Los franceses forman una sociedad educada y muy consciente de sus derechos. Saben que no son dádivas del Estado, sino durísimas conquistas que deben defenderse. Los violentos choques entre manifestantes y policías no son nuevos, pero ahora tienen un nuevo matiz por la manipulación canallesca de políticos extremistas extranjeros que quieren sacar rédito de la crisis.
Comenzaron los estudiantes de secundaria exigiendo más profesores, la reparación de centros educativos dañados y mejorar el acceso a la universidad. Se sumaron los sindicatos contra el alto costo de la vida, el aumento de precios de los combustibles, la energía y los alimentos.
Luego llegaron los famosos Chalecos Amarillos, un grupo formado en las redes en 2018, que protestaban por lo mismo, y vistieron la reflectante prenda -obligatoria para los choferes en Francia- para hacerse notar.
A pesar de las brutales diferencias entre el Estado de bienestar de ellos y nosotros, las exigencias de los franceses no son desconocidas aquí; pero el hondureño es aguantador, incluso algunos asalariados y otros que sufren pobreza y desempleo carecen de conciencia de clase, están bajo control, jamás protestarán; es más, hasta desprecian al que reclama derechos.
Como sea, las protestas en Francia activaron la casposa e ignorante ultraderecha internacional, que ha desatado su visceral odio contra los inmigrantes -especialmente con la comunidad musulmana-, acusándolos por los disturbios y por la inminente decadencia de Occidente, de la que ellos mismos son responsables.
Esa ultraderecha extremista promueve la expulsión y el ataque violento contra los inmigrantes en Europa; nuestros compatriotas también son víctimas: hay unos 200 mil hondureños en España, otros 20 mil en Italia y miles más repartidos en diferentes países, especialmente en Francia, Alemania o Reino Unido. Es vergonzoso, pero en Honduras hay politicastros que simpatizan con esos radicales, algunos agrupados en lo que llaman Foro de Madrid.
Basta con ver quiénes culpan a la inmigración por los problemas en Europa, desconociendo el origen de la crisis social por las malas decisiones de los gobernantes: Donald Trump, que no oculta su supremacismo; el desastrado Javier Milei, que ha convulsionado a Argentina; Benjamín Netanyahu, acusado por genocidio; o el extremista español del partido Vox, Santiago Abascal, odiador habitual.
El presidente francés, Emmanuel Macron, no se ha quedado callado; señala esta injerencia extranjera con fines políticos mezquinos de radicales que hacen campaña a costa de Francia y consideró sus críticas como “inaceptables y estúpidas”.
Claro, un problema social que se manipula y se incita desde afuera no terminará bien. No falta quien recuerde el mayo de París de 1968, aquellas protestas estudiantiles que se esparcieron por el mundo, dando origen a una nueva conciencia y a un reordenamiento social y político.