Es seguro que no hay estudios que demuestren que tener música a toda matraca en los negocios entusiasme a los clientes y llenen sin parar cada establecimiento del país; sin embargo, los propietarios, los gerentes siguen insistiendo con una música demencial, llenándolo todo de ruido y desconcierto.
Ahora que vendrá la Navidad el asunto se pondrá peor, insoportable, los diferentes negocios competirán no solo por los clientes, sino por el que haga más bulla en una brutal confusión de sonidos de reguetón, merengues y villancicos.
Ya se sabe que el sonido alto, excesivo y encima distorsionado, tiene un impacto directo en la salud emocional de las personas. El cerebro primitivo interpreta que ese ruido es una amenaza ambiental, y aunque intenta interpretar lo que pasa, deriva invariablemente en un peligroso estrés, en ansiedad.
El agotamiento mental desemboca en la irritabilidad y un evidente estado de crispación. Así que la inestimable condición de la música de elevarnos a estados de ánimo beneficiosos se pierde súbitamente y la contaminación sónica termina azotando a la persona sin piedad.
Aparte del desorden psicológico que produce, ese sonido desgarrador también tiene efectos fisiológicos nocivos; los sensores del oído interno se desgastan y se produce una sensación de zumbido y una insoportable pesadez.
Y ese fragor descomunal no ocurre sólo en tiendas populares de ventas de zapatos, ropa y bisutería, también los restaurantes que presumen su calidad y un ambiente familiar, tienen una manía irreprimible con el volumen, y conversar en las mesas exige un esfuerzo desesperado.
En países mejor organizados y gobernados esto es casi imposible, el ruido público, la contaminación sónica están controladas por las leyes, porque prima la salud pública sobre los gustos desorbitados de unos pocos.
Nuestros oídos y el cerebro tienen límites para soportar los sonidos; pongamos que una conversación normal alcanza 60 decibelios (dB); una aspiradora o el tráfico, 85 dB; los parlantes de estos negocios, 100 dB; el despegue de un avión, 130 dB y una bala 140 dB.
Aunque también nuestro país sufra por los ruidos de la pobreza, del desempleo, la inseguridad, la injusticia y la deplorable gobernanza, esta toxicidad de la atmósfera tiene que controlarse o terminaremos todos enloquecidos.
Y ya que la pereza y la dejadez es habitual entre los funcionarios, con este tema no tienen que inventarse nada, no hay que esforzarse mucho, está en la ley, solo tienen que aplicarla. Vaya, aunque sea en eso que hagan algo.
La música es fantástica, debe acompañarnos siempre para mejorar nuestra salud mental y nuestra inteligencia emocional, por eso debe limitarse a los que la maltratan con su vicioso volumen y la estridencia.
Aunque pocos los noten, la tranquilidad pública es parte de la cohesión social y clave para cualquier país que aspire algún día a prosperar. Honduras está muy lejos, pero hay que empezar por algo.