Empecemos por lo esencial: ¿Para qué sirve un Congreso Nacional? Si revisamos la teoría política y el derecho constitucional básico resumimos que se encarga de crear y adecuar las leyes del país; es decir, redactar, discutir, aprobar, derogar o modificar las leyes que nos beneficien a todos, defiendan nuestros derechos y fomenten el desarrollo. Bueno, si comparamos ese enunciado con lo que tenemos en Honduras da risa o cólera.
Otra tarea del Legislativo: mantener el control político y la fiscalización del Ejecutivo; o sea, debe ser un freno contra los abusos de Casa de Gobierno, pedir rendición de cuentas a los ministros y formar comisiones para investigar corrupción y malas prácticas. Ya sé que si pensamos en el Congreso hondureño eso causa gracia o rabia.
Una más: el Congreso es la representación popular; significa que lo integran y conviven las diferentes fuerzas políticas; es un órgano colegiado donde están representadas y participan todas las regiones, ideologías y sectores de la sociedad, y se toman decisiones colectivas que benefician a todos. La quintaesencia de la soberanía. ¡Qué chistoso!
En un país con tan pocos recursos y una producción general deprimente, un Congreso Nacional sensato e inteligente se orientaría a resolver problemas estructurales de la economía y la gobernanza, pero si buscamos entre los 128 diputados son muy pocos los capaces, y no digamos que tratemos en la junta directiva, la más incompetente en la historia moderna del país.
Durante varios años nos tocó cubrir el Congreso Nacional; desde luego, había diputados muy limitados, pero los que participaban y daban entrevistas eran, especialmente, los que tenían conocimiento, doctrina, técnica jurídica y legislativa, es decir, un legislador de fondo que, aún con sus deficiencia y prejuicios, algo se aprendía.
El patético Congreso de ahora agrupa a baldíos creadores de contenido más que diputados talentosos. El debate de ideas ha sufrido una brutal degradación, se ha rebajado a insultos y exabruptos en la redes sociales, de donde surgieron estos legisladores obtusos y mediocres, y cuyos sueldos son un desperdicio en un país pobre.
Si ese atropello a la razón no bastara, el actual Congreso se olvidó de legislar y se apropió de las funciones del Ejecutivo, ahora es asistencialista: reparte dinero a instituciones, regala equipos en escuelas y hospitales, dona recursos a grupos sociales, promete a jóvenes y viejos, y hasta le roba protagonismo mediático a Casa Presidencial en sus propios proyectos. Claro, el que hace las veces de presidente del Legislativo se dedica con descaro a su campaña política.
El Congreso Nacional que necesitamos está muy lejos del simulacro que tenemos, y hasta ahora, tampoco hay muchas esperanzas de cambiarlo si la misma gente sigue votando por los mismos figuretes.