Prohibida la paz

A pesar de los millones de palabras de auspicio vertidas por los filósofos, y de los mares de libros en torno a la esperanza (...) luce como que la humanidad tiene prohibida la paz”

  • Actualizado: 15 de junio de 2026 a las 00:00

En el imaginario de la humanidad hubo cierta vez una tierra nominada Jauja, tanto representada en una obra teatral de Lope de Vega como en la realidad de los Andes, donde fue fundada en 1534 la capital de Perú. La leyenda sobre Jauja narraba de un lugar maravilloso, con riquezas, paisajes, felicidad y ocio, y de allí que se la empleara para aludir a un país de abundancia, solaz, sin violencias ni guerras.

Al parecer eso fue sólo un deseo mítico del humano pues incluso en el nivel básico del Homo sapiens, nacido en África hace 200,000 años tras un proceso evolutivo de millones de siglos, hubo guerras por el agua, el territorio, el alimento y, a qué dudarlo, la pertenencia de la mujer, desde entonces considerada por el macho cazador como cosa menor y propietaria de escasos derechos personales y sociales.

Una de las primeras concepciones en torno a los mayas afirmaba haber sido este un pueblo intrínsecamente pacífico, dedicado a las artes y la ciencia, en particular el conocimiento metafísico, de los astros y de los cuerpos celestes, campo en que adquirieron las sabidurías más avanzadas y sorprendentes. Estudios modernos, y sobre todo el desciframiento de sus escritos en piedra, revirtieron sin embargo aquella creencia de haber sido un ente social pacífico, pleno de paz y respetuoso de la vida, descubriéndose que sus armas para convivir eran el conflicto y la dominación. Fue cuando el Gobierno de Honduras acuñó, hacia 1930, la fábula de que los nacionales descendíamos de aquellos y por ende destinados a la armonía y al amor.

Era todo lo opuesto. En los albores del horizonte preclásico los gobernantes de esas formaciones tempranas evolucionaron y se transformaron de agricultores en jefes guerreros reivindicando para ellos la condición de reyes hereditarios y a la vez legitimándose (similar más tarde a las dinastías europeas y del resto del orbe) cual “divinos señores”, obvio que con derecho a poderes heredados del cielo (o más exacto, del inframundo Xibalbá, infierno de su concepción cósmica).

Peor, quien estudia la cultura de Europa a partir de las Cruzadas religiosas y luego de los abusos y desastres cometidos por sus sociedades y sus gobiernos en la edad media no puede sino concluir cuán estúpido y salvaje ha sido el hombre en toda su existencia. En el viejo continente se gestó el más maravilloso movimiento colectivo de libertad y respeto a la persona pero también las más bestiales guerras del planeta, las más crueles masacres, los más impíos genocidios, hasta el día de hoy. La industria militar conduce ahora el presente y futuro de las naciones provocándolas constantemente a empeorar los desacuerdos, no a solucionarlos. A pesar de los millones de palabras de auspicio vertidas por los filósofos, y de los mares de libros en torno a la esperanza, más las toneladas de oraciones elevadas en vano a todos los inventados dioses del orbe, luce como que la humanidad tiene prohibida la paz.

Continúa vigente la percepción de mundo que estilaba Nietzche: una moral basada en la búsqueda del poder para, a través de su ejercicio, conseguir progreso y evolución en lo espiritual y lo material pero sólo en la vida de los más fuertes, esforzados, arriesgados, inteligentes y, en suma, aristócratas y privilegiados.

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