aprendemos a querernos a nosotros mismos...

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