Medio mundo lo ha visto en las redes: jóvenes haciendo gestos exagerados, poses bufonescas, movimientos estrambóticos; pero esta vez se salió de TikTok y de otras plataformas para llegar a la calle y, entre concurridas audiencias, ejecutar lo que llaman “batalla de farmear el aura”. Los políticos hacen algo parecido, pero menos gracioso.
Del argot digital viene la palabra farmear, un anglicismo que significa “cultivar”; pero en el mundo de los videojuegos se refiere a tareas repetitivas para ganar puntos, objetos, dinero virtual, experiencias. Aura, tiene la definición de toda la vida: prestigio, renombre, fama, honra, celebridad.
Con esta idea, los jóvenes realizan acciones o adoptan posturas para parecer personas más interesantes, seguras; con carácter, magnetismo y personalidad, digamos, mostrarse cool. La psicología le ha echado un ojo a esto, y algunas conclusiones dicen que se trata de algo muy humano: la necesidad de ser vistos, el impulso de gustar y el sentido de pertenencia.
También es cierto que a algunos les parece ridícula, por las poses; o superficial, por hacer de la autenticidad un juego. Lo asocian con el postureo digital, esa actitud falsaria de publicar en redes como que se vive súper bien: presumir ropa, amigos, comidas, playas, piscinas, viajes, fiestas; aunque solo sea para la foto.
Como todo, también tiene defensores. Algunos creen que cultivar el aura estimula a cuidar la salud mental, ayuda a reforzar la autoestima e impulsa el crecimiento personal. Los más animados justifican que solo es entretenimiento, una moda fugaz, como tantas, y que dejen a los muchachos en paz.
Una vista rápida en internet recuerda que siempre las juventudes han buscado sus propias voces y signos de identidad; sin ir lejos, en los años 60 y 70, el rock, la mística oriental, los hippies; en los 80 y 90, la ropa, los peinados, las discos. Unos participaban, otros menos y algunos nada, como ahora. Unas marcaron la época, muchas no.
Lo más probable es que farmear el aura desaparecerá pronto, como un sinfín de gustos virales, pero efímeros en las redes, donde todo es desechable y provisional. Eso no quiere decir que dejará de practicarse, jamás. Tal vez será menos extravagante que la de los jóvenes, pero, más pintoresca, como la de los políticos.
Como sabemos, los políticos hace años farmean aura: en los barrios, en los mercados, en los hospitales; besan niños, abrazan ancianos y palmean enfermos; ensayan discursos, enfatizan palabras, como si dijeran la verdad; tienen poses en el escenario, montando caballos, revisando proyectos, pasando charcos.
La gente dice que los muchachos de TikTok no le hacen daño a nadie; no tienen influencias ni roban presupuestos, no pueden manipular la justicia, cometer fraudes y mantenerse en la impunidad y, si les llaman ridículos, hasta en eso los superan muchos de los politicastros.