No sé si les pasará a ustedes, pero hay una insufrible percepción -y muy extendida- de que Honduras es un desastre, que todo funciona mal, que el gobierno es una catástrofe y que ni siquiera se vislumbra una mínima solución a la brutal crisis. Desde luego, es una apreciación subjetiva, depende de la situación de quien la mira... o la sufre.
¿De qué hablamos cuando hablamos de percepción? Es el proceso en que el ciudadano conoce, interpreta, da significado y construye mentalmente una valoración de lo que pasa en la economía, la situación social, la cultural y la conducta política de su entorno. Todo eso lo transforma en una visión, buena o mala, y al compartirla genera una impresión colectiva.
Estas semanas, las vicisitudes de varios eventos me hicieron coincidir con ciudadanos de diferentes niveles sociales: obreros, profesionales, empresarios, comerciantes, estudiantes, diplomáticos; personas con mucho dinero, otras soñando con tenerlo, empleados inseguros de su puesto, emprendedores tenaces. Es sorprendente la percepción general de que todo está fatal.
Empiezan por la economía: desde febrero los precios se dispararon incontenibles; los alimentos, ¡Ay!; la ropa, ¡Jué!; los alquileres, ¡Uf!; los medicamentos, ¡Uy!; la electricidad ¡pucha!; el combustible ni digamos. Aunque reconocen que el petróleo subió por culpa de otro individuo, creen que el gobierno pudo hacer más para amortiguar el mazazo. El dólar está a 1 por 27 lempiras. Agua potable cada 9 días y apagones diarios.
Lo social los descorazona. A la seguridad ciudadana le dan cero: este año las muertes violentas subieron terrible; muchas mujeres víctimas. Suman la manipulación de la justicia en la Corte Suprema y en la Fiscalía (ahora controlada por los mismos) que se perdonan entre ellos los delitos. En política, por favor, muchos políticos funcionarios o diputados son un meme.
La educación la sienten en retroceso. Con la salud recriminan que pararon la construcción de hospitales y no hacen nada para cubrir eso y la falta de medicinas, ni le pagan a los médicos; expulsaron a los oftalmólogos cubanos y no los reemplazaron; sobrevaloraron cirugías en clínicas privadas... bueno, es que ni siquiera hay un ministro de Salud de verdad.
Cuando hablan del empleo recuerdan que estos prometían desbordar el país con “chamba” para todos, qué digo, sería la Revolución Industrial de Honduras. No sirvió la ley de trabajo por horas que ensalzaban. Se marcharon varias maquiladoras y ya cerraron 30 mil negocios, incluyendo restaurantes emblemáticos que empleaban a cientos de personas.
Esta realidad desoladora y pesimista de la gente, que no sé qué le pasa -el gobierno dice que vamos a estar bien-, permite acomodar a nuestro país un poema que Jaime Gil de Biedma escribió para su España bajo el yugo cruento franquista. De todas las historias de la Historia, sin duda la más triste es la de Honduras, porque termina mal.