El humano se volvió muy inteligente durante el siglo XX: mejoró el razonamiento abstracto, el conocimiento verbal y la memoria operativa. Malas noticias, el coeficiente intelectual ha caído drásticamente en las últimas décadas, acelerado por el uso excesivo de pantallas y la pérdida del hábito de lectura, entre otras cositas.
Hace unos años, para escribir me auxiliaba de un diccionario gordo de Océano, y aún guardo una enciclopedia Larousse de veinte tomos. Ahora tengo a un clic en el teléfono y computadora el diccionario de la RAE y un sinfín de recursos tecnológicos, aunque todavía me obligo a buscar los adjetivos y sinónimos en mi cabeza, pero ya no es lo mismo. Seguro que le pasa a medio mundo.Solo conozco al colega Chendo García que sabe de memoria un montón de números de teléfonos, porque a muchos las máquinas les han sustituido parte de su retentiva. No digamos los altos consumidores de redes sociales, donde el pensamiento casi no es necesario; está todo cocinado y potabilizado para que lo digieran cerebros entrenados para saltar de un estímulo a otro, de un “like” a un emoticón, que se informan con memes.
El filósofo surcoreano Byun-Chul Han, dice que la tecnología ha cambiado nuestra estructura cerebral, la atención y la libertad. También distingue entre “inteligencia”, que es rápida, acumula información y mejora los procesos; y “pensamiento”, que incluye la contemplación, la duda, el silencio y la capacidad de transformación. Según él, la sociedad digital, con la gran acumulación de datos perdió la cualidad de reflexionar profundamente.
Se sabe que una abrumadora mayoría de hondureños no valora los libros, y otros los ven como adornos, aunque es mejor que un jarrón en la sala, porque de repente, alguien puede atreverse a abrirlo. Ese desprecio a la lectura resalta en las redes, en el lenguaje en los medios, en el discurso inculto de los políticos, en la carencia del pensamiento crítico que cambie esta realidad de subdesarrollo.
El efecto Flynn es una medición interesante que demuestra cómo el coeficiente intelectual (CI) aumentó a un gran ritmo el siglo XX. Creado en los años 80 por el investigador neozelandés, James Flynn, revela que la población mundial subió su inteligencia en unos 3 puntos por década y alcanzó unos 30 en total. Ayudó la mejora en la educación, salud, nutrición, y entornos sociales más complejos con medios audiovisuales y razonamiento abstracto.
A partir del siglo XXI hay un retroceso lamentable del CI, entre 2 y 4 puntos por década, lo llaman “Efecto Flynn Negativo”, y afecta la solución de problemas lógicos, el lenguaje y matemáticas. Culpan a los insustanciales sistemas educativos, el uso intensivo de herramientas digitales -calculadoras, buscadores, asistentes- y, desde luego, la falta de lectura de libros. Por lo mismo, cambiar esto será muy complicado: un círculo vicioso o, en jerga digital, estamos en un bucle.