Si hay algo que han conseguido los políticos hondureños con éxito es el desprecio de la gente. Los odian. En serio. Lo escucho en el supermercado, en el café, en la farmacia; lo leo en ponzoñosos insultos que atiborran las redes sociales, en los cáusticos memes que ridiculizan a esos funcionarios y diputados que exhiben impúdicos su ignorancia y codicia.
Por este oficio me toca frecuentar a politicastros nacionales, y en ese mundillo creen que la población vive atrapada entre sus rencillas personales, sus descarados fraudes, su irrefrenable corrupción, su revanchismo y el asalto del poder. Se rodean de aduladores y súbditos que amplifican sus mensajes de odio y les mienten su falsaria popularidad. Aunque ruidosos, son minoría.
Hay otra Honduras que les da la espalda, que sufre un agotamiento generalizado y no se traga sus gestos fingidos, sus alianzas de cómplices y su latosa presencia mediática vendiendo humo. Incluso, las tramposas elecciones de noviembre -con los votos inflados- apenas llegó a un poco más de la mitad de participación.
Hace unos días, sin proponérmelo, coincidí con un grupo de jóvenes universitarios que, para desmarcarse del odio, la vacuidad y la falta de propuestas, enfocan su interés afuera: hacen amigos extranjeros en línea para jugar Fortnite o FIFA EA; siguen a “influencers” asiáticos o europeos; prefieren ocuparse de sus estudios; un emprendimiento digital; conectan con redes de tecnología, cultura, turismo; y, lo peor, quieren largarse un día de aquí.
Es equivocado creer que estos jóvenes sufren una apatía mezquina: se trata de un acto de supervivencia y el rechazo consciente a una sistema brutal que les falló, que no los esperanza con un trabajo futuro y ni siquiera con su seguridad en la calle. Estamos hablando de un grupito “privilegiado” cuyos padres se matan para educarlos.
Desde luego, el repudio es generalizado. Todos vivimos la experiencia en los hogares de que ya nadie quiere ver noticias; mejor una serie, una película; además, hay fútbol casi todos los días; para qué desgastarse viendo a Tomás Zambrano, a Jorge Cálix y esa pacotilla de diputados exhibiéndose con sus sandeces. Eso dice la gente.
Y es que la gran fábrica de odio está en el Congreso Nacional, que a favor de la población ha hecho cero, porque se dedica a atacar a adversarios, manipular vengativo la justicia y gestar la trampa electoral. La repulsa por los diputados en redes es abrumadora, los llaman de todo: diputíteres, diputontos, diputrampas, diputracador... y otras perlas que no se pueden poner aquí.
Los politicastros fantasean en su burbuja con achichincles y “bots” para inflar las tendencias, pero los jóvenes, los adultos y los ancianos no esperan nada de ellos, están hartos; saben que los discursos vacíos, la venganza política y el fraude, no bajan los precios de los alimentos, la gasolina, el pasaje, el alquiler, la electricidad.