Honduras, un Estado residual

"Es un país cuya estructura gubernamental no cumple con las funciones de una nación moderna"

  • Actualizado: 31 de julio de 2026 a las 00:00

Es una pena decirlo y más reconocerlo, pero nuestro país aparece en el contexto mundial como una pobre nación aún sumergida en el insondable tercer mundo. No es por capricho, la amañada política, la enclenque economía, la pobreza mordaz y la desigualdad injuriosa nos ponen en el mismo renglón que Haití. Las esperanzas de salir son pocas.

El “Estado residual” tiene definición: es un país cuya estructura gubernamental no cumple con las funciones de una nación moderna; demuestra incapacidad en seguridad, justicia, bienestar y representación. Aunque tenga un Congreso Nacional, una Corte de Justicia, ministerios, cuerpos de seguridad, son tan inútiles para la población, que hacen del gobierno un cascarón vacío.

La gente lo sufre y lo refleja en cualquier encuesta que le hagan, o descarga sus frustraciones e inconformidades en las redes sociales, y ni así se componen los políticos hondureños, que siguen apostando al derroche y el saqueo de las instituciones, y moldeando el sistema para salir elegidos una y otra vez, a pesar de su incompetencia.

El Estado residual define claramente a Honduras, que a lo largo de su historia se convirtió en un simulacro institucional, donde ocurren con frecuencia -y con la aceptación de mucha gente- fraudes electorales, golpes de Estado, crimen organizado, corrupción y una dependencia vergonzosa de otras naciones.

Una característica clave del Estado residual es la debilidad institucional: los ministerios tienen poca o nula capacidad para resolver los problemas de la ciudadanía, y los poderes del Estado están capturados por diferentes elites: empresariales, religiosas, supuesta sociedad civil y crimen organizado.

Otra más: servicios públicos destruidos que, en vez de resolver, amenazan con privatizarlos, favorecer a quienes los pusieron en el poder, por eso alientan y exageran la crisis de energía eléctrica y sus insufribles apagones, o la dudosa alcaldía capitalina que suministrará agua potable cada nueve días y por ratos. Los hospitales y la falta de medicamentos ni digamos.

Una más: alta intromisión de otros países en los asuntos nacionales, como Estados Unidos, algún europeo y ahora con descaro Israel, además de organismos financieros y empresas transnacionales. Esto demuestra que el gobierno queda reducido a un simple aparato burocrático, sin poder real, es tan irrelevante que la gente a los funcionarios ni los respeta.

Sumemos la falta de legitimidad del gobierno, producto de convertir las elecciones en un ritual para dejar a alguien en el poder, más que un ejercicio democrático. Le siguen la corrupción y el clientelismo político, tan enraizado en nuestro país.

Hay propuestas para salir del fondo del pozo, un giro audaz, como hicieron otras naciones, pero con los mismos políticos ignorantes y cleptómanos será imposible, nunca tendremos cohesión social ni prosperidad; el Estado seguirá como los residuos de lo que debió ser.

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