Colombia llega a las urnas este 31 de mayo exhausta, polarizada y profundamente decepcionada. Cuatro años de gobierno del “cambio” han dejado un saldo que ya nadie puede negar: más división, más inseguridad, más improvisación y una economía que no termina de despegar. El país ya no cree en promesas épicas ni en narrativas morales que dividen el mundo entre “pueblo bueno” y “oligarquía mala”. Lo que impera hoy es el voto del resentimiento, pero también algo más profundo y más significativo: el cansancio de una nación que fue llevada al límite de su paciencia.
Millones de colombianos ya no votan por ilusiones revolucionarias. Votan para castigar el fracaso de un modelo que prometió todo y entregó caos.
Gustavo Petro llegó al poder en 2022 como un maestro de las emociones. Capitalizó con habilidad el hartazgo real de millones de colombianos frente a la corrupción histórica, la desigualdad estructural y la desconexión de unas élites que gobernaron durante décadas sin rendir cuentas. Su discurso de redención histórica, de “pueblo versus oligarquía”, movilizó como pocos discursos políticos lo habían hecho en la historia reciente del país. Pero movilizar no es gobernar. Arengar multitudes desde una plaza o desde las redes es una habilidad. Gobernar es otra completamente distinta.
Gobernar es resultados concretos, instituciones que funcionen, inversión que llegue, seguridad que se sienta. Y ahí, precisamente ahí, la izquierda radical colombiana chocó brutalmente contra la realidad: los límites fiscales que no se pueden ignorar, la necesidad imperiosa de generar confianza inversora, el manejo técnico e imparcial de la seguridad y la obligación inevitable de negociar en un país plural que no pertenece a ninguna facción.
El resultado está a la vista de cualquiera que quiera mirar con honestidad. Alta rotación ministerial que evidenció la incapacidad de construir equipos estables. Tensiones diplomáticas innecesarias que aislaron a Colombia en la región y dañaron relaciones estratégicas construidas durante décadas. Deterioro sostenido en la percepción de seguridad en varias regiones del país, con grupos armados que aprovecharon la confusión ideológica del gobierno para expandirse. Fricciones permanentes con el sector productivo que ahuyentaron inversión y frenaron el empleo. Y una polarización tan profunda y tan artificial que agotó al país entero, incluyendo a quienes votaron con esperanza en 2022. La protesta simplifica; gobernar exige pragmatismo, orden y capacidad de ejecución. Y eso nunca fue el fuerte del petrismo.
Hay algo especialmente revelador en el fracaso de este gobierno: no es solo un fracaso de gestión. Es el fracaso de una forma de entender el poder. Cuando se llega a la presidencia convencido de que la historia te dio la razón, de que encarnas al pueblo y que cualquier crítica es traición de clase, se pierde la capacidad de corregir errores. Se pierde la humildad técnica que exige administrar un Estado complejo. Se pierde, en definitiva, la capacidad de gobernar. Petro no fracasó a pesar de su ideología. Fracasó por ella.
En medio de este agotamiento nacional emerge Abelardo de la Espriella como la alternativa más clara y más necesaria. No llega con épica revolucionaria ni con la arrogancia moral de quien cree tener el monopolio de la verdad histórica. Llega con lo que Colombia lleva años pidiendo a gritos: orden, resultados concretos y un Estado que sirva a sus ciudadanos en lugar de crecer indefinidamente para servirse a sí mismo.
Su propuesta de reducción del aparato estatal no es ideología abstracta. Es la consecuencia lógica de cuatro años en los que el Estado creció en burocracia y decreció en eficiencia. Su defensa irrestricta de la empresa privada no es un capricho de élites. Es el reconocimiento de que sin inversión no hay empleo, y sin empleo no hay dignidad real para nadie.
Su crecimiento sostenido en las encuestas no es casualidad ni artificio mediático. Es el termómetro fiel de un país que ya no quiere más experimentos con su estabilidad. Que quiere un gobierno que funcione. Que proteja a sus ciudadanos con firmeza y sin contemplaciones frente al crimen. Que hable sin el odio permanente que nos costó cuatro años de retroceso, de inversión perdida y de oportunidades que no volverán. De la Espriella ha demostrado, además, algo escaso en la política colombiana actual: capacidad de crecer sin destruir, de proponer sin insultar, de proyectar autoridad sin necesidad de un enemigo permanente.
El resentimiento fue útil para ganar una elección. Demostró ser un desastre para gobernar. Petro llegó prometiendo transformación histórica y entregó caos administrativo, inseguridad creciente y una polarización que terminó agotando hasta a sus propios simpatizantes. Cuando se gobierna con narrativas morales absolutas, cada error se convierte en traición y cada límite institucional en conspiración oligárquica. No hay autocrítica posible. No hay corrección de rumbo. Solo escala la retórica y se profundiza el daño. Así no se construye un país. Así se destruye lo poco que quedaba en pie.
Este 31 de mayo Colombia tiene una oportunidad concreta e irrepetible: salir del ciclo de la rabia y elegir resultados. No otra utopía envuelta en bandera. No otro mesías que llegue a salvar a los humildes de sus enemigos. Un gobierno capaz, firme, técnico y con los pies en la tierra. Un gobierno que entienda que el primer deber del Estado es proteger la vida y la propiedad de sus ciudadanos, y que lo segundo es no estorbar a quienes producen y crean. Abelardo de la Espriella representa esa posibilidad con más claridad que cualquier otra opción en esta contienda. Colombia ha pagado ya un precio demasiado alto por el experimento. El momento de cerrar ese ciclo es ahora. Y no se repite.