Para hacer lo difícil debemos hacer lo fácil

  • Actualizado: 09 de octubre de 2026 a las 22:04

En la vida, antes de correr aprendemos a caminar y, antes de caminar, gateamos. Antes de construir discursos completos pronunciamos unas cuantas palabras. Casi todo lo verdaderamente importante requiere un proceso: comenzar por lo elemental, dominarlo y, posteriormente, avanzar hacia lo complejo.

Parece una regla sencilla, pero con frecuencia los gobiernos hacen exactamente lo contrario.

Queremos hablar de grandes inversiones, de convertirnos en polos regionales de desarrollo y de generar miles de empleos, cuando todavía enfrentamos dificultades para garantizar algo tan elemental como la seguridad jurídica. Pretendemos discutir sofisticados modelos económicos sin haber asegurado previamente las condiciones básicas que permitan a una persona invertir, producir y trabajar con confianza.

Lo mismo ocurre con nuestros sistemas de educación y salud. Podemos anunciar grandes proyectos, inaugurar edificios o presentar estadísticas, pero resulta difícil hablar de un sistema educativo verdaderamente eficiente mientras existen escuelas cuyas condiciones dependen de donaciones o del esfuerzo extraordinario de personas como Shin Fujiyama, que corre kilómetros para recaudar fondos y reparar centros educativos.

Tampoco podemos hablar seriamente de desarrollo mientras existan comunidades incomunicadas, familias que esperan durante años la construcción de un puente, niños que recorren enormes distancias para llegar a una escuela o ciudadanos que deben desplazarse durante horas para recibir atención médica. Antes de pensar en lo extraordinario, debemos garantizar lo ordinario.

El primer gran reto de cualquier gobierno debería ser gobernar para todos. Que el ciudadano encuentre una escuela funcionando, un centro de salud abastecido, una carretera transitable, seguridad en su comunidad y una institución pública capaz de responderle. Después podremos discutir proyectos más ambiciosos.

Este no es únicamente un problema hondureño. Es uno de los grandes desafíos de América Latina: gobiernos que muchas veces quieren aparentar modernidad sin haber resuelto sus necesidades más elementales.

Y existe, además, un fenómeno nuevo. Como mencionábamos anteriormente, las redes sociales han transformado la forma de ejercer y comunicar el poder. Hoy un gobierno puede proyectar una imagen extraordinariamente eficiente mediante videos, fotografías, inauguraciones y discursos cuidadosamente producidos. Pero gobernar no es producir contenido.

Como ciudadanos, debemos aprender a diferenciar entre aquello que se muestra y aquello que verdaderamente funciona. Una carretera puede verse bien en un video, pero debemos preguntarnos cuántas comunidades siguen esperando una. Una escuela puede inaugurarse frente a las cámaras, pero debemos preguntarnos cuántas permanecen abandonadas. La democracia también exige ciudadanos capaces de hacer esas preguntas.

Porque quizá el camino hacia los grandes cambios sea mucho menos espectacular de lo que imaginamos: hacer funcionar las escuelas, los hospitales, las carreteras, la justicia y las instituciones.

Primero lo fácil. Después podremos intentar lo difícil.

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