Fue grato

"Ha sido una hermosa y prolongada experiencia como columnista, la que comenzó en la década de 1970 cuando Óscar Acosta, editor de diario El Día..."

  • Actualizado: 29 de junio de 2026 a las 00:00

Comencé a escribir en este diario hace quizás veinte años pero pronto observé que estaba repitiendo similares vicios de otros colegas: descuidada e incluso mala redacción, concentrarse en experiencias personales, usualmente egoístas e incluso superfluas o, lo peor, conflictuadas por el prejuicio político. Los editores de columna de opinión eran experimentados, labor nada fácil incluso hoy y se las veían con “escritores” machistas, retrógrados rojos o cachurecos (sin amor a la patria) y, cosa que siempre detesté, engreídos, soberbios como si fueran palabra de dios, émulos del pedante autor español (barbilla alzada, vista despectiva, franquista soplón) Camilo José Cela.

Titulé por ende mi columna “otra óptica” para diferenciar la variación y tratamiento de temas (todos escribían sobre caudillos y partidos) y orientarla más a lo cultural y, específicamente, la crítica social, no la folklórica. Y como había logrado mi maestría en literatura, lo que incluía estudios sobre política, semiótica e ideología, más que suficientes bases para opinar bien y decir mejor, fortalecí los puentes con el lector.

Declaro públicamente, orbi et urbi, que en ese extenso periodo El Heraldo jamás hizo intento alguno de censura a mis escritos y que, a pesar de ciertos temas que medio confrontaban la línea editorial (cierta vez expliqué la ley de plusvalía) respetó mi pensamiento. Hacia 2006 hubo un editor que, a modo indirecto, me publicó dos artículos (honestos y objetivos relativos a la situación de Cuba) en una letra tan pequeña que imposibilitaba leer. Lo sentí como ofensa profesional y renuncié de inmediato, pero tras la sustitución de aquel y gracias a un estudio técnico y recomendaciones del Dr. Atanasio Herranz se me recontrató (mil lempiras por artículo, luego devaluados) hasta hoy en que, parece, no soy indispensable ni quizás conveniente.

No importa, los escritores no sufrimos por dinero sino cuando perdemos una tribuna (lo que jamás se debe hacer, perderla), algo que ocasiona falta de ecos de audiencia, que es decir realimentación desde la base misma de la sociedad, que es la nuestra. He allí por qué mucha gente no pasa de escribir sobre política, y es porque la “altura” de su residencia olímpica le impide acercarse a la realidad, comprenderla, analizarla y dar propuestas. Su óptica anquilosada carece de humanismo.

Ha sido una hermosa y prolongada experiencia como columnista, la que comenzó en la década de 1970 cuando Óscar Acosta, editor de diario El Día, divulgó mis primeros ensayos, entonces sólo de literatura. Luego en El Nuevo Día expandí la materia hasta análisis social y de gobierno y por fin, en El Heraldo, a los de ética, comportamiento humano y sobre todo identidad nacional, que es como mi obsesivo prurito en ensayos y novelas.

Y ha sido también la escena de cómo los tiempos transforman al gusto humano. El índice de lectores descendió en el presente y aumentó el de medios digitales, lo que demanda estrategias novedosas y frescos modos de comunicación, como quien dice entre Gutenberg y Elon Musk. Quizás allí pueda yo continuar el gozo de la escritura y el extenso diálogo que gracias a los medios tradicionales pude sostener por décadas. Entre tanto, y al estilo de tango, adiós muchachos.

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