El juicio político en Perú: un modelo a no seguir

En Perú, durante la última década, el Congreso ha utilizado de forma reiterada mecanismos de control político contra presidentes

  • Actualizado: 31 de marzo de 2026 a las 00:00

El juicio político en Honduras exige una reflexión que vaya más allá de los aspectos coyunturales. Se trata de una decisión con implicaciones estructurales para el equilibrio entre el control democrático y la estabilidad institucional.

En principio, respaldar el juicio político conlleva a defender la responsabilidad de los altos funcionarios del Estado. En una democracia republicana, quienes ejercen el poder deben estar sujetos a control, especialmente sobre el impacto de sus decisiones en la institucionalidad.

Sin embargo, un ejercicio de análisis y comparación nos permite hacer una advertencia necesaria. En Perú, durante la última década, el Congreso ha utilizado de forma reiterada mecanismos de control político contra presidentes, configurando un patrón de inestabilidad institucional. El país ha tenido ocho presidentes en apenas diez años, la mayoría de ellos destituidos al ser sometidos a juicio político. Esta recurrencia no solo ha debilitado la continuidad gubernamental, sino que ha evidenciado cómo esta herramienta puede desnaturalizarse y convertirse en un instrumento de disputa política.

El problema no radica en la figura del juicio político, sino en su uso. Cuando los criterios jurídicos son desplazados por correlaciones de poder, este mecanismo deja de ser un control constitucional y pasa a ser una herramienta de presión. Su carácter político y jurisdiccional lo hace particularmente vulnerable a interpretaciones amplias, si no se aplica bajo estándares rigurosos.

El Congreso Nacional enfrenta un doble desafío: por un lado, aplicar el juicio político a quienes pusieron en riesgo la democracia en Honduras y, por otro, evitar que su uso establezca precedentes que erosionen la estabilidad institucional.

Apoyar el juicio político puede ser correcto; normalizar su uso indiscriminado, no. Si se aplica con rigor dentro de los límites establecidos en la ley, puede fortalecer la institucionalidad y prevenir los abusos de poder. Pero si se convierte en una herramienta de cálculo político, se corre el riesgo de abrir la puerta a una dinámica de inestabilidad difícil de contener en el futuro.

El Congreso Nacional está a tiempo de definir qué precedente quiere construir, uno que proteja la institucionalidad o uno que la debilite desde dentro. El modelo peruano muestra con claridad las consecuencias y nos advierte sobre la delgada línea que separa la aplicación de la justicia del ejercicio desmedido del poder político.

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